Lee el primer capítulo de Cartas a Bruno, de Rogelio Guedea

Lee el primer capítulo de Cartas a Bruno, de Rogelio Guedea

Rogelio Guedea

Cartas a Bruno

HarperCollins México

Contenido

13 Prólogo
17 Peligro 1 Las drogas
21 Peligro 2 El cigarro
25 Peligro 3 El alcohol
31 Peligro 4 La ansiedad
35 Peligro 5 La depresión
41 Peligro 6 El sedentarismo
47 Peligro 7 La mala alimentación
53 Peligro 8La deficiencia de vitaminas y minerales
57 Peligro 9 El insomnio
63 Peligro 10 La falta de amor
67 Peligro 11 El sexo
71 Peligro 12 La mala mujer
75 Peligro 13 El camino del mal
79 Peligro 14 Ser malagradecido
83 Peligro 15 Las malas compañías
87 Peligro 16 La culpa
93 Peligro 17 La falta de estudio
97 Peligro 18 Las redes sociales
101 Peligro 19 No leer
105 Peligro 20 El materialismo
111 Peligro 21 La injusticia
115 Peligro 22 El aislamiento
121 Peligro 23 La presunción
125 Peligro 24 La enfermedad
131 Peligro 25 La muerte
135 Peligro 26 La ociosidad
139 Peligro 27 El juego
143 Peligro 28 La pornografía
147 Peligro 29 El delito
151 Peligro 30 El derroche
155 Epílogo

La juventud anuncia al hombre como la mañana al día.
John Milton

Prólogo

Pronto viajarás a Nueva Zelanda para empezar tu carrera profesional. Decidiste estudiar música. Poco a poco, y sin advertirlo, la guitarra se convirtió en tu pasión. Quién iba a imaginar que aquella foto que nos tomamos juntos, en donde apare- cemos con las frentes encontradas y cada cual con una guitarra contra el pecho (¡no tendrías más de dos años!), se convertiría en una profecía, eso que sólo está en la mente de Dios y que nosotros, ciegos cruzando una calle desconocida, ni siquiera alcanzamos a vislumbrar. Viendo de nuevo los videos que grabamos cuando eras niño (haberlos recuperado me ha traído una alegría inusitada) me doy cuenta de que nunca perdiste la ocasión de estar entre instrumentos musicales: la batería que tocaste acaloradamente, una pequeña marimba de patas de madera, unas maracas y, por supuesto, varias guitarras. Siempre mostraste talento para la música: todavía recuerdo con qué facilidad lograbas sacar melodías de aquel viejo piano que teníamos en nuestra casa del 16 de la Caldwell Street, en Dunedin. Escuchabas, por ejemplo, un bolero o una norteña o lo que fuera, y luego te sentabas y lograbas dar con los acordes precisos. Yo pensaba que aquella habilidad era natural y común a cualquiera, pero ahora admito que no es así: ya desde entonces mostrabas un talento que me habría gustado alimentar con mayor rigor. Es verdad que ibas a clases de guitarra en las sesiones sabatinas de la George Street, pero para mí no fueron sino actividades de esparcimiento, una forma de que te ocuparas, como solemos decir los padres a los hijos, en algo productivo.

Jamás imaginé que todo eso era parte de tu destino y que yo, padre y tutor, no era más que el instrumento que Dios utilizaba para encaminarte a él. No tienes conciencia ni memoria de esto, pero cuando acababas de nacer le regalaron a tu madre un paquete de cd de música clásica (todavía los conservo en mi biblioteca has- ta que me los pidas, para conservarlos como el más remoto vestigio de tu vocación por la música). Ella te los hacía escuchar mientras dormías, segura de que con eso traería paz a tu alma y te sobresal- tarías menos durante el sueño. No sé cuántas veces escuchaste esas piezas de Bach, Schubert, Mozart y Beethoven, pero estoy seguro de que ese influjo musical penetró en lo más profundo de ti hasta crear en tu corazón un sedimento que se impondría en tu vida de manera irrenunciable. Por una razón u otra, estuviste siempre cercano a la música. Es verdad que gran parte de esto puedes debérmelo a mí (que toco la guitarra y tuve la dicha de enseñarte los primeros acordes), pero, como ya te lo he dicho, cuando lo pienso seriamente caigo en la cuenta de que incluso Dios me hizo aprender guitarra sólo para que tú, el realmente virtuoso, llegaras a ella. Como no hay forma de saberlo a ciencia cierta, voy a creer que así es, porque cuando uno cree en algo con determinación lo imposible renuncia a su propia voluntad.

Lo que quiero decir es que, cuando te observo practicar guitarra, no me cabe duda de que naciste para ella y ella lo hizo para ti, y no creo que haya cosa más maravillosa en el mundo que encontrar algo que uno no pueda dejar de hacer aun en contra de sí mismo.

Ahora me río de cómo, pese a que todo el tiempo tocabas la guitarra, estuvimos buscando una vocación para ti (como abogado o químico) cuando la teníamos en nuestras propias narices, ¿recuerdas? ¡Cómo no nos habíamos dado cuenta! Apenas lo resolviste, abandonaste la preparatoria general y te mudaste al bachillerato de música. Fue como haberle quitado el candado a la camisa de fuerza que te aprisionaba. Desde ese día te cambió el rostro y la mirada y a mí, francamente, se me apaciguaron las arterias. Supe de golpe que habías encontrado una tabla de salvación para el resto de tu vida y que no te ahogarías en el enorme mar de la ociosidad, mal de males.

Aunque ya poco o nada puedan hacer mis palabras en ti (acabas de cumplir dieciocho años y eres asombrosamente capaz incluso de corregir hasta mis propios yerros), quisiera, en las próximas cartas que aparecen en este libro, darte algunos consejos sobres asuntos graves para los cuales me gustaría te hicieras de armas para enfrentarlos y salir airoso de ellos. Nadie es infalible, salvo Dios, pero uno jamás debe dejarse morir en el intento. Como sé que hablo mucho (tú me lo reprochas a diario), voy a escribir poco. Intentaré ser conciso (sin llegar a ser tacaño) y lo más claro y directo posible, sin llegar a ser procaz. Mis palabras nacen del amor, y el profundo amor que te tengo es lo único que las sostiene. Consérvalas, porque es lo mejor que seguramente te habré dejado en esta vida.

Peligro 1
Las drogas

Hay algo que, de sólo pensarlo, me quita el sueño: las drogas. No me gustaría que fueras atrapado por ninguna de ellas, así te las presuman mansas e inofensivas. No hay tal ingenuidad en ellas.

De niño tuve una experiencia que me marcó para siempre. Sucedió una noche en el barrio con un grupo de amigos. Entornados en una esquina en la que nos encontrábamos con frecuencia para conversar (un lugar que llamábamos El Triangulito), y poco antes de partir cada cual a su casa, llegó un hombre en una motocicleta. Yo lo vi grande, pues llevaba bigote, pero ahora pienso que tal vez no lo fuera tanto, quizás apenas rozaba los veinte años. Le dijo a Quique que si lo acompañábamos, que tenía una casa cer- ca de donde estábamos y quería mostrarnos algo. No recuerdo con precisión cómo nos trasladamos a ese lugar, pero de pronto me vi sentado en un sillón medio destartalado, rodeado de pocos compañeros, porque otros habían renunciado a venir con nosotros.

El hombre nos hizo pasar a una habitación sin muebles, pero con una manta tendida en el medio, sobre la cual —lo recuerdo nítidamente— había apilada una yerba abundante y rojiverde. Era mariguana. No puedo olvidar la sensación que tuve al verla por primera vez en mi vida, aunque ya hubiera escuchado su nombre muchas veces entre murmullos. El hombre se hizo un churro grueso: puso sobre una telilla de papel blanco un mogote de yerba y lo enrolló con visible destreza. Abandonamos la habitación y el hombre empezó a fumarlo. Le daba unas jaladas grandes y retenía el humo dentro de sus pulmones, luego lo empezaba a soltar poco a poco, como una fuga de gas. Yo lo miraba con electrizante atención e impavidez, sobre todo cuando empecé a ver que se le adormilaban los ojos y le menguaban los movimientos de las extremidades, que movía como en un vaivén de ramas secas. En ese momento me extendió el cigarro y me pidió que le diera una chupada. Habría sido fácil decir simplemente que no ante una proposición tan temeraria, pero en un escenario en donde estábamos puros hombres que nos sentíamos valientes y soberanos, negar el privilegio de tal invitación no era una resolución sencilla. Estuve unos segundos con el churro frente a mis narices, escuchando que las voces de mis amigos me instigaban diciéndome: Ándale, güey, éntrale.

Dije que no. Mi renuncia fue súbita. Moví la cabeza y negué. Se hizo un silencio entre todos, me sentí realmente un gallina y se me pusieron las orejas calientes. Quique, que estaba a mi lado, estiró la mano y cogió el churro: Presta pa’ la orquesta, dijo. Se lo colocó entre los labios y jaló fuerte, una y otra vez. A los pocos minutos, o quizá segundos, empezó a decir que sentía que el corazón se le iba a salir por la boca. Lo vi pálido, primero, y después tremebundo; los ojos le restallaban. Échate agua, le dijo el hombre. Ahí, y le se- ñaló una pileta. Quique fue y metió la cabeza en el agua enlodada. La sacó una vez y la sacudió, luego volvió a meterla. Aunque se reía como para demostrar que dominaba la situación, noté en su mirada aprehensión y miedo. Al cabo de unos minutos recuperó la entereza y volvió a ocupar el lugar que tenía antes, pero para mí ya nada fue igual. La idea de que podía haberse muerto por una falla al corazón en cualquier momento se me había metido en lo más profundo de mi cuerpo y jamás desaparecería. Eso me dejó inmune a las drogas y, por fortuna, pese a que yo no tuve una guía familiar hecha para la adversidad, dejaron de ser una opción para mi vida, así estuviera padeciendo cualquier condición, sobre todo porque conforme pasaba el tiempo me iban llegando historias trágicas de aquellos que había caído en ellas.

No hubo una sola historia (y no la he encontrado al día de hoy) en la cual la vida del usuario de estas sustancias haya terminado venturosamente. Tú mismo ahora lo has constatado en testimonios que has encontrado en las redes sociales. Para mí es una pesadilla pensar que te dejes burlar por ellas. Así te sientas el hombre más solo y desdichado del mundo, no lo hagas. Recuerda aquellas imágenes que te mostré de niño en la pantalla de mi computadora (donde aparecían el antes y el después de muchos adictos), y cuan- do te enfrentes a una situación parecida a la mía, sólo encógete de hombros y rechaza con la cabeza el ofrecimiento. No quieras vivir una realidad que no te pertenece, tan ilusoria como un fuego de artificio. Como lo dijo Jon Kabat-Zinn: “Todos los sufrimientos, estrés y adicciones vienen de no darnos cuenta de que tú mismo eres lo que estás buscando”. Busca mejor lo verdadero, y atesóralo, por poco que sea. Aspirar a más sin merecerlo convierte a cualquiera en desdichado. Y no lo olvides: las drogas tienen una sola puerta y da a un abismo.