Ian McEwan y Todo lo que podemos saber
En su nueva novela, Ian McEwan imagina un futuro que archivará todo sobre nosotros y no entenderá nada.
En 1817, en la casa de Benjamin Haydon, William Wordsworth, John Keats y Charles Lamb cenaron juntos en lo que la historia literaria bautizó como la Cena Inmortal. Ian McEwan tomó ese episodio real y le inventó un espejo futuro: en 2014, durante una Segunda Cena Inmortal ficticia, el poeta Francis Blundy lee por primera y única vez ante su esposa Vivien un poema titulado Una corona para Vivien, y el texto desaparece sin dejar copia. Poco más de un siglo después, en 2119, el académico Thomas Metcalfe dedica su carrera a reconstruirlo a partir de lo poco que sobrevivió: correos, mensajes, archivos digitales de una Gran Bretaña convertida en archipiélago por una sucesión de desastres ecológicos y un accidente nuclear. Ese es el argumento de Lo que podemos saber (Anagrama, traducción de Eduardo Iriarte), la novela con la que McEwan vuelve a la editorial que lo publica en español desde 1980, cuando Jorge Herralde sacó Primer amor, últimos ritos: cuarenta y cinco años de relación casi ininterrumpida.
En la rueda de prensa virtual con medios de España y América Latina, McEwan explicó que la novela nació de una pregunta simple: si guardamos cada mensaje, cada búsqueda, cada clic, por qué el futuro sabrá menos de nosotros que lo que hoy sabemos de Napoleón por sus cartas. Predicó con el ejemplo: ya donó a una biblioteca de Texas los correos electrónicos que escribió entre 1996 y 2013, sin ningún pudor, porque asegura que nunca escribió nada memorable por correo. Añadió, medio en broma, que ni Signal lo salvaría de la inteligencia artificial, capaz, según él, de descifrar cualquier cosa con la misma facilidad con la que, dijo, acababa de resolver el último teorema de Fermat.
McEwan defendió la novela como el instrumento más completo para asomarse a la mente de otro, y pronosticó que el género terminará como una pasión de minorías, del tamaño que tenía antes de que Dickens, Tolstói, Flaubert o Cervantes hablaran, cada uno, en nombre de un país entero. Desde que cumplió setenta años dejó de investigar antes de escribir: le basta pasear solo por la montaña para que las tramas germinen solas, un método que ya usó en Lecciones y que aquí repite sin culpa. De la poesía, su primer amor literario, dijo algo más íntimo: que la practicó mal en la adolescencia, que se resignó a leerla, y que su prosa todavía roba frases sin permiso a Philip Larkin.
Frente al pesimismo generalizado sobre el futuro de sus hijos y nietos, que describió como un pegamento metafísico paralizante, McEwan insistió en que sostener el optimismo es una obligación moral con las próximas generaciones, y citó al biólogo Peter Medawar: perder la esperanza en el progreso es la última fase de la decadencia espiritual. No suena a consuelo fácil. Suena, más bien, a una instrucción de trabajo para un escritor de setenta y ocho años que sigue escribiendo sobre lo que el futuro, con toda su información, jamás terminará de entender de nosotros.+ COMPRA EL LIBRO AQUÍ