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Pali pali o capitalismo y locura en La única opción de Park Chan-wook

Pali pali o capitalismo y locura en La única opción de Park Chan-wook

Por Jorge Luis Tercero Alvizo (@GiorgioDammit)

Aclamada en Venecia, ignorada por los Oscars hollywoodenses, La única opción (Eojjeolsuga eobsda, 2025) es la más reciente cinta del surcoreano Park Chan-wook. Esta película, inspirada en la novela El Hacha, de Donald Westlake (adaptada en 2005 por Costa-Gavras bajo el título Le couperet), ha sido definida por el mismo realizador de Oldboy, Sed de Sangre y Señora Venganza como el trabajo de su vida. 

El filme cuenta la historia de Yoo Man-su (interpretado por Lee Byung Hun de El juego del calamar), un tipo que, cuando siente que lo ha conseguido todo, es despedido del empleo en el que llevaba 25 años en el corporativo Solar Paper, por un recorte después de que la compañía fuera vendida a unos estadounidenses. Esto sucede en medio de una sublime parrillada otoñal de anguila, camisa hawaiana, zapatos nuevos para la esposa, al ritmo del Concierto para piano n.º 23 de Mozart, rematando con abrazo familiar (de foto) en el jardín de su perfecta casa de barrio clasemediero de Busan, y, también, con sus dos perritos ahí. 

Sin derecho a réplica, cuando los rubios nuevos dueños le recetan un “I’m sorry, there’s no other choice”, Man-su inicia un peregrinar entre empleos precarios y temporales, el ocio, la humillación, la austeridad indeseada y demás escenarios de crisis. Todo al lado de su esposa Yoo Mi-ri (Son Ye-jin), quien además tiene que lidiar con las miradas lascivas de un posible comprador de la casa amada (la casa de la infancia de Man-su). A esto se suman dos hijos: el adolescente rebelde Si-one (que los meterá en más de un problema) y la pequeña músico genio, Ri-one, quien padece una forma de autismo, por lo que sus padres deben esforzarse el doble para apoyarla en su formación como violonchelista. 

Martirizado por una taladrante muela picada, Man-su se obsesiona con obtener un puesto ejecutivo en el corporativo rival japonés, Moon Paper, pero se topa con obstáculos. “Aunque ese tipo desapareciera, no es como si pudiera ocupar su lugar. ¿Verdad? La competencia por ese puesto va a ser feroz”, reflexiona el protagonista, justo antes de crear una empresa fachada, mediante el cual atraer a sus potenciales rivales-candidatos y, con ello, neutralizarlos radicalmente, o sea, asesinarlos. 

Lee Sung-min

Yeom Hye-ran

Las ofrendas al altar del sacrificio competitivo son el veterano de la industria papelera Koo Beom-mo (Lee Sung-min), cuya excéntrica esposa (Yeom Hye-ran) salva a Man-su de la mordedura de una serpiente no venenosa; luego, el vendedor de calzado Go Si-jo (Cha Seung-won); y, finalmente, el insoportable Choi Seon-chul (Park Hee-soon), quien anteriormente fuera subordinado del protagonista y ahora lo humilla desde el puesto de nuevo gerente de Moon Paper. 

El hecho de que Man-su (primero errático y después decidido) asesine a cada uno de sus contrincantes ilustra de forma cruda ese “capitalismo salvaje” del que habla el filósofo Fredric Jameson, pero con el toque distópico de Park Chan-wook, que evoca la competitividad surcoreana. Ésta es una herencia del milagro del río Han que vino de la industrialización forzada, en la que se combinó una cultura del esfuerzo extremo (la mentalidad del pali pali  o “rápido, rápido”) y la concentración del poder económico en pocos conglomerados familiares o chaebols: Samsung, LG, Hyundai y SK.  

Cuando Man-su activa sus trampas (desde una maceta que no cae, una pistola de guerra que fuera de su padre, hasta el sombrío plan para deshacerse de su antiguo subordinado Choi Seon-chul), entendemos que aquí no habrá antihéroes vindicadores (como en otros filmes de Park), sino homicidios, producto de la autoexplotación del mundo laboral.

Park elabora esta fábula dentro de una sociedad que vive, por un lado, asediada por su hostil vecino del norte (forrado de ojivas nucleares); por el otro, anhelante del éxito económico, con personajes que no dejan de darse maniáticas palmaditas en el cuello mientras intentan convencerse de que tienen lo que se necesita. Un laboratorio social donde algo retorcido lleva décadas cocinándose a fuego lento, con la autoexplotación laboral como bandera. Nos advierten ya de esto usuarias latinoamericanas de TikTok que viajaron en busca del paraíso del k-pop; una literatura contemporánea sobre la violencia sistémica (desde Cho Nam-joo, Won-pyung Sohn hasta Han Kang), pero muy particularmente una producción audiovisual irresistible, en la que destaca El juego del calamar, pasando por los doramas, la oscareada Parásitos, de Bong Joon-ho hasta llegar a La única opción

Si en Del asesinato considerado como una de las bellas artes (Verbum, 2018) el decimonónico Thomas de Quincey buscaba acuñar una metáfora sobre el arte de matar y la creación artística (y vaya que el cine de Park aborda una estética de lo violento y la venganza), los asesinos fetichizados de Hollywood, asiduos al homicidio como forma de catarsis, refinarían la idea: el taxidermista Norman Bates, Hannibal Lecter, John Doe de Se7en o American Psycho, entre tantos otros. Pero Man-su no se nos presenta ni como ese diletante ni como el excéntrico que fantasea con febriles asesinatos de artista, sino como un homicida autoexplotado que convierte su violencia en trabajo extenuante para alcanzar su meta: reinsertarse en la cadena producción.

El padecimiento de salud mental de Man-su podría explorarse desde La sociedad del cansancio (Herder, 2024), obra en la que el pensador coreano-alemán Byung-Chul Han explica el paso de una visión disciplinaria foucaultiana de la sociedad (vigilar y castigar), a la de una del rendimiento: enfocada en maximizar la producción y en la que el sujeto asimilia la autoexplotación. Ni siquiera cuando Man-su pierde su empleo se libera de su labor de Sísifo; sólo se mantiene sometido al sistema, al tiempo que cae en depresión, contrae deudas y la exigencia social lo aqueja. En sus textos, Han nos recuerda que por eso “el sujeto del rendimiento se entrega a la libertad coercitiva o a la libre obligación de maximizar el rendimiento.” El personaje de La única opción no es libre en la sociedad del libre mercado; su ritmo y la eficacia de los asesinatos se intensifican y se pulen hasta, en palabras de Byung-Chul Han, “…convertirse en una autoexplotación que es más eficaz que la explotación externa, porque conlleva una sensación de libertad”. 

Park Hee-soon

Man-su es víctima-adicto de una sociedad en la que el éxito es una exigencia delirante, errando entre la depresión, el cansancio extremo, una mordedura de serpiente y los celos enfermizos (ante imaginarias situaciones de adulterio por parte de su esposa). Se convence a sí mismo de acabar con todos sus rivales laborales para ascender en la pirámide, o en palabras de Han: “El explotador es al mismo tiempo el explotado. Las víctimas ya no se distinguen de los verdugos”. 

En La única opción trastoca esa espectacularización tradicional de la violencia de Hollywood, de asesinos que buscan en sus homicidios alguna liberación, para exponer lo violento como un engranaje clave de una sociedad que lo normaliza como parte de su cadena de ensamblaje. Yoo Man-su no halla la catarsis en sus crímenes, sino en el trabajo; no hay descanso pues su ocupación es infinita, asesinar superando su rendimiento y metas anteriores, refinando el método, para lograr su objetivo final: volver a trabajar dentro de un sistema que no tardará en desecharlo.

Lee Byung Hun