La obra de Patricia Highsmith, una fina disección del mal

La obra de Patricia Highsmith, una fina disección del mal

18 de agosto de 2021

Irma Gallo

Imagina que la escritora es lesbiana pero misógina, racista —odia a los negros y no lo disimula—, alcohólica y, por si fuera poco, rehúye la compañía de la gente porque le parece que los animales —en especial los gatos, pero también los caracoles— son mucho más interesantes. En esta época de la cultura de la cancelación, nadie la leería.

Es más, ya la habrían quemado en la leña verde de las redes sociales. Nadie la entrevistaría. No la invitarían a ferias del libro ni a presentaciones. Y, por supuesto, ninguna editorial querría publicarla. Afortunadamente, cuando Patricia Highsmith empezó a publicar, en 1950, lo políticamente correcto no determinaba una carrera literaria. ¡Y qué bueno, porque nos habríamos perdido de mucho!

Nacida como Mary Patricia Plangman el 19 de enero de 1921, en Forth Worth, Texas, existen numerosas leyendas en torno a su primera infancia; tal vez la más conocida y replicada es que su madre no la quería, e incluso, estando embarazada, ingirió aguarrás con el objetivo de provocarse un aborto. Por gracia y obra del destino, no le salió, y la pequeña Mary Patricia llegó a este mundo para, años después, sacudirlo con su obra literaria.

Lo que podría terminar con las especulaciones acerca de su vida es la publicación de sus diarios, que en noviembre de este año llegarán a las librerías para conmemorar su centenario, bajo el título de Patricia Highsmith: Her Diaries and Notebooks (1941-1995), editados por Anna von Planta. Una frase que escribió en uno de esos 56 cuadernos a rayas con espiral nos ofrece una idea de quién era esta mujer: “El asesinato es una forma de hacer el amor, una forma de poseer”.

Escribió su primera novela, Extraños en un tren, en 1948, cuando ya se había mudado a Nueva York y concluido su carrera de lengua inglesa. Su amistad con el excéntrico Truman Capote, escritor y periodista, pudo haber influido en que consiguiera un editor. En 1950, su ópera prima fue publicada; entonces sucedieron dos cosas: la primera fue que Alfred Hitchcock compró los derechos para llevarla al cine; la segunda, que se le empezó a etiquetar como una escritora de novela policiaca.

Su siguiente novela, escrita en 1951 en Europa —a donde se mudó con lo que le pagaron por los derechos para la adaptación cinematográfica de Extraños en un tren—, parecía un intento por escapar de esa categorización. El precio de la sal cuenta la historia de amor entre dos mujeres, Carol y Therese. Una anécdota de la propia Patricia Highsmith inspiró la escritura de esta novela. Cuando vivía en Nueva York, durante unas vacaciones de la universidad, trabajaba en el departamento de juguetería de unos grandes almacenes, cuando vio llegar a una rubia hermosa, elegantísima, que le preguntó algo. Justo es lo que sucede en la escena de la novela en la que Therese ve por primera vez a la sofisticada Carol. Obviamente, el manuscrito fue rechazado por sus editores debido a su temática lésbica.

En plena época del macartismo, a los homosexuales y a las lesbianas se les consideraba enfermos mentales. Recordemos la persecución de que eran objeto los miembros de la comunidad LGBTTTIQA+, a la que se conoció como el Terror Lavanda. Ni con el hecho de haber emigrado a Europa Highsmith conseguía sentirse segura, así que el libro se publicó bajo el seudónimo de Claire Morgan en 1953. Sería hasta 1989, cuando apareció bajo el título de Carol, que por fin lo firmó con todas las letras de su, para entonces, famoso nombre.

Entre El precio de la sal y su última novela, Small g: un idilio de verano, publicada de manera póstuma en 1995, Patricia Highsmith escribió cerca de 35 libros. La aparición de El talento de Mr. Ripley en 1950 no sólo inició una de las series más exitosas de la historia de la novela negra, sino que dejó en claro la vocación de la autora para explorar el mal. El seductor Tom Ripley, chapucero, falsificador y asesino serial, protagonizó cuatro novelas más: La máscara de Ripley, El amigo americano, Tras los pasos de Ripley y Ripley en peligro.

El cine no pudo resistirse a los encantos de Tom Ripley, y desde A pleno sol (adaptación de El talento de Mr. Ripley), con Alain Delon en 1960, hasta El juego de Ripley (adaptación de El amigo americano), con John Malkovich en 2002, sin olvidar, por supuesto, El talento de Mr. Ripley, de 1999, en la que Matt Damon encarna al célebre asesino, el gran público aficionado al séptimo arte se ha podido dar una idea del genio de esta escritora para retratar la maldad y la frágil membrana que evita que cualquier ser humano sea capaz de cometer los crímenes más aborrecibles; membrana susceptible de romperse en cualquier momento, sobra decir.

Carol también tuvo su versión cinematográfica, en 2015, dirigida por Todd Haynes, con Cate Blanchett y Rooney Mara como Carol y Therese, respectivamente. Aunque Rooney Mara compartió el premio a Mejor Actriz en Cannes con Emmanuelle Bercot por Mi amor, surgieron comentarios acerca de que la película no estuvo nominada a los premios de la Academia ese año por su temática lésbica. Parece que el fantasma de la discriminación por la orientación sexual siguió persiguiendo a Patricia Highsmith después de su muerte.

Pero si sus novelas son geniales, es quizá en los relatos donde Highsmith desarrolla mejor este ojo implacable para lo oscuro. Basta leer algunos de sus Pequeños cuentos misóginos, publicados originalmente en 1975, para notar su desprecio por las mujeres. En “Un objeto de carne transportable”, la protagonista, Mildred, es una suerte de escort o prostituta de alto nivel que, cuando cree que ha encontrado al hombre que le ofrecerá la seguridad del matrimonio, es asesinada brutalmente por él y su chofer, y lanzada al río como basura. En “El ama de casa de clase media”, Pamela, una mujer conservadora y abiertamente antifeminista, muere por accidente en la reunión de un grupo pro liberación femenina cuando una lata de un kilo de judías que alguien arroja durante la discusión la golpea en la sien. “La paridora”, por otra parte, es la historia de una mujer, Elaine, que siente que sólo podrá lograr la realización personal teniendo hijos. Aunque al principio de su matrimonio con Douglas no lo consigue, después de mucho practicar no hay quien la detenga. Cuando llegan al hijo número 17, Douglas, quien ha pedido repetidamente que le hagan una vasectomía, termina internado en un manicomio por un brote psicótico. Hasta entonces, y sólo ahí, conseguirá su tan ansiada intervención quirúrgica para no tener más hijos.

Si queremos encontrar rastro de la pasión de esta sorprendente escritora por los animales, así como de su convicción de que son más inteligentes que muchos seres humanos, podemos asomarnos a su libro de cuentos Crímenes bestiales. Éste representa todo lo opuesto a las fábulas tradicionales, en las que aquellos seres ofrecen al lector una “lección del bien” y su consiguiente moraleja. Encontraremos relatos como “La rata más valiente de Venecia”, en el que un roedor se come la nariz y parte de la mejilla de un bebé, dejándolo al borde de la muerte, para vengarse de sus hermanos mayores, quienes lo atacaron con un cuchillo, amputándole una pata y sacándole un ojo. En “Los hamsters contra los Webster”, estos adorables animalitos, una vez que el padre de la familia intenta aniquilarlos porque se reprodujeron más allá de toda proporción razonable y llenaron su jardín de hoyos, deciden devorarlo.

En los cuentos de Crímenes bestiales podemos encontrar una característica más de la obra de Patricia Highsmith que suele pasar desapercibida: un fino sentido del humor. En “Notas de una cucaracha respetable”, el insecto en cuestión dice, por ejemplo, “Soy (y conste que no soy Franz Kafka disfrazado) una cucaracha, ignoro la edad que tienen mis esposas, de la misma forma que ignoro el número de esposas que tengo”. La susodicha consigue mudarse del hotel de mala muerte donde vive —y en el que han habitado generaciones de sus ancestros, atestiguando cómo se fue deteriorando a lo largo de los años, para terminar convertido en refugio de drogadictos, prostitutas, criminales y borrachos— a uno de mayor categoría, escondiéndose en la maleta de un huésped al que el establecimiento le pareció muy por debajo de sus expectativas.

En el relato “La tortuga de agua”, incluido en el libro de cuentos Once, Highsmith va mucho más allá, al convertir en depositario de la maldad a un niño. Victor, un ser solitario, obligado por su madre controladora y posesiva a usar pantalones cortos cuando ya nadie de su edad los lleva y a recitar poemas a las visitas —que, por supuesto, se mueren de aburrimiento—, la asesina a cuchilladas mientras duerme, debido a que ella ha hecho lo mismo con una tortuga que compró para preparar un guiso y con la que el chico se empezaba a encariñar. Cada vez que clava el cuchillo en el cuerpo de su madre, Victor sólo puede ver la boca abierta de la tortuga en un grito mudo cuando ella la arrojó viva a la olla con agua hirviendo, para luego cortarla en pedazos y ponerla a refrigerar con salsa de nata.

Éstas son sólo algunas pinceladas del universo temático de Patricia Highsmith, que murió en Locarno, Suiza, en 1995. Por esto, catalogarla como una autora de novela policiaca significa reducir sus alcances. Y este 2021, cuando estamos conmemorando el centenario de su nacimiento, eso sería poco menos que un crimen. +

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