Baal Babilonia: ¡Muera la inteligencia, viva la muerte!

Baal Babilonia: ¡Muera la inteligencia, viva la muerte!

15 de febrero de 2022

Jesús Pérez Gaona

¡Qué extravagante una infancia cuando nace y crece en un mundo que es una máquina de triturar la inocencia! Por casualidad encontré Baal Babilonia (1959) de Fernando Arrabal en una librería de Zona Río, y mi primo Óscar me ayudó a dar con la célebre película experimental que terminó cambiando el título original al libro: ¡Viva la muerte! (1971).

Me referiré ahora al filme, citando indistintamente la novela, porque fue en ¡Viva la muerte! donde el autor del libro —y también director de la película— expresó la voluntad de contar una historia redonda sobre la asfixia del franquismo, y no sólo reunir anécdotas en una narración libre que toman forma de cartas a una madre. Un típico conflicto edípico.

«Ninguna de ellas, ninguna, ni la madre de los Pepitos, ni la madre del sacristán, ni doña Carmen […] ni doña Asunción, ni Greta Garbo —ni actriz alguna—, ni la vendedora de buñuelos, ni la mujer del presidente de la Acción Católica, ni la señora de López, ni la señora de Sánchez, ni la vendedora de diarios, ni tía Clara, ni Elisa: ninguna, mamá, ninguna era como tú», escribió Arrabal en Baal Babilonia. «Ninguna tenía la lengua húmeda y las rodillas como tú, mamá. Ninguna». Quien así habla es un niño chimuelo, fantasioso y que padece tuberculosis, al que acosan las moscas y los bullies, con una atormentada imaginación que podría convertirlo en unos años en novelista o en dramaturgo o en poeta «prosaico», y cuya identidad desconocemos en el libro aun cuando en el filme responde al nombre de Fando; el mismo de Fando y Lis (1968).

Un niño enamorado de la madre y obsesionado con sus besos, y a la que termina odiando al entregar a la policía a su padre por «rojo». Por probar «ideas progresistas», dice Arrabal en la película. Por «rebelión militar» contra el dictador Francisco Franco y por disentir con la sociedad mojigata de aquella España que adulaba al general, hoy representada en el parlamento español por los trumpistas de VOX.

«Cautivo y desarmado el ejército rojo, las tropas nacionales hoy han alcanzado sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. Los traidores serán perseguidos implacablemente. Si es necesario mataremos a medio país. ¡Viva la muerte!», anuncia un jeep la buena nueva por los caminos de una España a punto de entrar a la Segunda Guerra Mundial del lado de Hitler, tras vencer a los republicanos. El noticiero que proyectan antes de las películas a las que asiste Fando con su madre lo confirma. «El reino bastardo del libertinaje liberal y socialista ha muerto a manos de nuestro valeroso ejército. La verdadera patria ha matado al dragón anarquista que ahora está mordiendo el polvo. Bendecido por la Santa Iglesia, el Ejército tiene las riendas del poder para siempre». Las riendas del poder para siempre, ni tanto.

Aunque se empeñaron hasta el sadismo, los fascistas no pudieron exterminar a «los que queman iglesias». «Te pregunté quién lo había inventado. Dijiste: ‘¿Qué?’. Te dije: ‘Eso de la muerte’. Y me dijiste: ‘Nadie’», escribió el autor. «Cuando mueras, ¿tu vientre me servirá de tambor?».

Precisiones históricas aparte, la expresión que da título a la película con la que Arrabal debutó como director de cine (el primero de sólo siete largometrajes) es recordada en la península ibérica como un intercambio entre el general fascista José Millán Astray y el filósofo Miguel de Unamuno, el 12 de octubre de 1936, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca: «¡Muerte a los intelectuales! ¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!». En la novela se lee esto: «Te pregunté: ‘¿Por qué son malos los judíos?’. Me respondiste: ‘Porque… todo el mundo lo sabe’. Luego te pregunté: ‘¿Por qué son malos los anarquistas?’. Me respondiste: ‘Porque todo el mundo lo sabe’».

Padre-patria, ¿adónde fuiste?

El conflicto de este Fando no es con La Patria, sino con el padre. La ausencia de su padre. ¡Cuán fecunda es la imaginación de un niño, pero de qué tamaño es el pozo sin fin de su desdicha ante la pérdida del padre! Por ello, en una satisfactoria fantasía de venganza que debió hacer reír a Walt Disney, mea Fando desde el faro de «Villa Ramiro» hasta inundar de orina todo el pueblo, y ahogar al sacerdote y a los militares, a aquellos que lo nombran en la Escuela Aeronáutica como el «teniente de Intendencia» de la Fuerza Aérea de España. Un simple «pollo mojado», dirá su madre.

«Cuando os abandonó para luchar por sus ideas, comprometiendo su futuro y el de sus hijos, yo me encargué de vosotros y os crie lo mejor que pude. Fui yo quien os di lo que él debía daros si hubiese sido un gran padre». Así conocemos en la novela tal reproche de la madre traidora: traición contra un padre mártir, invirtiendo el clásico drama freudiano, y cuyo eje aquí es lo invertido. «Su deber era colocarse del lado del orden y la moderación. Pero se colocó del otro lado, del lado de la anarquía y el desorden […]. Si hubiera cumplido con su deber hoy estaría en el bando de los vencedores». No sería decapitado como un escarabajo en un pupitre de la escuela, no hubiese intentado suicidarse en prisión, tampoco fuese recortado dolosamente de las fotografías familiares, y mucho menos lo hubiesen ejecutado como a Federico García Lorca, el poeta, al que los cerdos dan un disparo directamente «en el culo», por «maricón».

A sus 90 años Fernando Arrabal ha sabido mutar en un bufón anticomunista que muy bien podría compartir foro con los anticastristas de Florida sin sentirse desubicado. Sin embargo, en aquella época —a mitad de siglo— ganó la merecida fama mundial de antifranquista, no un logro menor. Prestigio que defendió incluso llendo a la cárcel y, sobre todo, a base de arte descojonante como El cementerio de automóviles (1983) y ¡Viva la muerte! Creando también objetos tan delicados y alucinados como juguetes manufacturados en prisión (un avioncito que por su forma de cruz parece un ataúd para bebés) y una «Dr. Plumb», pipa de filtro, a la que el niño del filme rellena con tabaco y cáscaras de naranjo. Ambos son recuerdos del padre, torturado y ejecutado de tantos modos como un infante puede inventarlo en su teatro de cartón y en sus frecuentes fugas de la realidad; en una de ellas, cuatro caballos y cuatro jinetes que a toda velocidad en el descampado parten la cabeza de la víctima. Esto me trajo al presente lo que filmó Eisenstein para ¡Que viva México! (1932), así como el sacrificio de la vaca evocó a La fórmula secreta (1965) de Rubén Gámez.

«Mi padre me dio un formidable regalo: el de desaparecer. Así se convierte en un ser adornado de todas las virtudes y no tengo obligación de confrontarlo con la realidad», declaró Arrabal en una entrevista de diciembre de 1980. «Hay quienes quieren hacerme ‘pagar la deuda’ (!) por no haber renegado de mi padre, bajo la forma de censuras y prohibiciones», revela en el inicio del libro en un texto insertado en julio del 67. En la película del 71, hace que el pequeño actor que interpreta a Fando (Mahdi Chaouch) bese al adulto actor que interpreta al padre, uniendo lengua con lengua; luego pide que Fando sea tocando en sus partes íntimas por la actriz de la tía Clara, mientras ambos fingen que esto los excita. También, abonando al desconcierto, después de vestirla como una sacerdotisa con un cuchillo entre los dientes (creación genial que hizo icónica a la figura de Núria Espert), pide a los dos actores, a la madre y al hijo, que coman lodo directamente de la playa. El tono aplastante, disruptivo, machacador, de la película no bajará en ningún momento, pese a que todo el tiempo escuchamos una tonadita infantil a base de una flauta chillante, agonizante; ello mientras «dessins» de Roland Topor aparecen aquí y allá. Topor, por cierto, dibujó los créditos del filme y fue integrante en los sesenta junto a Arrabal y Alejandro Jodorowsky del Grupo Pánico: «terror, humor y simultaneidad» definían a aquel antimovimiento artístico, descripciones que igualmente explicarían los ingredientes de esta película.

Antes o después, la escena de la inspección de Fando y su abuelo viendo a los trabajadores del campo con un «bozal» para que «no se coman las uvas» (un cubrebocas en una época remotísima a la pandemia), empalmaría narrativamente con el famoso diálogo de «Juguemos» de otro filme inspirado en una obra de Arrabal: Fando y Lis. «Juguemos: si yo soy un gran pianista. Si eres un gran pianista, y te corto un brazo, ¿qué haces? Me dedico a pintar. Si eres un gran pintor, y te corto el otro brazo, ¿qué haces? Me dedico a bailar. Si eres un gran bailarín, y te corto las piernas, ¿qué haces? Me dedico a cantar. Si eres un cantante, y te corto la garganta, ¿qué haces? Como estoy muerto, pido que con mi piel se fabrique un hermoso tambor. Y si quemo el tambor, ¿qué haces? Me convierto en una nube que tome todas las formas. Si la nube se disuelve, ¿qué haces? Me convierto en lluvia y hago que nazcan las hierbas. ¡Ganaste! Me sentiré muy solo el día que no estés». En ¡Viva la muerte!, la mejor amiga de Fando (Teresa) tiene como mascota un guajolote y lo lleva en una carreta al final de la película, cuando el niño no puede caminar; en Fando y Lis es él quien lleva en una carreta a su pareja (interpretada por Diana Mariscal), teniendo a un fonógrafo como el fetiche que los acompaña durante su travesía. En ambos filmes, Fando responde con maltratos y violencia física al cariño de las mujeres. El odio como forma de educación.

Y, en el curso de la vida cotidiana en Melilla (ciudad donde nació y creció Arrabal), mientras Fando juega, estudia o hace los deberes, vemos en una barbería la sangría al abuelo con tal realismo que parece una trepanación, para que al cabo de un rato el niño ría involuntariamente en su funeral, sin detenerse, sin poderse controlar. «Cuando llegaba la hora de matar, la sangre le salía por oleadas de la boca y se tambaleaba, mugiendo, sobre las patas. Después vi que el torero se limpiaba las manos llenas de sangre, mientras la multitud aplaudía con más vigor que nunca y abuelo me explicaba los tres tiempos necesarios para despenar al toro». El padre ausente y la patria cruel, esa es la farsa. El cálido hogar español, protector de la tradición católica y depositario del orgullo de la familia real, como el matador que a la hora de matar —a la hora de morir— descubre con remordimiento que no es un artista, sino un asesino. Quiero decir, si España con Franco no era ni remotamente un pueblito, la mayoría de los españoles en cambio decidieron actuar como pueblerinos, y cicatrizar las heridas de la guerra a base de vino y tortilla de patatas. «Marineros, soldados, solteros, casados, amantes, andantes y alguno que otro cura despistao» canta Ana Torroja en una crónica de la dictadura llamada «Un año más».

Ritos de paso en el franquismo

En aquel texto que dedicó a su padre y que agregó al inicio de Baal Babilonia, esto confiesa el español de las gafas dobles: «A menudo me preguntan qué es lo que más influyó en mí, qué es lo que admiro más; entonces, olvidando a Kafka y a Lewis Carroll (el terrible paisaje y el palacio infinito), olvidando a Gracián y a Dostoiewski (los confines del universo y el sueño maldito), respondo que es un ser del que no logro sino recordar sus manos sobre mis pies de niño: mi padre». Desde México, con sesenta años de diferencia, yo podría asegurar lo mismo. «‘Espíritu militar: ninguno’, anotaron en mi libreta de calificaciones. Me golpeaste con el metro de madera. Encerrado en el cuarto de baño, lloré a solas. Me miré en el espejo y lloré».

Cursilerías aparte, enumero algunas dicotomías con una tremenda fuerza narrativa en esta historia donde Fernando Arrabal parece invocar a su tribu: el maestro comunista y el sacerdote fascista, el murciélago posado en una esquina y la abuela rezando o preparando la comida, las amapolas de Villa Ramiro y las orquídeas de Madrid, un niño enamorado de su madre y una mujer que entrega a su esposo a la policía, los azotes masoquistas que exige la tía Clara y «como dice el Evangelio, que tu mano izquierda no sepa los cilicios que llevas en la mano derecha».

«Vuestro deber filial es el de reconocer mis esfuerzos y mis sacrificios. Otros niños besarían el suelo que piso», exige la madre en el libro. En la película, desnuda la actriz Núria Espert carga una calavera, caga sobre la cabeza del padre de Fando y entrega un escalofriante show decapitando una res y untándose su sangre. No en vano siempre hay un espectáculo que dar, sin importar el tono fársico de la faena, sin preocuparse por las malas interpretaciones de los actores, o la pésima calidad de la filmación, o los hoyos en la narración. ¡Salve la madre villana! ¡Hurra por los despojos del padre! ¡Larga vida a la muerte! «Lo dice en las Sagradas Escrituras: ‘Castigaré a Baal en Babilonia’», bajo la lente de ese interesante joven que fue alguna vez Fernando Arrabal.+

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