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50 años de recuerdos

50 años de recuerdos

15 de junio de 2021

Librerías Gandhi ha sido un lugar de encuentros y descubrimientos, en 50 años ha marcado a generaciones de amantes de la literatura que se hicieron por ejemplo y otros por casualidad. La magia que ocurre dentro de las paredes de Gandhi es consecuencia de los libros, aquellos libros que llenan los estantes con temas y estilos tan variados como estrellas en el universo.

Nuestros queridos escritores nos han compartido un recuerdo que vivieron en Librerías Gandhi:

La librería era el oriente de mis tardes

Vivíamos en Coyoacán y yo estaba en primero de secundaria y empecé a ser absolutamente independiente. En Ciudad de México, cuando entrabas a la secundaria, te daban tus llaves y la buena suerte. Mis padres trabajaban y mis hermanos mayores siempre tenían planes; yo era el chico. Descubrí que caminando lo suficiente podía llegar a Gandhi. La librería era el oriente de mis tardes, en un periodo en el que no tenía ni un clavo y no sabía muy bien qué leer. Compraba libros del Che Guevara o sobre David Bowie.

Ahí también había una sección de discos. Ése era el único lugar que conocía —aunque seguramente había otros— donde se podían conseguir discos de la Fania All-Stars, y yo siempre he tenido una relación muy productiva con la salsa; ellos cumplían con los criterios de pureza que entonces tenía con esta música. Por supuesto, también había una sección dedicada a la trova cubana, toda abominable, pero fundamental en ese momento. No sólo Pablo Milanés y Silvio Rodríguez, también había muchos uruguayos, chilenos y de otros lugares, que seguramente estaban exiliados en Coyoacán. Me acuerdo de revisarlos y hoy creo que eran discos tristísimos. Yo nunca me familiaricé del todo con ese mundo, pues cuando empecé a salir de noche las peñas habían desaparecido y la ciudad era mucho más rockera.

Por supuesto que Gandhi era una librería, pero también era un polo geográfico: la frontera a la que caminaba en esas tardes aburridísimas de la pubertad y la adolescencia, un lugar donde podía migrar las tardes para luego volver a la calidez de la casa.

Con el tiempo, Gandhi se terminó convirtiendo en la fuente de algunas de mis certezas. En el doctorado descubrí que los seres humanos son un invento de los libros para moverse. Los libros necesitaban circular y por eso nos inventaron. Por esto, gracias a ella comencé a reunir la colección de libros que nunca voy a terminar de leer. Cada libro demanda otros diez, que necesitas urgentísimamente, pues con los años vas releyendo más. Siempre hay un montón de libros que están en la fila y que irremediablemente se quedarán relegados, pero la fila seguirá creciendo. +

Gandhi selló mi obsesión

Cuando comencé a interesarme en la literatura de J. G. Ballard, mi autor favorito (allá por 1999), en las librerías de Guadalajara no se podía conseguir ni un solo libro de él. Yo vivía en la calle Efraín González Luna, en la colonia Americana, donde en aquel entonces había una librería Gandhi. Estaba justo enfrente de mi casa. Como era una cadena, tenía la ventaja de encargar los libros a sus sucursales de Ciudad de México. Quiso la casualidad (o el buen gusto del librero), que los dos volúmenes que llegaron tras mi petición fueran Crash y Mitos del futuro próximo, dos de los mejores libros del autor, que sellaron de manera definitiva mi obsesión por él. +

Gandhi es el lugar de las apariciones

Cuando llego a la librería, trato de no detenerme en las novedades. Quiero buscar en mis editoriales favoritas, que usualmente están hasta atrás, en rincones extraños, y ya después —si todavía tengo dinero— me detengo en las novedades. Hay que leer de manera no hegemónica, siempre hay que ser desobedientes. No leer lo que nos dicen que hay que leer.

Todos tenemos que pasar por Gandhi. Eso me parece una verdad —iba a decir universal—, al menos lo es en Ciudad de México y en las otras donde están sus sucursales. Para ser franca, para mí, estas librerías representan la seguridad: sé que voy a encontrar lo que busco y eso me ahorra tiempo. Siempre hay gente que sabe de lo que estoy preguntando y siempre me da una respuesta.

Eso ayuda mucho cuando estás buscando muchas cosas y te puedes sentir ansioso.

El hecho de que siempre haya personas que saben, que conocen su lugar de trabajo, que conocen su oficio y te recomiendan libros, siempre ha sido muy útil y muy agradable.

No sólo cuando necesito algo en especial, sino también cuando estoy en busca de algo que me sorprenda, algo que no estaba buscando, pero que ahí va a aparecer. Gandhi es el lugar de las apariciones. +

El lugar de la educación sentimental

Yo estudiaba en el Centro Activo Freire, que estaba en la calle de Hortensia, y éramos muy asiduos a El Ágora, un lugar que era de todo: librería y café; sala de billar y foro de teatro. Ésa era nuestra casa, y conocí a Mauricio Achar. Es más, en ese lugar fue la primera vez que vi El juego que todos jugamos, de Jodorowsky; era una puesta muy impresionante, que marcó de muchas maneras al teatro y al público.

Ahí comprábamos libros, bebíamos café y teníamos larguísimas discusiones de historia, marxismo, teatro o lo que fuera. Luego resultó que Mauricio era amigo de mis padres por la vía de Germán Dehesa. Ellos fueron cuates toda la vida, e invitaron obras maravillosas que pasaron del foro de El Ágora al de Gandhi, y de ahí a El Unicornio y La Planta de Luz. Ahí se presentaban las pastorelas en las que se criticaba al poder, a ese mundo que teníamos delante de nosotros y que de alguna manera nos estaba vedado. En esas representaciones, Mauricio demostró ser uno de los peores actores en la historia del teatro mexicano, pero también era uno de los más divertidos en esa historia; o, tal vez, todos éramos parte de esa chacota y al final todo se valía.

Yo tuve la enorme fortuna de no sólo asistir a estas representaciones y a las comidas en las que mis padres se encontraban con ellos, también tuve el honor de sentarme en esa mítica mesa de póquer en la que estaban Germán, Mauricio y un grupo de impresentables que eran espectaculares. En realidad, no estabas jugando póquer, pues en medio de la partida aparecía López Velarde o quien se te antoje. En esas noches, había en el aire una sensación de libertad irreprimible y magnífica que nunca voy a olvidar.

La creación de Gandhi en Miguel Ángel de Quevedo fue doblemente importante para nosotros: era el lugar de la libertad, un espacio único, en el que podías encontrar a un montón de gente. Por ejemplo, el profesor Jorge Juanes, que puso en mis manos El libro rojo de la escuela, algo que parecería un poco suicida para mi maestro, pero que estaba haciendo para construir personas libres. Y eso fue lo que fuimos: intentamos cambiar el mundo sin lograrlo, pero en mi descargo puedo decir que el mundo no nos cambió, seguimos pensando y creyendo en lo que pensábamos y creíamos. En este sentido, todos estos espacios de crítica, reflexión y divertimento se convirtieron en una parte fundamental de nuestra educación sentimental. +

Gandhi tiene mi edad

Gandhi tiene mi edad. No sé exactamente en qué mes inauguraron la primera librería, pero sí que fue en 1971. Yo nací cuando el año ya casi terminaba, pero recuerdo que mis papás, que siempre han amado los libros y nos han inculcado esa pasión a mi hermana Valeria y a mí; nos llevaban desde muy pequeñas. La librería tenía poco de existir cuando empezó a ser parte de nuestros paseos familiares de fin de semana.

Más de 30 años después, cuando nació mi hija Camila, empecé a llevarla también. Recuerdo la emoción que le causaba hojear los libros de la sección infantil con sus manitas regordetas. Conforme ha ido creciendo, me sigue pidiendo que la lleve. Ahora busca novelas gráficas para adolescentes y libros sobre animación e ilustración, porque quiere ser eso: ilustradora y animadora.

Mis padres, a sus 75 años, siguen disfrutando visitar las librerías. A la que más vamos es a la de Miguel Ángel de Quevedo, que está enfrente de la que fue la primera. Somos tres generaciones a las que Gandhi ha hecho felices. +

Gandhi: un laberinto hipnotizante

Aunque mi recuerdo es bastante anodino, lo guardo con cariño. Me veo sentada en el piso, frente al estante de libros infantiles, curioseando y leyendo contratapas. Es el primer local de Gandhi, en Miguel Ángel de Quevedo, justo frente al actual. Estoy aburrida. Cada minuto más y más aburrida. El lugar siempre me pareció hipnotizante y laberíntico; apretado, y apenas con el espacio justo para pasar entre mesas, estantes y pilas. Cada tanto, mi mamá o mi papá me piden que me ponga de pie porque no dejo pasar. Me levanto, pero al rato me rindo y termino de nuevo sentada en el suelo, estorbando. Aquellos domingos la visita a Gandhi me parecía eterna, igual que el tiempo que tomaba leer un libro. Ahora extraño esa eternidad. Añoro tener tiempo para leer los libros que se apilan en mi mesita de noche y para perderme en los pasillos de una librería. +

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