Ana María Shua y el vértigo de la brevedad
Ana María Shua lleva más de cuarenta años escribiendo textos cada vez más cortos y cada vez más trabajados. En este número dedicado a la brevedad, repasamos la carrera de la escritora argentina que hizo del microrrelato un oficio de precisión.
Antes de sentarse a escribir uno de sus libros de textos brevísimos, Ana María Shua se impone “límites”. Ahí está la primera condición de la brevedad: se mide en palabras pero se paga en tiempo. Quien crea que un texto corto es un texto fácil no ha intentado nunca escribir microrrelatos.
Shua nació en Buenos Aires el 22 de abril de 1951. A los dieciséis años publicó su primer libro, el poemario El sol y yo, con el que ganó un premio del Fondo Nacional de las Artes y la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores. Terminó el secundario en el Colegio Nacional de Buenos Aires y entró a la Universidad de Buenos Aires, donde en 1973 se recibió de profesora en Letras. Esa formación, rigurosa y algo fría en el papel, terminaría filtrándose en una escritura que nunca suena a ejercicio universitario pero que tampoco deja nada librado al azar.
En 1975 se casó con el arquitecto y fotógrafo Silvio Fabrykant. Al año siguiente la pareja se instaló en Francia, donde Shua colaboró con la revista española Almanaque, de la editorial Cambio 16. Volvieron a la Argentina en 1977, en plena dictadura, un dato que el lector puede completar por su cuenta: la autora no suele convertir su biografía en anexo político, aunque la época atraviesa igual buena parte de su obra.
1980 le trajo el premio de la editorial Losada por su primera novela, Soy paciente, y al año siguiente publicó su primer libro de cuentos, Los días de pesca. Pero el año que de verdad la define es 1984, cuando aparecieron dos libros a la vez: Los amores de Laurita, la novela que le dio su primer éxito de ventas y que después se llevó al cine, y La sueñera, el volumen de microrrelatos que Shua venía escribiendo desde una década antes y que fijó su lugar como una de las grandes referencias del género en español. Que la misma autora entregue el mismo año una novela de corte más tradicional y un libro que casi la desmiente dice bastante de su temperamento: nunca eligió un solo molde y se quedó ahí.
La faceta novelística, de hecho, nunca se detuvo. Escribió El libro de los recuerdos, que le valió una beca Guggenheim, La muerte como efecto secundario (incluida en 2007 entre las cien mejores novelas publicadas en español en los últimos veinticinco años, según el Congreso Internacional de la Lengua Española de Cartagena), El peso de la tentación y, en 2016, Hija, con la que ganó el primer Premio Iberoamericano Juan José Arreola de Minificción. Quien firma libros de trescientas palabras es la misma que sostiene una trama de trescientas páginas, y ese vaivén explica buena parte de su oficio.
La autora traza la genealogía del microrrelato con una franqueza poco habitual en un medio literario tan dado a inflar linajes: lo practicaron Kafka y Calvino en Europa, Borges y Cortázar en la Argentina, mucho antes de que la crítica le pusiera nombre y dejara de llamarlo, simplemente, cuento brevísimo. No es casualidad que la tradición argentina encabece esa lista: Borges, después de todo, prefirió durante años reseñar libros que no existían antes que escribir novelas enteras, una trampa elegante para ejercer la brevedad sin llamarla por su nombre. En España la llaman la reina del microrrelato, y buena parte de la crítica hispanoamericana la considera, sin exagerar demasiado, la mejor practicante del género en la lengua. Y sin embargo su propia definición del género es la menos mística posible. Frente a las metáforas que rondan al microrrelato (el rayo, el estallido), Shua prefiere algo más parecido a una regla de sastre: un microrrelato es un texto narrativo breve, y si pasa de ciertos límites ya es cuento.
Los libros de microficción se acumularon con los años: Casa de geishas; en 1992; Botánica del caos, poco después; Temporada de fantasmas, en 2004; Fenómenos de circo en 2011. En 2017 reunió gran parte de ese corpus en Todos los universos posibles. Microrrelatos reunidos, y en 2019 lo amplió con La guerra, un libro que mete uno de los asuntos más vastos de la historia humana dentro del formato más apretado que maneja. Ahí el contraste rinde: cuanto más grande el tema, más se nota el trabajo de poda.
Los últimos años no fueron de reposo; en 2022 publicó el libro de cuentos Sirena de Río, en 2024 el poemario No son haikus (título que se permite un guiño: negar el parentesco con la forma breve por excelencia de la poesía mientras se escribe pegado a su sombra) y en 2025 El cuerpo roto, un volumen de relatos centrados en el ámbito médico. La enfermedad, el cuerpo, lo que se rompe: temas que piden precisión antes que adorno, terreno conocido para alguien que lleva la vida entera editando de más.
El reconocimiento llegó sin apuro: Premio Konex de Platino y Premio Nacional de Cuento y Relato en 2014, Doctorado Honoris Causa por la Universidad Nacional de Cuyo, traducciones a dieciséis idiomas. Sus charlas y clases magistrales sobre el género la han llevado a universidades de América Latina, Estados Unidos, Europa y Corea del Sur. En paralelo sostiene, desde hace décadas, una carrera de literatura infantil (La fábrica del terror, entre otros títulos): la brevedad, para ella, sirve tanto para pensar como para sorprender amablemente a un chico de nueve años.
Conviene no confundir la brevedad de Shua con la de un tuit, una bio de Instagram o un meme bien editado: formatos que también compiten por decir algo en pocos caracteres pero que rara vez sostienen una segunda lectura. La diferencia no se mide en tamaño: se mide en lo que queda fuera de cuadro.


Te invitamos a leer el resto de la revista aquí
