Fisiología de la aflicción

Fisiología de la aflicción

10 de agosto de 2021

Itzel Mar

El dolor no se parece al placer, pero se parece al placer: es el cuerpo sintiéndose a sí mismo. De sus muchos rostros, la mayoría termina adquiriendo la forma de confín. Roberto Juarroz nos advierte que la percepción sólo es nítida en los extremos; es el dolor uno de éstos. Tan pariente de la vida como de la muerte, da constancia de ambas con certeza, no así de lo que existe entre ellas.

Alguna vez el mundo no tuvo la estructura que conocemos ahora. Reinaban el caos y la oscuridad. Los chinos denominaron a este espacio el huevo cósmico. Allí se gestó un gigante extraordinario llamado Pangu. Pasaron miles de años antes de que se estirara y pudiera partir el cascarón en dos mitades; mientras eso ocurría, comenzaron a distinguirse lo liviano y volátil de lo material y pesado. Así surgieron el cielo y la tierra: el yang y el yin. Dieciocho mil años después, el cuerpo de Pangu se modificó: sus cuatro extremidades se convirtieron en las cuatro montañas más altas de las esquinas del mundo, para sostener el cielo; su ojo izquierdo se transformó en el sol, y el derecho, en la luna. Finalmente, su aliento mutó en aire.

Llego al consultorio del doctor Kyu Takamura. Me recibe inclinándose un poco —con el afecto de quien no tiene prisa— y uniendo las palmas de sus manos a la altura del pecho, en un gesto no mecanizado de bienvenida. Su mirada apacible es una caricia discreta. De pronto, sale de la habitación sin producir ruido. Tras varias consultas, siento familiar el ritual de quitarme el exceso de ropa y usar la bata de pellón azul. El olor a ungüento y a raíces resulta un anticipo agradable del tratamiento con las finas agujas de acupuntura. Calculo que el doctor Kyu ha vivido un par de siglos, pero su apariencia es la de un hombre vigoroso de cincuenta años. Es oriundo de Kioto y habla poco español. Viste pantalones de algodón y sandalias.

Me tiendo en la camilla y él pide que le muestre mi lengua. Toma mi mano derecha y me esculca el pulso sobre el pliegue de la muñeca con las yemas de sus dedos. “¿Dónde duele?”, pregunta, y señalo la espalda alta, pero no un lugar preciso. Vuelve a cuestionarme: “¿Por qué le duele atrás? Tristeza deprime la circulación de qi y sangre en el jiao superior, especialmente en el pulmón”. Y sugiere que nombre lo que me está provocando molestias. “Me enoja estar al tanto de mi respiración todo el tiempo; desconocer los rostros que se ocultan tras los cubrebocas; la prohibición de la presencia, no poder abrazar a B., que se encuentra a 468 kilómetros de distancia”, digo a punto de llorar, pero sin conseguirlo. “Ausencia de contacto. Falta yang”, balbucea el doctor Kyu. Acto seguido, comienza a introducir las agujas. La primera, en el punto más alto de la cabeza; otra, en el entrecejo; una más, en la línea media del cuerpo, a la altura de mis senos; luego, cerca de las muñecas, en la cara interna de cada antebrazo; otras tantas en el abdomen y, al final, entre los dos primeros metatarsianos de cada pie. Algunas de las punciones me provocan una sensación eléctrica, pero son tolerables. “Respire despacio, si le parece bien, y no se interrumpa a sí misma”, agrega el médico. No sé si fueron las agujas o logré sugestionarme, pero unos minutos más tarde comencé a experimentar cierto alivio, como el que provoca un atracón de carbohidratos y, al fin, pude llorar. Después de retirarme las agujas y antes de despedirse, el doctor Kyu me susurró: “El enojo sólo es el grado mayor de la tristeza”.

Si entendí bien, el dolor es indivisible, porque son lo mismo el enojo, la tristeza, la molestia en la espalda, los rostros que se ocultan tras los cubrebocas y la imposibilidad de abrazar a B. por el momento. Entonces, me pregunto cómo será vivir sin dolor, y aparece el recuerdo de ese oscuro personaje, nacido en Praga en los años veinte del siglo pasado, con el nombre de Edward H. Gibson, también conocido como la Almohadilla Humana, quien trabajó en diferentes teatros populares estadounidenses. Salía al escenario vestido con pantalones cortos, y solicitaba a los asistentes que le clavaran en el cuerpo, excepto en el vientre, algunos objetos afilados que se esterilizaban con anticipación. A la vista de todos, Gibson los extraía, uno por uno, sin mostrar la mínima dolencia. En cierto momento, decidió representar la crucifixión. Preparó cuatro clavos de considerable grosor y una cruz de madera. Uno de sus ayudantes golpeó con un martillo el primer clavo sobre la palma de la mano izquierda del extraño artista. Al observar el espectáculo, una mujer sufrió un ataque cardíaco y murió. Prudentemente, se canceló el resto de la función. El peculiar encanto de Gibson lo marginaba, pues era visto como una rareza, un impostor en un mundo de sufrientes, donde quizá el dolor sea la verdadera raíz que hermana. Sobre la aflicción, dijo Emily Dickinson: “No puedo recordar cuándo comenzó o si hubo un tiempo en que no estaba”.

En esta época de las pérdidas al cubo, en la que las instituciones imponen el sofocamiento de cualquier malestar en la fisiología del alma y del cuerpo con todo tipo de drogas y remedios, es preciso poner a buen resguardo el dolor. Defenderlo de sus detractores, para quienes representa un exceso de realidad, un desatino, una mueca de mala educación. Vale la pena salvarlo, sencillamente, para poseer la forma de lo que fue nuestro y desapareció. +

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