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A la moda, dómala

A la moda, dómala

22 de octubre de 2021

Julio Trujillo

No imaginaba Andy Warhol, cuando dijo que en el futuro todo el mundo iba a tener quince minutos de fama, que el futuro le daría la razón de tal manera que, hoy en día, su dictum ha dado un giro de 180 grados y no poca gente está en la búsqueda de quince minutos de anonimato. Pero no toda la gente: los anzuelos de la fama siguen bien agarrados de nuestras agallas aspiracionistas e incluso queremos más de los quince minutos que Warhol profetizó; queremos ser una tendencia duradera; queremos estar de moda y, de ser posible, dictarla. La fama es un animal tan voraz que no es raro enterarse de celebridades que no hacen nada y no han hecho nada para merecerla: son famosos porque son famosos. Si le empiezan a tomar muchas fotografías a alguien, llamará la atención de otros fotógrafos, que a su vez… ¿Qué hizo ese alguien? No importa saberlo: lo estamos fotografiando, produciendo su fama en tiempo real. Tampoco importa saber que toda moda, que toda tendencia, son trampas, imanes poderosísimos que nos atrapan con su espejismo momentáneo; nos dan una bebida dulce y adulterada y nos hacen creer, aunque sea por un momento dichoso, que pertenecemos, que formamos parte de un club de elegidos: no importa saber que es una trampa, porque el narcótico resulta demasiado poderoso, y optamos por esos quince minutos con las zapatillas de Cenicienta al precio de horas, día y años con el carruaje convertido en calabaza.

Una trampa magistral que nuestra propia necesidad de atención ha producido es la del auditorio vacío o moda personal para llevar. Basta autorretratarnos, hacer uso de los filtros que mejor oculten aquello que odiamos de nosotros (aquello que nos aleja de la moda) y gustarnos. En un mundo acotado, con una cuenta abierta en alguna red social, podemos ser el público y el protagonista, aplaudirnos mucho y soñar con los reflectores. En los viejos tiempos, nos caracterizaban dos puntos de vista: el macro, en el que observábamos al cosmos, y el micro, en que escuchábamos al otro, a nuestro semejante; ambas fueron herramientas precursoras de la tecnología y del humanismo. Pero la sociedad se enfermó, perdió la paciencia, y la lente con la que mirábamos hacia afuera se volteó para enfocar al mismo ser que la sostenía, engrandeciendo el ego y facilitando el narcisismo, la obsesión de la selfie. Clientes cautivos del imperativo del goce y la belleza, llevamos a cabo la triste proeza de reducir el cosmos a una aplicación; el mundo, a Instagram, un ámbito de identidades huecas, adictas a la instantánea cirugía plástica de un filtro. Una nueva pesadilla del Bosco sería así: una comunidad infantilizada y rota que en lugar de ver hacia afuera se contempla, sorda, enajenada, en un maravilloso espejo de bolsillo. La civilización se ha arrodillado ante sus smartphones.

Pero no nos pongamos dramáticos ni osemos aventar la primera piedra, que nadie está exento de vanidad ni de necesidad de atención. Oscar Wilde dijo genialmente: “Que hablen de mí, aunque sea bien”. Y ya que mentamos a ese príncipe de la frivolidad, nos parece un extraordinario ejemplo de alguien que supo domar a la moda. Oh, perfecto palíndromo: “A la moda, dómala”, que le debemos a Miguel González Avelar, de ilustre memoria. Domar a la moda no es rechazarla ni abrazarla, sino reconocer su existencia como un factor más que moldea nuestros días; tomar de ella lo que nos sirva y plazca, y aderezarla con nuestra personalidad, sin esperar aplausos ni reconocimiento, pues ya el mismo hecho de llevar un bombín rosa en la cabeza nos llena de regocijo y seguridad personal. Si expurgamos esa biblia de lo superficial que es El retrato de Dorian Gray, obra maestra de Wilde, encontraremos una abundancia de pepitas de oro sobre el tema de nuestro interés.

“Vivimos en una época en la cual las cosas innecesarias son nuestra única necesidad”: el poderoso ir y venir de la oferta y la demanda genera el monstruo de la apetencia de lo inútil, cuyo valor más profundo consiste, precisamente, en que no sirve para nada. “En los días que corren, la gente sabe el precio de todo y el valor de nada”: y no sólo eso, sino que, mientras más caro el precio, más abundante nuestra salivación; el valor es para los moralistas. “Vivimos en una época que lee demasiado para ser sabia y piensa demasiado para ser hermosa”: la dicha reside en una ignorancia media, que no se entere de las terribles verdades que nos definen, pero que no sea incapaz de mantener una conversación en un nivel deliciosamente superficial. “El placer es la única cosa sobre la que vale la pena elaborar una teoría”: el placer como ídolo, incluso como dios de la actualidad, único objetivo al que aspiramos y que, al alcanzarlo, se desvanece de inmediato para volver a comenzar a cazarlo. “La única diferencia entre un capricho y una pasión eterna es que el capricho dura algo más”: somos hijos de la fugacidad, de las cucharaditas de miel, no aspiramos a nada duradero, sino al colocón de una brevísima felicidad. “Las personas me gustan más que los principios, y las personas sin principios me gustan más que nada en el mundo”: frase que nos recuerda a aquella de Groucho Marx: “Éstos son mis principios, si no les gustan, tengo otros”. “La única manera de deshacerse de una tentación es cayendo en ella”: no hay por qué resistirse; si nos caracteriza nuestra naturaleza de clientes, de target y de víctimas, pues seámoslo sin remordimientos y con absoluta entrega. Borges dijo de Wilde que fue lo suficientemente serio como para ser frívolo, y en esa sentencia radica la clave para leer a Dorian Gray: con las poderosas pinzas de la ironía, que es hija de la inteligencia. Oscar Wilde domó a la moda, la hizo suya y la hizo saltar como un león a través del aro de su propia creatividad. No sobra decir que la moda, las tendencias de la época y la corrección política del momento se vengaron de semejante individuo tan hermoso, tan independiente, y lo metieron a la cárcel para cancelar la amenaza de una mente tan horrorosamente libre.

La tendencia o trending topic es un fenómeno que me recuerda a esos pequeños remolinos de polvo y tierra que de repente toman fuerza y en unos pocos segundos ya se han convertido en una enorme espiral ciclónica que amenaza con llevárselo todo a su paso. Hay quien aspira a ser una tendencia y hay quien lo es por fatalidad: el animal se alimenta de sí mismo y sus nutrientes son aprobaciones o rechazos anónimos, likes, adoraciones súbitas o linchamientos de los que nunca nadie es responsable. Como la moda en el vestir, la tendencia crea un furor silencioso al que, inexplicable, tristemente, queremos pertenecer. Esto es particularmente peligroso para el escritor, la escritora, que comenzarán a adecuar sus enunciados según la aceptación inmediata que vayan generando, traicionando su propia voz para ser la voz de todos, olvidando o ignorando aquella declaración de Paul Valéry: “Prefiero ser bien leído por pocas personas que mal leído por muchas”. Y no está mal tener muchos lectores, ¿eh?, siempre y cuando al autor no le importe demasiado ni moldee su obra. Un seguidor no es necesariamente un lector, y un lector no es necesariamente un aval de nada. Pero hoy resulta difícil, dificilísimo, resistir el canto de las sirenas de la popularidad y de la moda. Mejor, tal vez, que las sirenas no canten para nosotros, aunque las busquemos, como nos lo recuerda trágicamente Julio Torri, pues el rechazo es una escuela de fidelidad a nosotros mismos. Tal vez… o mejor aún, domar a la moda, jugar el juego y salir airosos sin sacrificar lo único que de veras vale y que podemos aportar: un estilo propio, una voz, una personalidad. El juego, lo sabemos, es peligroso como un tornado. ¿Sabremos plantarnos firmes ante su influencia o dejaremos que nos alce y zarandee con su promesa de gloria efímera? Ésa es la cuestión, la endiablada cuestión de nuestros días. +

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