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Hacer koljós

Hacer koljós

 

Un funeral de Estado, cinco carpetas de genealogía y una cama rodeada de colchones: con eso se arma una saga que va de Georgia a Jersón.

Vista FrontalEmmanuel Macron aseguró en los Inválidos que Hélène Carrère d’Encausse, secretaria perpetua de la Academia Francesa, había llevado el diccionario hasta su última palabra, zygomatique, y que ya se podía morir en paz. Buen remate para un discurso de Estado. Emmanuel Carrère, hijo de la homenajeada, anota en Koljós que eso es falso dos veces: ella se quedó en “zoo”, y la última palabra es otra. Anota también que ella habría aprobado esa licencia poética. De ahí sale un libro de 448 páginas, publicado por Anagrama en la traducción de Juan de Sola, que en Francia ganó el premio Médicis.

El material lo puso el padre, Louis, genealogista obsesivo, dejó cinco carpetas, una sobre su familia y cuatro sobre la de su mujer, con una letra casi ilegible. Carrère las lee durante los cinco meses que Louis le sobrevivió a ella y entiende el encargo: ahora te toca a ti. Aparece una saga de nobles rusos arruinados con un abuelo georgiano, Georges Zurabishvili, que trabajó para los alemanes en Burdeos y desapareció en 1944, cuando su hija tenía quince años. Ese abuelo ya estaba en Una novela rusa, el libro tras el cual madre e hijo pasaron un par de años sin verse. Aquí lo retoma con las carpetas delante.

El título es de casa; cuando el padre viajaba, los hijos armaban colchones y cojines alrededor de la cama de mamá, y ella llamaba a eso ”hacer koljós”. La palabra viene de un viaje a Uzbekistán en 1958, donde Hélène se coló en una delegación de científicos suizos que estudiaba una epizootia ovina, y de donde sacó una convicción que transmitió a sus hijos: un koljós es mejor que un sovjós*. La última vez que lo hicieron fue en la residencia de cuidados paliativos, con ella a punto de morir. Carrère pasa de la comedia al nudo en la garganta en dos líneas, sin avisar.

Hélène, la especialista en Rusia más célebre de la televisión francesa, repitió hasta la víspera de la invasión que Vladímir Putin atendía a razones. Se equivocó, lo admitió, y Le Monde la retrató como una “académica en la incertidumbre”. El hijo viaja a Jersón con chaleco antibalas y una compañera de viaje ucraniana le desmonta el elogio de la complejidad que él ha practicado toda la vida: aquí las cosas no pueden ser más sencillas. El escritor de las zonas grises se queda sin ninguna, y es la parte que mejor funciona.

Mi reparo son las páginas de blasones y fincas, que piden paciencia; al padre le encantaban. Lo compensa el final; Carrère lo sigue un día de abril de 1976, con la corbata puesta, haciendo novillos en los Pirineos para ver una piedra romana. Sospecha que la protagonista era ella, pero que quien dictó todo desde el despacho forrado de verde era él: “es él quien amó”. + Compra el libro aquí

 

* Koljós es la transcripción al español de la palabra rusa kolkhoz (колхоз), contracción de “kollektívnoye joziaistvo”, es decir, “economía colectiva”. Era la granja colectiva de la Unión Soviética: tierras y trabajo agrupados bajo la administración de un colectivo, aunque en la práctica el Estado mandaba sobre todo. El sovjós (de “sovétskoye joziaistvo”) era la granja estatal, con trabajadores asalariados.