Los libros de la redención imposible

Los libros de la redención imposible

19 de agosto de 2021

José Luis Trueba Lara

Dicen que el genocida era un lector de cierto calibre. Los estudiosos de las fotografías que le tomaron en sus bibliotecas calculan que en esos estantes estaban perfectamente acomodados varios miles de ejemplares de los más distintos géneros. Seis mil en promedio en cada una, sostienen los que de esto saben. Sin embargo, hoy, apenas podemos rastrear unos cuantos que sobrevivieron a los bombardeos y al botín de guerra. En la Biblioteca del Congreso estadounidense se guardan cerca de mil doscientos libros, en un lugar que en nada recuerda a los salones adornados con gruesos tapetes y pinturas alejadas del “arte degenerado”; las láminas de acero son su prisión perpetua. Y, hasta donde tengo noticia, la Universidad de Brown también conserva poco menos de una centena. Los demás están perdidos y sólo de cuando en cuando aparecen en las subastas, en las que los coleccionistas más extraños pagan por ellos. A pesar de todo lo que se ha escrito sobre sus últimos días, es muy poco lo que sabemos sobre los ejemplares que estaban en el búnker donde, luego de matar a su perro, se suicidó junto con su esposa, Eva: un estudio del Parsifal de Wagner, poco más de una docena de títulos dedicados al ocultismo, una historia de la esvástica y una edición de Las profecías de Nostradamus son los más conocidos, aunque es imposible asegurar si eran suyos o de sus acompañantes.

Timothy W. Ryback revisó los libros que aún se conservan y halló algo interesante: el “hombre famoso por no escuchar nunca a nadie y para quien la conversación era una diatriba implacable, un monólogo sin fin, subrayaba palabras y frases, escribía un signo de exclamación en algún punto, un signo de interrogación en otro, y con bastante frecuencia trazaba una serie de líneas paralelas junto al texto que quería destacar”. Las pruebas de su lectura están más allá de la duda y, en un arrebato de ociosidad, uno de los investigadores que se adentraron en esos libros sostiene que, entre las páginas, halló un pelo de su bigote chaplinesco. El fetichismo del horror siempre se muestra en estos casos.

Los libros en los que se han encontrado sus huellas resultan muy distintos: forman un universo muy parecido a su ideología, que fue capaz de sumar cualquier idea con tal de demostrar verdades sagradas. Sus lecturas sólo buscaban aquello que le daba la razón. Ignoro si en los títulos que aún se conservan están las novelas del viejo oeste de Karl May, que le encantaban, y, por supuesto, tampoco sé si las marcó para señalar un párrafo en el que se hablaba de los pieles rojas como seres inferiores. Lo único que sí tengo claro es que en su ejemplar de La muerte de la gran raza quedaba claro que los mexicanos —a fuerza de mezclar la sangre indígena y la europea— sólo mostraban su “incapacidad para el autogobierno”, un hecho que podría remediarse gracias a una dictadura capaz de borrar por completo el mestizaje. Para el genocida, la pureza y la redención de la raza eran planes a futuro. No por casualidad uno de los chistes que se contaban en aquellos días afirmaba que los arios eran rubios como el Führer, atléticos como Göring y castos como Goebbels.

Antes de que fuera dueño de las bibliotecas donde se unían los libros que le regalaban y los que le interesaban,

el genocida tuvo un revés:

se sumó a un golpe de Estado que fracasó estruendosamente y sólo gracias a la liturgia de su religión política se transformó en un acto heroico. Tras caer en manos de la policía, su juicio fue más o menos rápido y la condena se dictó con ganas de no levantar más polvaredas. Durante los trece meses que estuvo encarcelado con notorias comodidades en la fortaleza de Landsberg, no sólo leyó un poco de esto y algo de aquello otro, también le dio vuelo a su oratoria, mientras su chofer y Rudolf Hess tecleaban sus palabras en las hojas que les había regalado la nuera de Wagner. Como su verborrea era incansable, las resmas se apilaban junto a la máquina.

En teoría, él sólo dictaba su autobiografía, que en ese momento tenía un título rimbombante: Cuatro años y medio contra la mentira, la necedad y la cobardía. Una rendición de cuentas. Un libro que, a todas luces, lo redimía y justificaba sus acciones para salvar a los alemanes. Además de esto, dictaba otro volumen que parecía ser una historia de su partido, por lo menos esto es lo que se anunciaba en su subtítulo: El movimiento nacionalsocialista.

Cuando se publicó el primero de estos manuscritos —el segundo sólo vería la luz hasta comienzos de los años sesenta del siglo pasado—, su nombre cambió por completo para mostrarse con un par de palabras rotundas e implacables. En las portadas de los ejemplares se leía

Mein Kampf,

un título que fundía un relato profundamente efectista y la formulación de los planes y la ideología que —según él— lograrían la manumisión del pueblo alemán y de la raza aria.

En Alemania, Mein Kampf pronto se convirtió en un bestseller indiscutible. En 1933, por sólo dar un ejemplo, se vendieron un millón y medio de ejemplares, y a ellos habría que sumar los que se regalaban a las personas que se casaban, a los niños de las escuelas y a todo aquel que tuviera pinta de ario. Ningún autor le hacía competencia al genocida. Esta cifra es asombrosa, pero lo es más que el volk adquiriera una obra farragosa y casi ilegible por su palabrerío sin freno ni concierto. Para leer la magna obra del Führer, hacía falta una resistencia que muy pocos tenían. Todo indica que sólo lo compraban como un acto de fe, y que muy pocos se aventuraron hasta la última página. El caso de Mein Kampf quizá no sea tan distinto de los seis mil millones de ejemplares de la Biblia, y lo mismo podría decirse de las Obras completas de Lenin, Stalin y Hoxha, o de El pequeño libro rojo de Mao. La mayoría de estos libros llegaron a las bibliotecas personales como un acto de fe, y en muy pocas ocasiones se leyeron de cabo a rabo.

Los dueños de los ejemplares de Mein Kampf quizá estaban convencidos de que la oratoria y las noticias que publicaba el Ministerio de Propaganda les ahorraban la lectura y, a lo más, lo único que deseaban era el autógrafo del autor en la página de cortesía. ¿Quién podía dudar del hombre que les devolvería el orgullo y los redimiría? ¿Acaso era posible poner en entredicho las palabras del líder que estaba dispuesto a luchar contra los enemigos del pueblo? Y, por supuesto, ¿acaso no era un acto de locura negarse a aceptar que salvaría al volk y lo conduciría al mejor de los futuros posibles y a un Reich milenario? Apenas unos cuantos respondieron un no rotundo a estos interrogantes, y con eso sellaron su destino.

La negación a adentrarse en las páginas del Führer tuvo consecuencias terribles. Si los alemanes hubieran leído Mein Kampf, se habrían dado cuenta del horror absoluto que terminaría por alcanzarlos: la guerra, el genocidio y el crepúsculo de los dioses estaban anunciados en sus páginas. En este caso, la lección es brutal:

hay que temer a las palabras de los redentores

que invocan al bien absoluto y señalan a los enemigos del pueblo y “la causa”.

Si bien es cierto que el caso de Mein Kampf podría explicarse hasta cierto punto gracias a la propaganda, esto quizá también sería válido para los libros y los periódicos de otros profetas de la redención absoluta. Las lecturas ignoradas y la enajenación pueden ser homicidas. Tras el fracaso del gran salto adelante y la terrible hambruna, muchísimos jóvenes chinos empuñaron El pequeño libro rojo y, para lograr la salvación absoluta, asesinaron a millones de personas y trataron de arrasar el pasado. Los poderes de esa obra —de la que se imprimieron entre 800 y 900 millones de ejemplares— estaban más allá de cualquier discusión: los enfermos podían ser operados sin anestesia, bastaba con que posaran su cabeza en el libro para no sentir la herida del bisturí; en los campos, las cosechas podían crecer gracias a sus conjuros, y dudar de sus palabras era una herejía que sólo podía purgarse con la muerte. Después de más de una década, la redención no llegó, y tras la muerte de Mao, se abandonó la revolución cultural.

Mein Kampf y El pequeño libro rojo no son únicos, y su historia se ha repetido. En el periódico Tung Pavevat, los Jemeres Rojos anunciaron el genocidio; lo mismo ocurrió con el Manifiesto de los bahutu y la revista Kangura, que exigían el extermino de los tutis en Ruanda. El Memorando de la Academia de las Artes y de las Ciencias de Serbia, que inspiró a Slobodan Milosevic también forma parte de esta lista y, sin ningún sonrojo, podría estar acompañado por El Estado y la revolución de Lenin y las páginas que anunciaron los horrores del estalinismo. No olvidemos que estas obras tienen algo en común: la redención a toda costa y la denuncia de los enemigos del pueblo.

El hecho de que estas obras se transformaran en algo sagrado o en páginas que podrían subestimarse fue una de las causas del horror: sus advertencias eran explícitas, pero la gente las ignoró para seguir a un redentor. Incluso, la certeza de que la libertad de expresión debe ser protegida a toda costa no logró evitar el alumbramiento de la barbarie. Ante estos hechos, parecería que el único camino consiste en cerrarles el paso a los libros de la redención absoluta, pero esto es una falacia, justo como lo demostró Antoine Vitkine: “prohibir Mein Kampf no sirve para nada, es inútil mantenerlo a distancia u ocultarlo […] aun cuando esto sea posible”, la única solución es leer estas obras, analizarlas, someterlas a debate y negarnos a asumir que un hombre o un partido pueden llevarnos a la redención.

La salvación absoluta no existe: somos náufragos a la mitad del mar y construimos con lo que encontramos nuestra nave, que se dirige a una playa desconocida. No podemos conocer el futuro, pero la forma que éste adquiera se encuentra íntimamente ligada con la capacidad para discutir las palabras que ofrecen la redención imposible. +

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