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Para acercarse al poema

Para acercarse al poema

03 de noviembre de 2021

Julio Trujillo

No es fácil refutar la aseveración de que estamos hechos de palabras, ¿con qué lenguaje lo haríamos? Salir del lenguaje para pensar el lenguaje es una aspiración que ya envejece sin haber sido alcanzada, aunque los más sofisticados programadores (y un par de iguanas) se acerquen. Uno puede decir (porque lo siente y porque lo cree) que hay algo antes y después de las palabras, e incluso entre ellas, que es, poderosamente, algo eximido del apremio de comunicar; pero de inmediato entra uno en un terreno parecido a la fe o a la intuición, y además sabe que esa creencia acaba de ser dicha, incorporada al lenguaje. Podemos, sin duda, sentirnos atenazados por la articulación que nos expresa, estrangulados por las palabras, pero también podemos festejarlo desde el mismo e inagotable recurso: esta arcilla, este aceite del ser que nos ha dado un vocabulario limitado, pero con combinaciones infinitas, es un prodigio. Podemos también —y éste es, ay, generalmente el caso— ni darnos cuenta y sólo ser usuarios funcionales de la plataforma, de la riqueza que nos fue dada, sin acercarnos jamás a ver una palabra de cerca, como se ve un tigre o una medusa. O una piedra, o una corcholata, pues: cosas tan maravillosas como una palabra, como la palabra corcholata. Somos, digámoslo con cautela, lenguaje, y ese fascinante pegamento que nos configura, que pareciera cerrado en sí mismo, de hecho, está tan abierto como nuestra capacidad creativa para usarlo. En ese contexto, en ese hábitat, la poesía descuella como materia excepcional; como uno de esos peces raros que sólo se ven en las profundidades del océano, pero cuyo avistamiento ilumina las aguas hasta la superficie.

Es raro el prestigio de la poesía: se le acepta de inmediato, pero con temor o desdén, como queriendo cambiar de tema. O con flojera: ¿por qué adentrarse en un delta del lenguaje cuyo objetivo no es contarnos algo, entretenernos, informarnos, jalar el hilito de la articulación funcional? Suele ser oportuno equiparar a la poesía con la música, que todos disfrutamos y a la que no le exigimos que nos narre nada. ¿Pero es eso cierto? Parcialmente, sí, si pensamos en Sibelius, en Mahler. Pero hoy, cuando decimos música, en general decimos canción, y las canciones están hechas de letras que en muchos casos son poemas o parientes cercanos. Pero hay una ruptura, una diferenciación en la que tal vez interviene el esfuerzo: la canción nos es dada, al poema hay que trabajarlo. El énfasis de la música que mece a las letras de la canción, y esas mismas letras, que suelen dirigirse a sentimientos básicos y compartidos, son un regalo para el oído, literalmente: una dádiva gratuita que amamos y contra la que no diremos nada malo, pero… sólo basta escuchar y sentir, ni siquiera hay que juntar los puntos: el diagrama del amor, del dolor, de los celos, del etcétera de nuestros sentimientos está trazado. El poema, en cambio, requiere de nosotros una disposición creativa, un trabajo que se puede resumir así: todo lector de un poema se convierte en un poeta. Leer un poema es escribirlo, recrearlo e interpretarlo de mil y una maneras, hacerlo propio, juntar los puntos a placer o fatalidad, imprimirle nuestra subjetividad. Y además tiene su propia música, sus énfasis secretos, o no tanto, su banda sonora que es él mismo y ahí, justo ahí, radica su maravilla: es palabras que son música, es un ritmo que se dice y también toca nuestra sensibilidad.

Para acercarnos al poema, también podemos compararlo con el baile: el poema es una danza que no avanza; que se mueve, sí, pero sin el apremio del progreso, sin la obligación del desplazamiento. Un fragmento de Safo se coteja en igualdad de circunstancias con el poema más nuevo del mundo: son hermanos que nacen al leerse y cuya edad no importa, porque el lenguaje vive y se hace, deshace y rehace en cada uno de nosotros. Es cierto que hay poemas y estilos que envejecen, pero nos interesan los que no, los que nos siguen hablando al oído desde hace miles de años como si fueran nuevos, y lo son, porque la maleabilidad del lenguaje se parece a la del mercurio, aunque aquello que esté diciendo el poema sea tan viejo como el Viejo Testamento. El poema no entretiene, es; el poema no quiere decir, dice; el poema no recrea, crea; el poema está fuera del tiempo, es su propio tiempo y ahí nos descubrimos emancipados de esa terrible imposición que nos dice que al dos le sigue el tres y que hoy es mejor que ayer y peor que mañana (o viceversa). El poema es nave y artefacto para el viaje interior, y sólo pide (y ni siquiera pide, en realidad, al poema qué le importa) de nosotros una voluntad de cosmonautas del lenguaje, una más fina atención a las palabras nuestras y su posibilidad combinatoria, a su ritmo que con cada letra y acento se está desentendiendo del periódico, de las noticias, de la información.

Los y las comentaristas del día, ellos, ellas y elles, empobrecen y asfixian las posibilidades del lenguaje con un triste manojo de palabras inoculadas de ideología y de vitriolo que la poesía desconoce, pero para las que es antídoto, pausa, concentración, como un mezcal artesanal frente a una desdichada cerveza light. Nadie tiene la obligación de rendirse al prosaísmo del mundo, de obedecerlo y plegarse a él como queriendo pertenecer y, de hecho, perteneciendo: hay contrapesos necesarios contra el achatamiento y la planicie de un idioma usado nada más para informar y, de paso, agredir y crispar. Aquello que la prosa y la jerga informativa cierran, la poesía puede abrirlo con una sola vocal, porque esa vocal no requiere de prosélitos ni está vendiendo nada (la poesía, famosamente, no vende), sólo es, suena y abre las puertas de la posibilidad. Saber escucharla, juntar los puntos, reconocer ese sonido y sus múltiples interpretaciones es como salirse de una megacarretera, de su megaatasco y saturación, para tomar una senda donde avanzar también implica descubrir y aprender —otra vez— a escuchar.

Los poetas que lo son de veras no están demasiado preocupados por todo esto, ni se adjudican la pe mayúscula de Poeta: de hecho, viven ajenos al juego de serpientes y escaleras de la fama, a la dinámica que el reconocimiento y las cancelaciones imponen, porque están metidos en un dilema: no saben qué escoger, ven la matriz del universo y sus palabras y lo quieren todo, todo, el minuto que pasa es de una riqueza dolorosa y se ven obligados a discernir, que significa exactamente lo mismo que fracasar. Con la primera letra del poema se instaura la derrota colosal de querer decirlo todo (o algo) y descubrirse como una mota en el cosmos que tartamudea, masculla, conmovedoramente dice bla. Nombrar la cosa nunca será un acercamiento fiel a la cosa, y de hecho inaugura una traición, la de la versión de los hechos, la de haber discernido… Y, sin embargo, eso no importa, porque si algo define a la poesía es su capacidad de resistir: la poesía es pura resistencia, la notable terquedad de la perseverancia frente a los hechos que la quieren anular, frente a la certeza del fracaso o frente a la escandalosa acusación de fantasía o de irrealidad. ¿Quién tiene los derechos de la realidad? ¿Cuándo fue acaparado ese copyright? El poeta resiste, no románticamente como un paria, sino como una persona más que afinó sus oídos a otra frecuencia y cuyas palabras, está demostrado, le van a redituar mucho silencio, mucho desdén y una que otra complicidad que lo vale todo. En esa amistad de la poesía y su lectura se forjan poderosas fuerzas que el índice de la bolsa no puede medir ni tampoco el índice de la popularidad: se trata de una riqueza que se lleva en la sangre y que nos ayuda a estar más vivos y despiertos, o a soñar mejor.

Hechos de palabras, los poemas están al alcance de quien quiera acercarse y romper el hielo que nos separa de ellos, ya sea el hielo de la intimidación, el hielo del desdén, el hielo de la flojera o esa conmovedora y gélida superioridad de quien vive en prosa y prescinde de ese otro ritmo, que muchas veces va a contracorriente de las tendencias del momento. Pero la poesía siempre está ahí, en hecho o en potencia. Es muy difícil ver un relámpago y no pensar en la brevedad de las cosas, de la vida misma. Ese momento, esa visión, ya entraña toda la poesía. Saber decirlo ya es muchísimo, pero basta con saber verlo y saber escucharlo. +

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