La moda viceversa

La moda viceversa

13 de octubre de 2021

Itzel Mar

El yo es un cuerpo; algo que posee forma, límites, y, por lo tanto, puede ser apreciado a través de los sentidos. Precisamente, en términos de percepción, un ser humano puede ser advertido como un conjunto de elementos en el que destacan básicamente dos: el cuerpo y el rostro, ambos demandantes de las miradas propias y ajenas; tanto que, para poder mantener la atención en uno, es necesario desentendernos del otro. Porque no es posible hacerles caso minuciosamente de manera simultánea. El rostro incluye ojos, nariz, mejillas, sonrisa, gestos, frente, arrugas, comisuras y uno que otro accesorio. El cuerpo lo conforman el tronco, el cuello, las extremidades, las caderas, la espalda y la cabeza, los zapatos y la ropa. Esta última, una especie de extensión, como los aretes en el caso del rostro. Pero, ¿por qué vestirse? ¿Para qué sirven los adornos? ¿Por qué se le ocurrió un día a alguien que la desnudez debía ser escondida? ¿Para comunicarnos requeríamos cubrirnos y utilizar chucherías? ¿Quizá la necesidad de protección frente a la intemperie? ¿Andar por la vida en alguna forma de empaque acaso nos humaniza?

Arropar el cuerpo y ornamentarlo representan una experiencia compartida en prácticamente todas las culturas; requisito ineludible para formar parte de una colectividad. Vestirse suele enfatizar la idea de resguardo, mientras que los adornos tienen la intención de modificar el cuerpo para mostrarlo más atractivo. La ropa y los adornos son cosas, y las personas nos caracterizamos por acumular estas cosas y convertirnos un poco en ellas. Los objetos vinculan y emocionan. Voluntaria e involuntariamente, cumplimos las expectativas de poseer ciertos enseres, como resultado de nuestra búsqueda permanente de ser aceptados en una determinada tribu. Así surge la idea de la moda. Podemos decir, entonces, que ésta hace referencia a un sistema de organización y a una expresión sentimental de carácter colectivo, que por su naturaleza suele ser pasajera. Pablo Fernández Christlieb dice, no sin ironía: “La moda es el dispositivo por el cual una cosa deja de servir antes de que se acabe”. Utilizar lo que se encuentra de moda nos permite tramitar nuestra identidad de aprobación. Por eso, en teoría, usar unos zapatos Ferragamo, una mochila Tous y un perfume Lancôme nos vuelve seres potencialmente más atractivos y queribles. La palabra moda no suele ser de primera necesidad ni hace referencia a asuntos de carácter urgente. Así, cuando nos sentimos banales, no nos da por leer a Nietzsche o a Emil Cioran, sino hojeamos desenfadadamente Vogue o Elle. Sin embargo, abstenerse completamente de lo moderno, es decir, de lo que se encuentra a la moda o en tendencia, se convierte en una especie de desacato que puede merecer la crítica más feroz e incluso alguna forma de destierro. Las modas suelen representar la lógica y el sentido común del momento en que surgen. Son metáforas de la emoción grupal y de las ideologías. Por esa razón, no hubo manera de persuadir a las mujeres del siglo XIX de no utilizar las crinolinas, los olanes y el corsé que deformaban su apariencia al exagerarla y ceñirla al mismo tiempo; entre más diminuta fuera la cintura, más respetable se consideraba a una mujer. Amarrar literalmente a las damas fue necesario, pues se requería moldearlas, embellecerles la existencia a punta de estrujamientos hasta darles el talle de un reloj de arena. La decencia era proporcional a la falta de aire y a la intensidad del jadeo al hablar.

La moda —esa novedad provisional— se convierte en una realidad entre mediados y finales del siglo xix, cuando comienza a ser posible una mayor adquisición de objetos, la ropa, entre ellos, anteriormente utilizada hasta el colmo del remiendo. Las prendas duraban décadas, e incluso eran parte de las herencias, pero la transformación económica y tecnológica como resonancia de la Revolución Industrial dio pie al inicio de la era infinita del derroche y de la imposición de lo efímero. La conclusión: entre las modas conservadoras, emperifolladas, antiestéticas, por razones de género, abstractas, holgadas, asimétricas, oscuras, la única que ha sobrevivido a todas y a ella misma es la elegancia, que se parece más a una habilidad y a un estado del alma. Su apariencia es lo simple, aquello que se hace notar de tanto pretender pasar desapercibido, sin hacer ruido; de ahí el consenso entre muchas mujeres de diferentes generaciones respecto de que su ropa favorita es un vestido negro y liso. La idea original de esta prenda pertenece a Coco Chanel, quien durante la primera mitad del siglo XX le dio el valor de creación a la vestimenta más confortable y desenfadada, al otorgar un estatus sobresaliente a lo sencillamente cotidiano. Así como sus vestidos, su frase más famosa permanece vigente: “La moda es efímera, pero el estilo permanece”.

Lo elegante es un gesto de coherencia y de buen gusto frente a las circunstancias. En 1922, Paul Valéry afirmaba: “La elegancia significa transferir libertad y economía a lo visible. La facilidad en asuntos difíciles. Encontrar sin pretender haber buscado. Saber sin revelar que uno ha aprendido”. Así, como voluntad, la elegancia nos reitera que lo cómodo y lo armonioso ocupan poco espacio y no suelen producir escándalo, y que la rudeza y lo tosco estorban tanto como las lentejuelas, la pedrería y los moños. +

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