La edad dorada del cuento irlandés
Irlanda lleva más de un siglo siendo una potencia mundial del relato breve. En lo que va del siglo veintiuno, esa tradición se sostiene sobre todo con firmas de mujeres, y con la razón crítica, según Declan Kiberd, de por qué la literatura del país sigue apostando por decir a través de lo mínimo.
No exagera quien diga que la isla ha producido una de las tradiciones de narrativa breve más densas y perfeccionistas de la lengua inglesa. Esa segunda ola encuentra hoy uno de sus centros más vivos en el cuento, y ese cuento, cada vez más, lo escriben mujeres.
En esta no tan breve historia hubo tres nombres que fijaron la vara. Elizabeth Bowen, nacida en Dublín en 1899 y criada entre esa ciudad y la casa familiar de Bowen’s Court, en Cork, publicó su primer libro de cuentos, Encounters, en 1923, y pasó las siguientes décadas retratando con precisión los interiores de la clase alta angloirlandesa y el Londres bombardeado de la Segunda Guerra. Mary Lavin nació en Massachusetts en 1912, de padres irlandeses emigrados, y volvió a Irlanda de niña; Tales from Bective Bridge, su libro debut de 1942, ganó el James Tait Black Memorial Prize, y sus cuentos posteriores sobre la viudez, escritos tras la muerte de su primer marido en 1954, se cuentan entre lo mejor del género en cualquier idioma. Edna O’Brien fue la más radical de las tres: The Country Girls, su primera novela, salió en 1960, fue prohibida por el censor irlandés y quemada en la plaza de su pueblo natal por orden de un párroco. En 2011 ganó el premio que lleva el nombre de Frank O’Connor por su colección de cuentos Saints and Sinners. Entre las tres trazaron el mapa que las escritoras de hoy siguen recorriendo: precisión de frase, sugerencia antes que explicación, y una disposición a tocar lo que la sociedad prefería callado. Ninguna escribió pensando en abrir escuela, y sin embargo la abrieron: dos generaciones después, sus nombres siguen apareciendo en las entrevistas de quienes hoy publican su primer libro de cuentos pasados los cuarenta.
Ese mapa se institucionalizó en 2015, cuando Sinéad Gleeson armó The Long Gaze Back, antología de treinta cuentos de autoras irlandesas, ocho de ellas ya fallecidas y veintidós inéditas. Ganó el premio al mejor libro publicado en Irlanda ese año. Gleeson repitió la jugada en 2016 con The Glass Shore, veinticuatro voces del norte de la isla, y se llevó el mismo galardón dos años seguidos. Dos antologías de cuentos firmados por mujeres, después de décadas de antologías que privilegiaban sobre todo a los hombres, y que además sirvieron de detonante: tras su publicación se reactivó, en la prensa literaria irlandesa, un debate sobre la exclusión histórica de las escritoras del canon nacional que hasta entonces se discutía casi en privado.
La brevedad, además, empezó a cotizar en libras esterlinas. El Sunday Times Audible Short Story Award acepta textos de hasta seis mil palabras y reparte treinta mil libras al ganador: cinco libras por palabra, para quien haga la cuenta. Danielle McLaughlin lo ganó en 2019 con A Partial List of the Saved, meses después de que el Windham-Campbell le diera ciento sesenta y cinco mil dólares por su primer libro de cuentos, Dinosaurs on Other Planets. McLaughlin ejercía como abogada en Cork hasta que una enfermedad la sacó del despacho; empezó a escribir en serio a los cuarenta.
Louise Kennedy trabajó de cocinera casi treinta años, no escribió una línea hasta los cuarenta y siete y publicó su primer libro, The End of the World Is a Cul de Sac, en 2021, pasados los cincuenta: quince relatos de una crudeza que no pide permiso. Wendy Erskine da clases de tiempo completo en una secundaria de Belfast y calcula que cada cuento le toma alrededor de un mes; con ese ritmo de oficinista publicó Sweet Home y Dance Move en el sello de la revista The Stinging Fly. Quien escribe entre turnos, parece ser la lección, aprende rápido a no desperdiciar una línea; el oficio de otra cosa, en ambos casos, terminó afinando el oído para la ficción en vez de restarle tiempo.
Nicole Flattery hizo el recorrido al revés de lo aconsejable: ganó el premio de cuento de The White Review en 2017 con Track, y el libro, Show Them a Good Time, llegó después. Lucy Caldwell fue finalista del BBC National Short Story Award en 2012 y en 2019 antes de ganarlo en 2021 con All the People Were Mean and Bad, un relato de su colección Intimacies que transcurre casi entero en un vuelo transatlántico. Nueve años insistiendo en un formato que el mercado sigue tratando como sala de espera, hasta que finalmente decide que ya no puede seguir ignorándolo.
Y está Claire Keegan, la figura que mejor resume el momento; debutó con la colección Antarctica en 1999 y siguió con Walk the Blue Fields en 2007; con ambos libros demostró una capacidad rara para condensar vidas enteras en pocas páginas, con una prosa limpia y cargada de tensión moral. Foster, publicada como libro en 2010, había ganado un año antes el Davy Byrnes, entonces el premio mejor pagado del mundo para un solo cuento; The New Yorker la sacó recortada y Faber la publicó completa: ochenta y ocho páginas sobre una niña enviada a vivir con parientes por un verano, un texto que curiosamente creció al salir de la revista en vez de encogerse. En 2022, Small Things Like These se convirtió en el libro más corto jamás llegado a la lista final del Booker, ciento dieciséis páginas sobre la complicidad social con las lavanderías de la Magdalena, y al año siguiente ganó el Orwell Prize de ficción política. Keegan no necesita discursos: un gesto, un silencio o una mirada le alcanzan para revelar sistemas enteros de opresión y cuidado; la adaptación de Foster al cine, An Cailín Ciúin, dirigida por Colm Bairéad, fue la primera película en irlandés nominada al Óscar. Que un capítulo entero de crítica académica se dedique a Foster, y no a una novela de seiscientas páginas, confirma el lugar que ha ganado esta brevedad.
El crítico Declan Kiberd, en su libro de 2017 After Ireland: Writing the Nation from Beckett to the Present, describe la literatura irlandesa posterior a la consolidación del Estado como una respuesta constante a la erosión de las certezas nacionales, una respuesta que él enmarca como una segunda renaissance de las letras del país. Quinientas cuarenta páginas que revisan treinta obras, la generación que sucede a la que él ya había anticipado en su libro anterior, Inventing Ireland, de 1995. La tesis de fondo es la de un sistema de alarma temprana: la idea de que los escritores del país llevan advirtiendo, década tras década desde la independencia, sobre las grietas que después estallan en crisis políticas o económicas, incluida la que reventó en 2008. El capítulo veintisiete, de la página 455 a la 468, está dedicado por completo a Foster: ahí conviven, con el mismo peso crítico, una obra de teatro de tres actos y una historia de menos de cien páginas. Una reseña publicada en Books Ireland notó algo parecido al repasar el índice: junto a los nombres esperables aparecen lo que el crítico llamó sospechosas nuevas, entre ellas Keegan y, más sorprendente todavía, la escritora de literatura infantil Kate Thompson. La selección no busca solamente autoridad establecida: busca textos que hayan captado algo del país en el momento exacto en que ocurría, sin importar si ocupan cien páginas o cuatrocientas.
La importancia de estas cuentistas no depende solo de su factura. Depende de su capacidad para volver visible lo que suele quedarse oculto: las tensiones familiares que se heredan de generación en generación, el peso del silencio en una sociedad que privilegió durante décadas la apariencia sobre la verdad, la dignidad de las vidas ordinarias. En un país que pasó en pocas décadas de ser una de las naciones más pobres y católicas de Europa a una economía globalizada y secular, el cuento ofrece un espacio para procesar esa transformación a escala humana, sin la solemnidad ni la distancia que suele imponer la novela de largo aliento. No hay soluciones políticas en estos libros: hay una ética de la atención, la de mirar con cuidado y escuchar lo que no se dice, aplicada línea por línea a personajes que ninguna estadística oficial se molestaría en nombrar.
Desde Bowen y Lavin hasta Keegan, pasando por Gleeson, McLaughlin, Kennedy, Erskine, Flattery y Caldwell, el cuento irlandés escrito por mujeres ha demostrado una capacidad asombrosa de reinvención sin perder la disciplina formal que heredó. En un momento en que el formato largo domina buena parte del mercado editorial, esta tradición recuerda que la intensidad no depende de la extensión. Ninguna de estas autoras escribe breve por falta de aliento ni por cálculo comercial: escriben así porque sabe cuánto pesa cada escena y cuánto cuesta sostenerla. A veces bastan unas pocas páginas, o unas pocas frases, para contener el peso de una vida entera, de una familia entera o de un país entero, y esa isla lleva más de cien años demostrándolo con una constancia que ya no admite tratarse de accidente.+