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El asombro y el no saber el camino

El asombro y el no saber el camino

15 de junio de 2021

Jordi Soler

Cuando escribo, no sé a dónde voy. Nunca tengo un esquema ni un guion. Empiezo con una línea y a partir de ella voy desplegando una historia que siempre tiene un destino incierto. Y exactamente lo mismo me pasa en las librerías: entro con la idea de comprar un libro que vi comentado en un suplemento, pero al minuto se me olvida y quedo embrujado por otras propuestas. Al final salgo con cinco que nunca son el libro por el que iba. Es decir, me encanta meterme y descubrir qué encuentro. Da igual si esto me pasa en Barcelona o en cualquier otro lugar del mundo.

Lo mismo me pasa en los paseos. Yo camino mucho, todo el tiempo lo hago. Muchos fines de semana vamos a una casita que tenemos en el campo, y me voy a caminar sin rumbo. Salgo con el perro y él va marcando el camino. Enfrento el paseo por el bosque de la misma manera en que enfrento mis novelas y mis incursiones en las librerías, con esa misma ignorancia y con esa misma expectativa: esperando el momento del asombro. Eso es lo maravilloso cuando entras en una librería, y de pronto te encuentras un libro que te hace el día, o cuando menos la tarde.

Cuando era adolescente vivía con mis padres en Coyoacán. Los tiempos de residir en Veracruz se habían terminado, y los discos en los que Serrat cantaba a Miguel Hernández ya los tenía metidos en el cuerpo. Ellos, en buena medida, me llevaban a la literatura, al asombro que marca mis días. En esos tiempos, mi periplo habitual consistía en ir a Gandhi y a El Parnaso. Las dos estaban cerca de casa y las dos compartían cualidades.

En esa época, el gerente de El Parnaso era mi amigo; nos pasábamos la tarde charlando, y de pronto sacábamos un vino adentro de la tienda. Las palabras tenían que ser humedecidas. Esa librería tenía casi el mismo sistema de Gandhi y, en algún momento, también tuvo el mismo dueño. En esas tardes, de repente aparecía el señor Achar y el Gabo también se materializaba; de pronto, Rulfo se apersonaba y pedía un libro. Este tipo de cosas pasaban. Por supuesto que me convertí en un cliente frecuente, en un viajero frecuente de Gandhi. En la librería he sido un poco de todo: un comprador habitual, he firmado libros y hasta alguna presentación hice en ella. También he participado en el programa en el que los escritores vamos eligiendo libros y presentándolos. Lo he hecho todo.

Gandhi también es uno de mis lugares de encuentro: ahí están los lectores. En esta librería no me han pasado más que cosas buenas.

Ahora que vivo en Barcelona, la distancia no me separa de Gandhi. Cada vez que regreso a México y no tengo una agenda muy espesa, me hago un tiempo para la visita obligada. Sin embargo, cuando la agenda está saturada, me hospedan en un hotel y esto hace más difícil que pueda ir. En el hotel es mucho más fácil atender a la gente que me pregunta sobre mis libros que en casa de mis padres, donde en realidad me gusta quedarme. Ellos siguen viviendo en Coyoacán, muy cerca de la librería.

A pesar de esto, no pierdo mi cualidad de cliente frecuente. Cuando en algún suplemento veo un libro mexicano que no llega a España, algo que suele pasar con cierta regularidad, de inmediato le llamo a mi padre y va a Gandhi a comprarlo. Él me va guardando el montón de libros que me espera hasta que vaya o él venga para acá. Hoy sigo comprando en Gandhi vía mi padre. Casi nunca los compro en formato electrónico, me gusta subrayarlos, sentirlos. +

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