Cómo sobrevivir a Homero sin ahogarte en el intento

Cómo sobrevivir a Homero sin ahogarte en el intento

Antes de que veas la versión de La Odisea que hizo Christopher Nolan, una hoja de ruta para quien nunca se ha animado a abrir el poema que inventó casi todo lo que hoy llamamos aventura.

Se estrena en cines La Odisea de Christopher Nolan, rodada íntegramente en IMAX y con Matt Damon cargando la armadura de Odiseo. Va a llenar salas, va a generar memes y probablemente va a mandar a mucha gente a la librería a comprar el poema original sin saber muy bien por dónde entrarle. Si es tu caso, este texto es para ti.

Empezar diciendo que aunque La Odisea cuenta una historia a la manera en la que hoy entendemos algo parecido a una novela, en realidad se trata de un poema compuesto por más de 12 mil versos, divididos en 24 cantos, con ritmos y sonoridades a lo largo de todo el poema, que además fue compuesto por ahí del siglo VIII a. de C. Pero vayamos al tema, cómo sobrevivir a una de las obras más imponentes de la cultura occidental, en el siglo XXI. 

Primero, lo que nadie te dice: La Odisea no arranca con Odiseo. Arranca con su hijo Telémaco, huérfano de padre en todo menos en el papel, buscando noticias de un viejo que desapareció hace veinte años. Homero tarda cuatro cantos completos en dejarnos ver al protagonista. Es una decisión rarísima para una historia contada setecientos años antes de Cristo y también, pensándolo bien, una decisión de guionista: primero se instala la ausencia, después aparece el ausente.

Cuando por fin llega Odiseo, no está luchando contra un cíclope, llora en una playa, prisionero de la ninfa Calipso, siete años atrapado en lo que en cualquier otra historia sería el final feliz. De ahí Homero salta hacia atrás y deja que el propio Odiseo cuente, ante una audiencia que se lo cree a medias, el naufragio, al cíclope Polifemo, a la hechicera Circe, a las sirenas, el descenso al inframundo. Es Tarantino con barcos, tres mil años antes.

Segundo consejo: no empieces por la traducción más venerada. La de José Manuel Pabón, la clásica de editorial Gredos, es hermosísima en verso pero también arcaica y algo enredada; se disfruta más en la segunda lectura, cuando ya conoces la historia. Para un primer acercamiento funciona mejor la versión que hizo Librerías Gandhi. Deja a Pabón para cuando quieras enamorarte del idioma. Empieza por quien te cuente la historia sin ponerte tantas trabas.

Tercero: sáltate los catálogos de nombres. Homero, como buen poeta oral, mete listas de linajes que servían para lucirse frente a una audiencia griega y que a nosotros no nos dicen absolutamente nada. Nadie te va a tomar examen. Si un párrafo se convierte en una lista de nombres impronunciables, avanza sin culpa.

Cuarto, y esto es lo que más sorprende a quien nunca lo leyó: Penélope no es la esposa paciente y pasiva que promete la fama del adjetivo. Pasa el poema entero tejiendo una trampa literal para ganar tiempo frente a un centenar de pretendientes que le vacían la despensa, y la última gran sorpresa del libro se la guarda ella, no Odiseo.

La Odisea sigue funcionando, casi tres mil años después, por la misma razón que funciona cualquier buena historia de un regreso a casa: alguien que quiere volver y algo que se lo impide. Y la sospecha, cada vez más justificada, de que el viaje lo cambió tanto que ya no hay casa a la que regresar del todo. Nolan lo entendió, pero Homero lo hizo primero, sin IMAX y sin Matt Damon; con aedos y rapsodas cantándola en las plazas públicas, apoyados de una lira o un bastón.

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