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De dragones, unicornios y jabalís con el ombligo en el lomo: Una conversación entre Verónica Murguía y José Luis Trueba Lara

De dragones, unicornios y jabalís con el ombligo en el lomo: Una conversación entre Verónica Murguía y José Luis Trueba Lara

De dragones, unicornios y jabalís con el ombligo en el lomo

Una conversación entre Verónica Murguía y José Luis Trueba Lara

Conversar con Verónica Murguía sobre la zoología fantástica y la zoología real nos permite entrar por la puerta grande a un mundo donde la poesía y las moralejas se entretejen, un espacio donde la naturaleza se transforma para darnos la oportunidad de pensar e imaginar, de comprender el pasado y mirar el presente para descubrir los horrores que hemos cometido y observar los cambios que ocurrieron en sus símbolos.

Verónica Murguía (vm): De niña, estaba profundamente convencida de que el dragón era una especie endémica de la Edad Media: un reptil que sólo había vivido en aquellos tiempos y que, por alguna razón que me resultaba incomprensible, se extinguió para desgracia de la humanidad. Yo no sabía que los dragones tienen antecedentes superlinajudos y están presentes en casi todo el planeta. A pesar de esto, en esos días me la pasaba rastreando dragones por todas partes: me encantaba pensar que Quetzalcóatl era un dragón con forma de serpiente emplumada y lo mismo me ocurría con todas las variantes mitológicas. Con el tiempo —y sin que me diera mucha cuenta de lo que me estaba pasando— las cosas comenzaron a afinarse: gracias al Orlando furioso, de Ludovico Ariosto, me aficioné a las novelas de caballerías, en las que nunca faltan los dragones.

El gran cambio comenzó cuando —además de las novelas de caballerías— empecé a leer bestiarios. A través de ellos me di cuenta de por dónde iba la cosa: la zoología fantástica y la zoología real consistían en maneras de mostrar a los animales como grandes moralejas y maravillas poéticas. En uno de ellos, sólo por darte un ejemplo, se cuenta que el tigre resulta tan bello que la única manera de cazarlo es arrojarle un objeto reflejante para que se vea y se quede quieto contemplando su belleza. Esto se trata de poesía pura. 

Desde entonces me encantan los bestiarios antiguos y modernos: el Fisiólogo, que nació a comienzos de la Edad Media; el Bestiario de Aberdeen, del siglo xii, y las Etimologías de Isidoro de Sevilla son algunos de ellos. De los nuevos, también me resultan fascinantes el Manual de zoología fantástica, de Borges, y los Animales fantásticos y dónde encontrarlos, de J. K. Rowling.

José Luis Trueba Lara (jltl): Te confieso que mi camino hacia los bestiarios fue muy distinto del tuyo: yo empecé en Nueva España y terminé en la Edad Media. Te cuento lo que pasó. Una tarde estaba leyendo las Relaciones histórico-geográficas de la Gobernación de Yucatán —que no son otra cosa más que un cuestionario que Felipe II mandó a todos sus dominios para enterarse de lo que había en ellos—, cuando me topé con un jabalí de lo más extraño. El autor de ese documento decía que los de esos rumbos resultaban monstruosos porque tenían el ombligo en el lomo. Delante de tamaña diferencia no me quedó más remedio que seguirles la pista: en otras de las relaciones geográficas de Nueva España se afirmaba exactamente lo mismo y, hasta el siglo xviii, en su Historia antigua de México, Clavijero resolvió el enigma al darse cuenta de que esa oquedad no era un ombligo, sino una glándula que producía un “humor seroso” vinculado con el apareamiento. La lección que aprendí fue maravillosa: los animales nunca cambiaban en tan pocos siglos; la gran transformación sólo ocurría en la mirada de los seres humanos. Las personas siempre tenemos unos lentes que nos muestran lo que existe y se niegan a mirar lo que no contienen sus lupas.

Desde ese día me convertí en fan de los bestiarios novohispanos y, gracias a ellos, llegué a las obras medievales y de la antigüedad. Es más: tanto me impactaron esos libros que cometí la osadía de escribir un par de bestiarios y coordinar otros dos para Artes de México. Nuestros caminos fueron distintos, pero la sensación de maravilla fue exactamente la misma. 

En este momento no puedo resistir las ganas de preguntarte cuál  —además de los dragones, que también forman parte de una de tus novelas— es otro de los integrantes de la zoología fantástica que te atrapa.

vm: El unicornio es un animal mitológico que a mí me ha llamado muchísimo la atención: personifica la pureza y también lo salvaje. Toda esta idea contemporánea del unicornio al estilo de Hello Kitty me pone un poquito irritable. En la Edad Media, los unicornios representaban la fuerza absoluta y la bravura sin límite: con su cuerno atravesaban las armaduras y mataban a los perros que los perseguían para tratar de cazarlos. No sólo esto, también me encantan sus analogías: el unicornio era una representación de Cristo por su pureza ultraterrena y, justo por eso, sólo las mujeres vírgenes podían acercarse a ellos.

 Por estas razones no entiendo su nueva simbología: entre los unicornios medievales y los que representan al arcoíris de toda la gama y variedad de posibilidades de identidad sexual hay una gran distancia. Exactamente lo mismo me sucede cuando pienso en estas criaturas como seres puritanos y castos: no por casualidad los unicornios medievales eran de un blanco absoluto y tenían un mechón de león en la punta de la cola.

jltl: ¿Y qué pasa con los animales que tienen mala fama? Los cuervos, los lobos, los murciélagos y los gatos negros no son precisamente populares…

vm: Yo creo que los cuervos están clasificados entre los animales malos porque eran sagrados para las religiones anteriores al catolicismo, aunque en la Biblia no tenían mala fama: uno de ellos les enseñó a Adán y Eva qué debían hacer con el cadáver de Abel, pues ésa representa la primera vez que hay un muerto en el mundo. Claro, después de esto y con la evangelización de Europa, las cosas tomaron otro camino.

Odín tiene dos cuervos —la memoria y la inteligencia— y descansan sobre sus hombros. Como es un dios viejo, constantemente los manda al mundo para que vean cómo están las cosas y siempre tiene temor de que no regresen en la noche: si no vuelven, él perderá la inteligencia y la memoria. Esto resulta divino, absolutamente precioso, pero tampoco olvidemos que Odín representa un dios salvajísimo. Lo único que me seduce de él es que fue capaz de sacarse un ojo con tal de aprender a leer las runas: alguien capaz de hacer eso para aprender a leer es mi tipo de amigo. Pero los misioneros cristianos tenían una idea distinta; dijeron “esta pasión no está nada bonita y desde este momento el cuervo queda clasificado como un tipejo”.

Además de esto, debemos aceptar que el cuervo es más listo que la mayoría de la gente que tratamos, y que tienen relaciones familiares muy intensas; la idea de “cría cuervos y te sacarán los ojos” es falsa.  Por si esto no fuera suficiente para amarlos, también son domesticables: como tú sabes, los ingleses, que se toman sus tradiciones muy a pecho, siempre tienen cuervos en la Torre de Londres, porque, si éstos la abandonan, desaparecerá Inglaterra. Los animales están a cargo de un veterinario del ejército —el ravenmaster—, que los cuida y los alimenta con carne cruda. Se trata de aves de rapiña y no podemos romantizarlos al grado de decir que comen alpiste con florecitas. Dos de ellos eran grandes amigos y tenían muy buenas costumbres: les quitaban el sombrero a los turistas y los dejaban muy lejos; así siguieron hasta que uno de ellos murió. El sobreviviente estaba muy triste y, una semana más tarde, fingió que estaba muerto; todos los soldados corrieron muy asustados para levantar su cadáver: el cuervo se fue volando y —según el ravenmaster— iba riéndose. Los cuervos son traviesos, caprichosos y geniales.

jltl: Los cuervos no son los únicos animales de mala fama que desafían lo que pensamos de ellos; en uno de los mitos indígenas, las arañas resultan indispensables para la existencia del mundo: ellas tejieron las telas que lograron contener las grandes aguas y le dieron forma al planeta y, por supuesto, también están los murciélagos, que nos enseñan a ser modestos, a pensar que las palabras de los bestiarios no pueden ignorarse…

vm: Tienes razón: por errada que esté la información acerca de las costumbres y la naturaleza de los animales, nosotros deberíamos aprender de los bestiarios que todos los animales están incluidos y no hay ninguno que deba expulsarse de la tierra. Me parece maravilloso que cada uno de ellos tenga una misión; eso es ecología sin manchas. La idea de que hay animales prescindibles o dañinos es falsa y sólo la mantenemos porque no entendemos un cacahuate. Los medievales no sabían cómo ser amables con los animales porque estaban en plena lucha por la supervivencia, pero nosotros ya ganamos esa batalla. Ahora, el que gana la batalla contra la naturaleza está condenado a ser derrotado. Vencer a la tierra resulta una estupidez.

jltl: Por eso deberíamos aprender de los cuervos y los dragones, de los bestiarios y los unicornios. Nuestro futuro no depende de lo que nos parece bonito o de la corrección política. A mí me encantan los buitres y, sin sus maravillas carroñeras, nuestro futuro está cancelado. +