La identidad como herida: “Cierto hombre”, de Keiichiro Hirano

Hay libros que, más que narrar una historia, formulan una pregunta que se instala en el lector con la fuerza de una obsesión. Cierto hombre —del japonés Keiichiro Hirano y publicado por Hachette— pertenece a esa rara estirpe de novelas que parecen escritas desde una inquietud filosófica y moral. En este caso, la pregunta es tan antigua como el mito y tan contemporánea como una red social: ¿quiénes somos, realmente, cuando el pasado que nos define se disuelve?
La novela parte de un misterio casi doméstico. Una mujer, Rié, vive una existencia tranquila en un pequeño pueblo del sur de Japón. Ha vuelto allí después de un matrimonio fallido, intentando reconstruir su vida junto a su hijo. Conoce a Daisuké Taniguchi, un hombre reservado que parece llevar consigo un aire de secreto. Se casan, tienen una hija, y por un tiempo la vida parece ordenarse. Hasta que un accidente laboral acaba con la vida de Daisuké y, al contactar a su familia, Rié descubre lo impensable: el hombre con el que vivió no era Daisuké Taniguchi, sino alguien que había usurpado su identidad.
A partir de esa revelación, Hirano despliega una indagación profunda sobre la identidad y la pérdida, a través del personaje de Akira Kido, un abogado que acepta ayudar a Rié a desentrañar quién fue realmente “ese hombre”. El caso se convierte en un espejo de sus propias preguntas existenciales: Kido, hijo de inmigrantes coreanos en Japón, ha vivido siempre en la frontera de los nombres y los orígenes. La búsqueda externa —quién fue el impostor, por qué lo hizo— se entrelaza con una búsqueda íntima: cómo se sostiene la idea del yo cuando las máscaras son también una forma de supervivencia.
Con una prosa sobria y precisa, Hirano construye una novela de capas, donde el relato policial se mezcla con la meditación filosófica. La trama avanza con el pulso de un misterio, pero el suspense no proviene tanto de descubrir la verdad como de entender el deseo humano de ser otro. En ese sentido, Cierto hombre recuerda a las obras de Kenzaburo Oe o Kazuo Ishiguro, donde la investigación del pasado se convierte en una vía para interrogar la conciencia.
El autor explora la noción del “yo” como una construcción social y afectiva. En Japón, donde el peso del nombre y la pertenencia aún determina la identidad, el acto de vivir bajo otra piel se vuelve un gesto radical. Pero Hirano no juzga al impostor; lo observa con una ternura inquietante. En su huida, en su reinvención, hay una forma de aspirar a la pureza, a un tipo de libertad que solo puede alcanzarse al renunciar a lo que uno fue. La novela, sin proponérselo, dialoga con la ansiedad contemporánea: esa pulsión por borrar el pasado digital, reinventarse en cada perfil, empezar de nuevo.
Kido, el abogado, emerge como el verdadero centro moral del relato. Su mirada, al principio distante y profesional, se va contaminando del dolor y la ambigüedad de los otros. En él, Hirano ensaya una idea que atraviesa toda su obra: la empatía como único modo de conocimiento. “Vivir es asumir las historias de los demás”, parece decirnos, y ese acto de asumir también implica perder una parte de sí.
Más allá de su intriga y su elegancia narrativa, Cierto hombre es una reflexión sobre la fragilidad de lo que consideramos auténtico. El hombre sin nombre, Rié que lo amó sin saberlo, el abogado que intenta comprenderlo: todos son rostros de una misma desolación. En una sociedad que insiste en definirnos por el trabajo, la familia o la procedencia, Hirano sugiere que la verdadera identidad tal vez resida en los gestos anónimos, en aquello que no puede registrarse ni documentarse.
“Cierto hombre” es, en última instancia, una novela sobre la humanidad y sus disfraces, sobre la posibilidad de seguir siendo uno mismo después de haber sido otro. Keiichiro Hirano —autor también de El hombre que escribió demasiado y ganador del prestigioso Premio Akutagawa— entrega aquí una obra serena y perturbadora, que deja al lector frente a un espejo donde la pregunta persiste, incómoda y luminosa: ¿qué queda de nosotros cuando el nombre desaparece?


