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Púlsares del confinamiento: Tres poemas de Carmen Villoro

Púlsares del confinamiento: Tres poemas de Carmen Villoro

09 de julio de 2021

La poesía de Carmen Villoro ha abrevado, desde aquel inolvidable primer libro, Que no se vaya el viento, en la aparente insignificancia de lo cotidiano, con el fin de hallar, en los objetos, en el silencioso misterio de los resquicios, en los inesperados quejidos de la madera, en los rituales diarios de nuestra existencia, revelaciones de vida. Sus poemas son navegaciones hacia una especie de Ítaca del existir, donde habitan-nos habitan nuestras verdades más profundas, nuestra fragilidad, nuestros miedos, nuestras certezas, nuestra sensorialidad y deseos, nuestros fines y afanes, la memoria y los sueños. La poeta es una especie de nauta existencial, diríamos una existerenauta que, a la manera de un “Ulises cotidiano” (aludiendo al título de uno de sus poemas), va encontrando en cada mínima variante del oleaje o de la luz reflejada en el mar del diario vivir, la punta del iceberg.

            Se trata de una mirada incisiva y hasta juguetona. Una mirada, ha explicado Villoro, que asume la curiosidad propia de la infancia, donde el mundo, las cosas, lo inexplicable, lo cercano, todo, es un enigma que hay que descifrar. También, es una poesía del instante, aunque evoque el paso del tiempo y el recuerdo, ya que detiene el justo momento en que lo observado devela sus secretas corrientes. Es una poesía del aquí y del ahora, pero que nos traslada a las honduras del ser.

            Si bien en ese primer libro la expresión es tenue y sutil, aunque ya con su intención estética definida, en los siguientes volúmenes esa conciencia creadora que da cuenta del “hombre y sus objetos”, como dice Villoro, se desarrolla plenamente. Delfín desde el principio enraíza este camino cuando el poema “rasga” esa capa de razón que cubre las cosas, que abarca desde lo inasible, como lo es la luz que reconoce “su alma de partícula, (…) su adentro de fotones confundidos”, hasta lo más aparentemente nimio como lo es “la chancla de hule”: “Nada menos humano / que un hule que no sirve / pero en ella se encuentra quizá todo: / las huellas de unos pies/ (…) el miedo que a la muerte le tenemos”. De la misma índole es Jugo de naranja, donde la voz se reafirma, aunque se expande desde la prosa poética. La reflexión se profundiza bajo esta veta y la galería de utensilios que nos dan noticias de lo nuestro se amplía: el clip, la llave, los brócolis, el gorrión muerto bajo la lluvia, el lápiz labial. También, se ahonda la meditación sobre los gestos y hechos de la vida: una llamada repentina y esperada, los agujeritos en las orejas para insertar los aretes…  

            Herida luz es un libro fundamental porque marca una transición hacia una vertiente más existencial y matérica de esta poética de lo cotidiano al implicar una reflexión, desde una experiencia ya muy directa, sobre la enfermedad y el cuerpo, desde un diálogo íntimo con la contundencia de aquello invisible que nos destruye.

            Sus demás libros, sobre todo Obra negra y En un lugar geométrico, asumen la profundidad ganada, aunque mantienen el asombro y la perspicacia del descubridor de luces en la oscuridad. Es la voz de sabiduría de quien conoce “lo que el telón esconde”: la vida es esa obra negra que, en su entreacto, refleja su verdad. Esa misma voz que observa lo humano en sus geometrías y signos: el punto, la palabra, la línea recta, las líneas paralelas, los trazos de la danza.

            Su más reciente libro, Liquidámbar, encarna la desembocadura de este trayecto. Muy cercano a Herida luz, aunque en un registro mucho más íntimo y de grandes alcances de conciencia al deconstruir el dolor y la enfermedad del propio padre en agonía y al evocar su partida a la raíz de un Liquidámbar. Es un diálogo ya no invisible, sino de cara a cara con la muerte.

            Los poemas que presentamos se vierten en estos cauces. “Manto de humo”, fragmento de Liquidámbar, nos habla de la ceniza como destino nuestro ante la enfermedad. “Gratitud” toma en cuenta una de esas pequeñas historias que pasan desapercibidas, pero que son el cimiento de grandes hechos, como el desarrollo de la vacuna contra la Covid-19. “El cuerpo que temo”, es la reflexión dolorosa frente a nuestra realidad biológica y la conciencia de ese “animal herido”, “bestias de sangre” que somos.

+++

Gratitud

Carmen Villoro

 

Hijo de un inmigrante turco

obrero de la Ford en Alemania,

Ugur Sahin se formó como médico.

Su pasión por la ciencia

abrió la brecha

para llegar a la vacuna del COVID-19:

su propia forma de cruzar una frontera.

 

Después de un año de confinamiento,

camino haciendo lenta y larga fila

entre cientos de adultos mayores

que hoy recibiremos la primera dosis.

Miro a los niños que juegan en la fuente

con la alegría y la despreocupación

que todos anhelamos.

Nosotros también

somos un poco niños,

temblamos levemente de temor,

nos sentamos cada tanto en un banquito

para no cansarnos,

buscamos una sombra que proteja.

 

¿Importa que sepamos

la historia de Sahin?

Yo lo imagino

recorriendo con su bicicleta

las calles del barrio obrero

en que creció: un joven más,

parecido a cualquiera de mis hijos,

y agradezco a la ciencia

estar construida por pequeñas historias

como ésta.

El cuerpo que temo

 

Me asusta mi animalidad.

Me asusta la belleza de ser un animal.

No conozco mis vísceras que arderán

dejando sus cenizas.

Estar viva tiene que ver con sangre,

secreciones y olores que escondo con perfumes.

Guardo un color amargo entre las piernas

por donde parí hijos –mis animales dulces–.

Hago gimnasia todas las mañanas

pero una vaca me sale por la ubre

inevitablemente.

Quiero ser noble

pero la mandíbula filosa de una hiena

me desmiente.

Más que filosofía, tengo orines,

pelos entre los versos.

Miedo de ser un animal tengo en el pecho

y un zopilote enfermo en ese miedo.

Soy el cuervo que temo,

Soy el cuerpo que temo,

el que ronca y se viene y se va

inexorablemente y se deshace.

Ando desnuda por la calle sin que lo advierta nadie,

desnuda de mis pieles de animal herido,

de hembra civilizada;

desnuda de mi muerte

para que alguien la vea

y sepa que soy un animal

que tiene miedo

de ser un animal.

Manto de humo

 

3

 

Mi papá tuvo huesos.

Tuvo páncreas, pulmones, córneas,

encías, intestinos y vasos capilares.

Por sus venas corrió sangre,

yo la vi alguna vez.

Lo puedo asegurar:

era de carne y hueso.

 

Pero este polvo gris

viene del mar.

En un trofeo de plata

guardaron el oleaje.

 

Yo les entregué el cuerpo de mi padre

y me devolvieron caracoles.

 

Porque el mar no perdura.

Se retira en silencio,

se evapora,

cuidadoso de no ser sorprendido

se va,

dejando sus reliquias.

+++

Carmen Villoro (Ciudad de México, 1958; vive en Guadalajara, Jalisco, desde 1985). Ha publicado varios libros de poesía entre ellos Que no se vaya el viento (1990); Delfín desde el principio (1993); Herida luz (1995); Jugo de naranja (2000, 2008, 2017 y 2021); Obra negra (2006); En un lugar geométrico (2001); Marcador final (2002), Espiga antes del viento (antología e inéditos, 2011) y Liquidámbar (2017). También, se menciona los libros para niños Amarina y el viejo Pesadilla y otros cuentos y Papalote, papelito, entre otros. Coordinó la compilación de ensayos A 50 años del 68 Palinuro de México (2019). 

Ha obtenido las becas INBA-FONAPAS (1984), la Beca Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en la categoría Jóvenes Creadores (1990), la Beca Fondo Estatal para la Cultura y las Artes, en la categoría Autores con Trayectoria (1998) y la Beca del Sistema Nacional de Creadores (2000 a 2006). Recibió el primer lugar del Premio FILIJ Ensayo sobre Literatura Infantil y Juvenil en 1993, ha sido galardonada con el Premio Jalisco en Letras en 2016 y distinguida con el Premio Internacional Hugo Gutiérrez Vega a las Artes y las Humanidades en su Octava edición. Actualmente es miembro del Seminario de Cultura Mexicana y directora de la “Cátedra de Arte, Poética y Literatura Fernando del Paso” de la Universidad de Guadalajara.

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Curaduría y presentación de textos por Claudia Posadas.

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