Un poeta: reírse del fracaso, llorar por la vida y encontrar belleza entre las ruinas

¿Qué queda de un poeta cuando ya no escribe, nadie lo recuerda y la vida se ha convertido en una sucesión de deudas, tragos y oportunidades perdidas? En Un poeta, la película colombiana escrita y dirigida por Simón Mesa Soto, la respuesta no es particularmente amable: queda Óscar Restrepo, un hombre de mediana edad que asiste, casi como espectador, al derrumbe de su propia vida.

Óscar alguna vez fue un poeta reconocido. Ahora vive con su madre, no tiene dinero, padece alcoholismo y mantiene una relación prácticamente inexistente con su hija. Su vida está atrapada entre la nostalgia de lo que pudo ser y la incapacidad de construir algo nuevo. Es, en cierto modo, una especie de poeta beatnik del subdesarrollo, pero sin el glamour de la bohemia ni la épica del artista incomprendido. En él no hay nada particularmente atractivo. Y esa es una de las grandes virtudes de la película.

Un poeta se niega a romantizar la pobreza, la derrota o la autodestrucción. Óscar no es el borracho encantador, el genio incomprendido ni el hombre rebelde que se enfrenta a una sociedad mediocre. Es un ser humano difícil, torpe, egoísta y profundamente vulnerable. Alguien que ha convertido sus fracasos en una identidad y que, en ocasiones, parece más interesado en recordar quién fue que en intentar convertirse en otra persona.

La película, rodada en 16 mm, acompaña ese deterioro con una textura visual que parece encontrar belleza precisamente en lo imperfecto. El grano de la imagen, la luz, los espacios cotidianos y los rostros cansados construyen un mundo que se siente cercano, incluso incómodo. No hay una Medellín de postal ni una marginalidad convertida en espectáculo. Hay casas, calles, aulas, bares y habitaciones donde la vida continúa mientras Óscar intenta convencerse de que todavía tiene algo importante que decir.

Sin embargo, sería un error pensar que Un poeta es únicamente una película sobre un hombre fracasado. Una de sus mayores virtudes está en la manera en que consigue que el espectador se acerque a Óscar sin absolverlo. Hay escenas en las que su comportamiento provoca rechazo, pero también momentos en los que resulta imposible no sentir empatía por él. De pronto, detrás de sus errores aparece alguien que ha perdido el rumbo y que no sabe cómo regresar.

Esa empatía también se extiende a quienes lo rodean. Su madre, cansada de sostener una relación que parece no tener salida, deja de ser simplemente la figura familiar que soporta al hijo adulto que no consigue independizarse. Su hija, a quien Óscar nunca ha sabido realmente paternar, revela las consecuencias de esa ausencia. La película entiende que el fracaso de una persona nunca ocurre en soledad: sus ruinas terminan cayendo sobre quienes están cerca.

En ese sentido, Un poeta es también una película sobre los vínculos que permanecen cuando las grandes aspiraciones se han desvanecido. Óscar quiere ser recordado, pero quizá antes tendría que aprender a estar presente. Y esa contradicción, tan dolorosa como absurda, es uno de los motores emocionales de la película.

La aparición de una joven con talento para la poesía le ofrece una posibilidad de redención. Pero Mesa Soto evita convertir esa relación en una fórmula sencilla de maestro y discípula, o en la historia de un hombre que vuelve a encontrar su propósito gracias a alguien más joven. La película sabe que incluso las buenas intenciones pueden estar contaminadas por el ego, la necesidad de reconocimiento y el deseo de reparar, a través de otra persona, aquello que uno mismo no pudo salvar.

Y luego está la música. El soundtrack de Un poeta es uno de sus grandes aciertos y funciona como una especie de contrapunto emocional a la vida de Óscar. “Cariñito”, interpretada por Rodolfo Aicardi, “La luna en tu mirada”, de Los Zafiros, y “Corazón de poeta”, en la voz de Jeanette, acompañan la película con una sensibilidad que puede resultar inesperadamente cautivadora. Son canciones que parecen entender algo que Óscar no siempre consigue expresar: que la tristeza y el ridículo pueden convivir en la misma escena.

Porque Un poeta permite reír y llorar. A veces casi al mismo tiempo. Su humor no cancela la tragedia, y su tristeza nunca elimina por completo la posibilidad de la risa. Esa mezcla es quizá la forma más honesta de acercarse a la vida de Óscar y a la de quienes lo rodean.

La película de Simón Mesa Soto no ofrece una redención fácil ni una moraleja reconfortante. En cambio, propone algo más complejo: mirar a un hombre que ha fracasado y preguntarnos qué parte de ese fracaso todavía puede ser comprendida. Óscar no es necesariamente alguien a quien queramos imitar. Pero, en ciertos momentos, resulta imposible no reconocerlo.