Laura Baeza: la desesperanza y la santidad

Laura Baeza: la desesperanza y la santidad

 

Una abuela fanática, un padre con ideas de vanguardia y un niño que se entera de todo. Así se arma la nueva novela de la autora, y así la cuenta ella.

Vista FrontalGuadalupe fuma, conduce un Grand Marquis y no piensa bajarse del coche por un detalle tan menor como el lodo. Es la abuela de Santita del agua clara (Alfaguara, 2026), la novela con la que Laura Baeza sigue a Niebla ardiente y El lugar de la herida, y su autora la mira con una mezcla de simpatía y respeto. Guadalupe se irá a San Simón, cuenta Baeza, “en el lodo, pero en su Grand Marquis”. La frase tiene mucha gracia; el personaje, bastante menos, la verdad.

Baeza no se disculpa por volver a la misma zona. “Creo que siempre hablo acerca de los espacios, la familia, el abandono, la memoria”, resume, y admite que la familia se ha vuelto uno de los temas “fundamentales para mi escritura”, material de psicoanálisis o de reclamo, “no sé”. A esa lista le agrega una inquietud: “la necesidad que tenemos los seres humanos, o por lo menos nuestra civilización, de creer en algo”, explica que “hay tanta desesperanza que uno pone lo poquito que le queda en alguien más, ya sea en un gobierno, en un equipo de futbol, en Dios o en cualquiera de sus manifestaciones”.

En el centro de la historia está Carlos, un niño al que nadie ve, o al que ven por los motivos equivocados. Baeza lo describe así: “es un niño no hegemónico, como decimos ahora, es un niño con sobrepeso en los años 90. Entonces creo que la mayoría de nosotros sabemos lo que eso implica o implicaba hace algún tiempo”. Pero tampoco lo deja como una víctima: “Puede detectar ciertas mentiras, es casi un experto en cazar las mentiras de los padres, de los adultos y de la propia hermana”. Ser experto en mentiras ajenas no da popularidad, y como además resulta “casi desagradable ante los ojos de los demás”, lo van excluyendo. El adulto que sale de ahí “entra a todo con muchísimo miedo, porque ya trae el miedo desde la infancia”.

Que el protagonista sea un hombre ya es una vuelta de tuerca en su obra. Al principio, cuando escribía sobre todo cuento, Baeza “trabajaba mucho con personajes masculinos”; las novelas la llevaron hacia las mujeres “para explorar temas desde otro tipo de complejidad”, y ahora tocaba regresar: “ya, al tener un poco ese discurso, necesitaba volver a otro tipo de personajes”. Carlos arrastra además un trastorno alimenticio, y a la autora le importaba que fuera él quien lo padeciera. “Siempre pensamos que solo las mujeres podemos padecer algún trastorno, que nada más nosotras nos preocupamos por nuestro físico, y para nada”, dice. Un niño herido de tantas maneras no se queda “únicamente en tristeza”: “Al contrario, se va reflejando en otros aspectos de su vida. Va a tener una repercusión para siempre”.

Alrededor de Carlos, los adultos hacen lo que hacen en las buenas novelas: equivocarse con convicción. El padre, Cristóbal, “estudió sociología” y tiene ideas que considera “muy de vanguardia, pero en realidad no sabe cómo funciona el mundo real”, lo cual “lo lleva a meterse en muchos problemas que van a arrastrar a toda su familia”. Se va a la selva de Chiapas porque piensa que “puede formar parte de una utopía”, y Baeza es tajante: “Y para nada; él siempre va a ser un extraño, como los niños van a ser extraños en San Simón”. Hay un momento en que él mismo lo admite: “No debía haber venido”. La madre, por su lado, es “una mujer enamorada” que quiere “una unidad de cuatro, pero no sabe poner límites y no sabe responder a las consecuencias que se van sembrando cada vez que este hombre toma ciertas decisiones”. Con los años, además, la hija de Guadalupe termina pareciéndose a su propia madre: “es casi Guadalupe. Se parece muchísimo”.

Volvamos a la abuela, que se lo ha ganado por méritos. Es “una abuela que se ha vuelto fanática religiosa y que tiene la idea de que la familia debe estar unida, pero bajo los propios términos que ella señale”. Baeza cuida de que no sea una caricatura. “De ninguna manera, hay todo tipo de abuelas”, advierte. “El problema siento que es que nos formamos una idea de la abuelita mexicana muy tierna y de ‘vengan los domingos’, o de las abuelas abominables.” Guadalupe tiene su historia: formó a su familia de manera distinta a la de su época y esa necesidad de control “la llevó también a tratar de decidir por la vida de su hija, de su yerno y de sus nietos”. Ni el coche gigante ni la neblina la detienen, porque va tras algo que considera “su misión”.

Si Guadalupe es el personaje que más se recuerda, la casa es el que más se siente, y Baeza lo supo desde el principio: “Yo sabía que la casa tenía que ser protagonista. Para mí hasta es una novela gótica”. Luego se pone taxonómica y bromea: “No sé si se inserte en el gótico chilango, en el neogótico, en el gótico de los procesos demográficos, no lo sé, pero la casa es fundamental”. Es de esas casas de la colonia Portales “que cada vez hay menos porque son absorbidas por las inmobiliarias para construir edificios”. Tiene un ahuehuete que rompe las banquetas y que “se va a ir apropiando de esta casa”, una fuente y, al fondo, un cuarto “donde suceden atrocidades también fatales para estos niños”. Edgar Allan Poe y Shirley Jackson dejaron un árbol genealógico larguísimo de casas que hacen daño; esta suma una dirección en la Ciudad de México y una constructora al acecho.

Cuando la historia sale de la ciudad tampoco desentona. San Simón no existe: “lo inventé”, aclara. Lo puso en la sierra poblana, con “toda esa atmósfera elevada, nublada por las mañanas, donde llueve todo el tiempo con cascadas”, y con habitantes que “van a creer en esa naturaleza y en sus bondades, pero también en su furia”. Ahí vive Estrella, una niña con una condición física distinta que sabe desde pequeña que probablemente será quien encienda las veladoras de las tumbas del pueblo. Escribir a unos niños de ese lugar fue, confiesa, “la parte más difícil de escribir… me conmovía mucho”. Baeza ya conocía esa mezcla “transgeneracional” en otras regiones del sur del país y prefiere no dar más detalles; es una discreción que se agradece bastante.

Veinte años después de esa infancia entra Fátima, chelista, en la segunda parte, que ocurre en 2017. Se enamora de Carlos y piensa lo que, según Baeza, pensamos muchas mujeres: “Conmigo va a cambiar” o “Conmigo va a ser diferente… y no sucede.” Lo que ella descubre, cuenta la autora, son las carencias emocionales de un hombre y todo lo que ha sobrevivido, porque “no se parece en nada el Carlos que ella ve al Carlos que fue 20 años antes”.

A Baeza le intriga cómo llegará la novela a lectores de España o Argentina: “estoy segura de que cada rincón tiene sus propios secretos y en cada rincón vemos historias como estas. Lo que pasa es que aquí en México lo tenemos muy señalado”. Y tiene un domicilio literario fijo, por si alguien lo quería: “Yo creo que me voy a afincar en los años 90 el resto de mi vida porque fue la década de los cambios y de prepararnos para algo que no conocíamos y, no sé, todo el mundo se volvió loco”. Y remata: “Aquí la gente también se vuelve loca”.+ Compra el libro aquí

Laura Baeza, escritora campechana, Margaritas en la boca es su primer libro de cuentos. En 2017, ganó el Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri con Ensayo de orquesta y el Premio Nacional de Narrativa Gerardo Cornejo con Época de cerezos.

 

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