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Altasangre. Vampiresas, carnaval y los terrores que sí conocemos

Altasangre. Vampiresas, carnaval y los terrores que sí conocemos

La escritora barranquillera Claudia Amador llegó a la literatura con una ópera prima que no pasa desapercibida. Altasangre, ganadora del Premio Nacional de Narrativa Elisa Mujica 2024 y próximamente traducida al inglés, al danés y al portugués, es una novela que toma el arquetipo del vampiro y lo lanza a un territorio completamente distinto: el Caribe colombiano, con su carnaval, su sincretismo y sus jerarquías de clase.

Amador explicó que en su novela los vampiros no se esconden. Son una clase social reconocida y aceptada, los “pura sangre”, que controlan recursos, fiestas y destinos en una costa liminal que sin nombrarse es claramente Barranquilla. En ese universo, la matriarca Julia lo domina todo: la sangre, el cemento, el carnaval. El conflicto estalla cuando su nieta Julieta llega con un hambre que no puede domesticarse.

Lejos del gótico europeo, Amador construye lo que ella llama un “gótico tropical” o “gótico caribeño”, donde la mansión sombría es reemplazada por el carnaval: un espacio igual de claustrofóbico, igual de imposible de escapar. La música no es decorado sino columna vertebral: cumbia, bullerengue, jazz, rock y salsa funcionan como narradores adicionales que envuelven al lector en la bruma de la fiesta.

La novela también explora el miedo al envejecimiento y la violencia simbólica sobre el cuerpo de las mujeres, temas que Amador conecta con referentes como La sustancia y La hermanastra, y que ancla en una pregunta incómoda: si tuviéramos la oportunidad de hacer lo que hace Julia, ¿realmente no lo haríamos?

Entre sus influencias confiesa robos a mano armada de Irene Solà, Virginia Woolf y Marvel Moreno, cuya novela En diciembre llegaban las brisas describe como una obra que le cambió la vida.