Sonata para un amigo, in memoriam Jorge Lebedev

Sonata para un amigo, in memoriam Jorge Lebedev

17 de marzo de 2021  

Francisco Goñi

Siempre he agradecido dos cosas de haber trabajado por más de veinte años en librerías: el acceso infinito a los libros y haber conocido a personas que son fundamentales en mi vida.

Hacia 2005, cuando trabajaba para El Péndulo, en la sucursal de la Condesa, convivir con los vecinos, artistas, editores y escritores de la zona era pan de todos los días. Era verdaderamente un privilegio presenciar el desfile de personalidades. Entre ellas, un hombre de tez blanca, con lentes y barba, cabello crecido, vestido con camisa y saco de pana, que comenzó a acercarse —con mucha amabilidad— a mí y al resto de mis compañeros. Un gran sentido del humor y una notable inteligencia fueron su carta de presentación. 

Este personaje entrañable, Jorge Lebedev, quien nos traía chocolates a la mitad de la jornada y hacía el tiempo más amable, rápidamente formó parte de las instantáneas de la librería. Siempre estaba fumando y con una taza de café. Horas y horas. Después, bajaba al piso de venta y nos preguntaba por novedades, catálogos editoriales o quería saber qué leíamos. Abordaba con ironía los temas más relevantes del medio editorial, ya que rememoraba los tiempos de grandes editores y colegas que conoció, y agregaba que todo en el presente “era un desastre”.

Conde, George, Georgie, Abuelito, como le decíamos sus más cercanos, con el paso del tiempo se convirtió en el consejero (informal) de la librería, además de un amigo a quien podíamos acudir ante cualquier problema personal. Resultaba impresionante su disposición para escuchar. Y quizá su virtud central era ayudar al otro. De alguna u otra forma, trataba de solucionar el desempleo de uno, asesorar sobre las cuitas amorosas de otro, o simplemente reconfortar en situaciones complicadas. 

Jamás hubiéramos imaginado que Jorge, con su aparente sencillez y su temperamento accesible, había sido editor de Jorge Luis Borges y del Premio Cervantes en España durante años, o conocido cercano de Bioy Casares, Arreola, Pacheco, entre tantos otros. Con modestia y sin mayor aspaviento, podía recrear conversaciones que tuvo con Octavio Paz, Vicente Rojo o Juan Rulfo. Fue, desde la edición, un importante interlocutor de su tiempo. Sigiloso, crítico y mordaz, sarcástico y un poco cínico. Empató con muchas mentes brillantes en la cultura, y mantenía encuentros intelectuales en las terrazas de los cafés y bares. 

Sin embargo, sus amistades intelectuales no le estorbaban en absoluto para ser amigo de algún vendedor de películas piratas que conseguía cualquier pedido especial o del carpintero que le hizo su hermosa biblioteca. Trataba a todas las personas con la misma seriedad, que se vertía de inmediato en bromas o en algún comentario pícaro. 

A través de él, pude conocer a Mario Pellegrini, hijo del escritor surrealista Aldo Pellegrini, y enterarme de la efervescencia onírica en Buenos Aires. Caminar con él en ferias del libro suponía pararse a saludar a medio mundo: los principales editores de Hispanoamérica lo conocían y se acercaban con sonrisas.

Jorge fue pieza clave para que existieran importantes colecciones en México, Argentina y España: la Biblioteca Borges, Ediciones del Premio Cervantes, la línea editorial de RBA y Ediciones Gandhi son ejemplos de ello. Hay que decir que su trabajo siempre fue tras bambalinas; huía del reflector y despreciaba las fotografías, quizá el público lector no lo conocía, pero en el medio era todo un referente. 

Entre pizzas, whisky o café, me gustaba mucho preguntarle por sus amores y sobre la época loca de la “movida madrileña”. Soltaba carcajadas por los gestos con los que describía esas andanzas, y su típico “buuueno…”. 

Hablando del apoyo a los otros, siempre agradecí que mediara mi regreso a las librerías, ya que después de una larga estancia laboral en El Péndulo, me aventuré al comercio electrónico sin gustarme realmente. Cuando quise regresar al sector librero, en definitiva, Jorge fue un detonante para que se dieran las cosas con librerías Gandhi, donde él fungía desde años atrás como editor. Fueron poco más de siete años maravillosos de compartir el ambiente laboral. Incontables charlas sobre el devenir del libro, la poesía, las traducciones, chismes de pasillos, lecturas apasionantes, proyectos personales, parejas, etcétera. No podría recapitular aquí todo lo que le aprendí. Lo único que sé es que para mí representaba un faro en la noche, un guía en el caos: siempre tenía un comentario oportuno o una frase sabia para tranquilizar la ansiedad y la depresión. 

Por lo regular, cuando viajábamos a la fil de Guadalajara, nos tocaba compartir habitación. Recuerdo perfectamente que, para dormir, Jorge necesitaba prender el aire acondicionado a todo motor. Pero a mí, friolento extremo, me molestaba mucho, incluso perjudicaba un poco mi salud. Así que, en el último viaje que compartimos, harto de padecer frío en las noches, decidí esconder el control remoto. Fingí no saber cómo se prendía el aire o si requería control. Él se molestaba cada noche, y se cabreaba mucho con el hotel, recriminando que era un lugar de quinta y con pésimo servicio. Yo tenía que hacer un esfuerzo enorme para no romper en risotadas. El día de regreso, antes de hacer check out, culminé la mentira, fingiendo sorpresa porque misteriosamente apareció el control que tanto buscó por tres días. Después de mi broma, ciertamente, sentí algo de culpa, pero nunca se lo confesé… Hoy daría lo que fuera por pasar las noches con frío y tenerte aquí, amigo. De igual manera, el mundo lo percibo más frío sin ti. Hasta siempre, querido Conde. +

 

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