La santa tatuada
Por Eve Gil
La poblana Isa González Bretón es de las más irreverentes y heterodoxas narradoras de la reciente literatura mexicana. Casi toda su narrativa es protagonizada por mujeres “salidas del huacal” (no se me ocurre mejor definición) que, amén de pavorosas, resultan, asimismo, indelebles. Federico Vite ha definido su universo como “feminidad turbia”. Su más reciente novela, Qué importa que Dios exista (Nitro Press, 2026), cuyo título toma de una frase de Amélie Nothomb que, asimismo, le sirve de epígrafe, se suma a otras perturbadoras obras como Tóxicas (Librosampleados, 2019), en la que unas gemelas abusadas por un primo se proponen huir una de la otra con impredecibles consecuencias; o El cuerpo de Christa (Ediciones Periféricas, 2022), que aúna erotismo con trastornos alimenticios. La premisa de Qué importa… no es menos inquietante, y su punto en común con Tóxicas es una exploración de la sordidez agazapada en las almas puras.
En esta nueva novela, Isa vincula a dos mujeres que no parecerían destinadas para ser amigas. Mitsuko es lo opuesto a lo que se esperaría de una tradicional joven japonesa, aunque en realidad es mestiza. Su físico de porcelana contrasta vivamente con su carácter endemoniado, su valemadrismo y su ausencia de escrúpulos para explotar su belleza exótica, que incluye un adorable defecto genético, una oreja malformada, y se dedica a la prostitución de alta gama que le brinda mayor libertad que el sugar daddy que la entrenó como a una suerte de geisha. Aunque en el fondo sigue siendo la indomable darketa de luctuoso lipstick, gafas oscuras y chaqueta de cuero que rehúye como la peste a la sensiblería. Se sabe realmente poco del pasado de Mitsuko, pero la autora posee la astucia para hacernos sentir a la niña solitaria, acaso abandonada, que palpita bajo su bizarra estampa.
Por otro lado, Luna María es una beata que, en disonancia con su alma atormentada y rezadora, se realiza una labioplastia que, contrario a lo esperable, no obedece a la vanidad y mucho menos al anhelo de placer, sino a algo que interpreto como martirio. La vida sexual de Luna María es más que pobre, sólo ha tenido un esposo del que no conserva ni el recuerdo de un orgasmo. Para completar el cuadro, es propietaria de una tienda de imágenes y souvenirs religiosos en el corazón de Puebla. Nunca se menciona su edad, pero seguro ronda la cuarentena. ¿Cómo se cruzan los caminos de dos mujeres tan antagónicas? Dicho por la propia Mitsuko: se considera más supersticiosa que religiosa, y como tal se consagra a la apóstola más fiel (pero negada) de Jesucristo, María Magdalena, y ello conduce sus tacones de plataforma al negocio de Luna María que, entre su mercancía más discreta, cuenta con efigies de la santa maldita que, jura, se le manifestó en su más bizarra expresión mientras se encontraba bajo los efectos de la anestesia. Luna María prácticamente re-crea a la santa, inspirada en aquella experiencia “mística”, otorgándole giros del arte de Doré. Ésa es la María Magdalena que ella adora y cuyo “culto” habrá de principiar con su joven y consentida clienta de ojos rasgados.
Novela breve en apariencia, Qué importa que Dios exista es un genuino universo donde deambulan otros personajes fascinantes, como el Tóner, tatuador que venera el cuerpo de Mitsuko como un lienzo, pero también como al de una santa, en su más profano significado; o Valeria, manzana de la discordia entre Luna María y Mitsuko, que comienza siendo “clienta” de ésta y termina convertida en su stalker. Es la obsesión por Mitsuko la que conduce a Valeria a un espacio en el circunspecto culto a La Señora, encabezado por Luna María, al que sólo acceden mujeres que buscan alivio a sus tediosas vidas sexuales y a la conservadora sociedad que las devora a través de anacronismos.
Vale la pena destacar el implacable humor con que Isa desarrolla esta historia, sin por ello caer en la comicidad, más aún, manifiesta una gran sabiduría para ironizar a partir de las circunstancias más trágicas o turbias de sus personajes. No parece esforzarse demasiado para que éstos nos transmitan sentimientos o emociones. Bastan unas cuantas pinceladas para que, por ejemplo, empaticemos con la “chica mala” que es Mitsuko, o nos sobrecoja la ardiente obsesión de Valeria, de la que esperamos nos aseste un revés en cualquier instante. La escritura de Isa se percibe gozosa. Se la mira del otro lado del texto, frotándose las manos ante el rumbo que adquiere esa trama colmada de elementos que, en un escritor menos seguro, resaltarían como antagónicos. Aunque no sea propiamente una autora de horror, Isa González Bretón posee el temperamento de una: gusta de resaltar anomalías corporales y psicológicas, nos mantiene perpetuamente en vilo y, al final, nos deja con la sensación de “esto no me lo esperaba”, asumida con sonrisa de oreja a oreja.+
