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Gay Talese. Voyeur de voyeurs

Gay Talese. Voyeur de voyeurs

Enrique Garrido

“Casi todos los periodistas son incansables voyeurs que ven los defectos del mundo, las imperfecciones de la gente y los lugares”

Gay Talese

En medio de un mundo saturado con estímulos visuales, publicidad intrusiva, algoritmos personalizados, videos de un minuto o menos y exceso de información; desde una sociedad distópica e hipervigilada, en la que ojos metálicos habitan nuestros bolsillos; en la era de la posverdad, la manipulación del discurso y la edición de la imagen, un hombre de sombrero de ala larga y traje sastre diseñado sólo para él por Bruno Lacorazza (elegancia heredada del oficio de su progenie compuesta por inmigrantes italianos), se abre paso con una bandera de realismo y escritura a mano, de pausa y reflexión hacia sus historias, un enigmático ser que parece sacado de un film noir  y fundador  del nuevo periodismo; Gay Talese cumple 92 años. Con casi un siglo, sus ojos de cronista han visto lo más oscuro de la sociedad neoyorquina, dado que, como alguna vez señaló el mayor representante del periodismo gonzo en México, J. M Servín, “el acto de narrar, sea desde la ficción o el periodismo, conlleva el salto al vacío en pos de las profundidades donde habita la bestia humana”. Talese, además, acaba de sacar un libro de memorias (o de despedida como ha referido), llamado Bartleby y yo. Retratos de Nueva York, en el que plasma sus andanzas por las oficinas del The New Yorker, su casa durante muchos años.

Y es que Talese encontró en la mirada una forma de interpretar el mundo. El oriundo de Nueva Jersey contó, para la revista Vogue, que su primera instrucción en el “arte de la observación de la naturaleza humana” vino de su padre: “In the course of [his] fittings… he would measure a man and take the measure of a man at the same time [En el curso de [sus] ajustes… medía a un hombre y tomaba la medida de un hombre al mismo tiempo]”. Este juego con la palabra medir sirve para ejemplificar cómo, con una mirada profunda, se puede saber mucho de una persona. Y es que la mirada es diálogo consumado entre dos: alguien que mira y alguien o algo visto. Como diría el gran Miguel Hernández: “Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos”. No hace falta un acuerdo entre las partes, ni siquiera conocerse: la mirada es primitiva, cazadora, inquisitiva; su presa, una vez atrapada, no puede escapar de ella. Construye, define, describe, delimita, desnuda, asecha, penetra y vigila.

La palabra voyeur, de origen francés, alude a una “persona que disfruta contemplando actitudes íntimas o eróticas de otras personas” (sus equivalentes en México serían mirón o fisgón). No podemos negar que, dentro del espectro del erotismo, la mirada juega un papel fundamental. Al mirarnos nos sentimos deseados, pero, ¿qué sucede cuando no sabemos que nos miran? El siglo pasado, Gerald Foos realizó la inversión de su vida: “Compré este motel para satisfacer mis tendencias de voyeur y mi irresistible interés por todas las fases de la vida de la gente, tanto social como sexualmente, y para responder a la antiquísima pregunta de ‘cómo la gente se comporta sexualmente en la intimidad de su dormitorio’” (El motel del voyeur, 2016). Convirtiendo el mirar en goce y a sus inquilinos en sus conejillos de indias, despersonalizándolos al volverlos objetos de satisfacción.

Y qué pasa cuando, caso contrario, por nuestra seguridad debemos cerrar los ojos o voltear a otro lado, porque de ello puede depender nuestro trabajo, incluso la vida. Piensen en el portero de un edificio, ¿cómo mira su entorno? “Conscientes de que a veces es posible ver demasiado, la mayor parte de los porteros de Nueva York han desarrollado un extraordinario sentido de visión selectiva: saben qué ver y qué pasar por alto, cuándo ser curiosos y cuándo ser indolentes” (Honrarás a tu padre, 1971). Considerando nuestro contexto, no podemos culpar a quienes prefieren mantenerse al margen, pues existe el peligro de ver lo que no debemos ver.

De allí que el cronista deba ir más allá, pues su labor consiste en darle voz al voyeur y al portero, al líder de la mafia y a Hugh Hefner, incluso a Frank Sinatra, aunque este último, en realidad no haya hablado. ¿Cómo pudo realizar tal hazaña? Corría el año de 1965, Frank Sinatra era un monstruo del escenario, pero, como todo monstruo, su reinado peligraba con la aparición de los entonces nacientes Beatles, Rolling Stones o Bob Dylan, además de su tormentoso matrimonio con Mia Farrow, quien era veinte años más joven. Sumado, el FBI comenzó a indagar sus nexos con la mafia, por lo que no estaba de humor para recibir a un novato Gay Talese, pese a que este último lo persiguió durante noventa días para entrevistarlo. El manager de Sinatra, para no hacerlo sentir mal, le dijo que “The Voice” tenía resfriado. Talese no abandonó el proyecto, en cambio, hizo el perfil que le solicitaron, pero con testimonios de gente que lo rodeaba. Ante este experimento, le escribió al entonces editor de la revista Esquire, Harold Hayes: “Quizás no tengo lo que esperábamos sobre el verdadero Frank Sinatra. Pero quizás, al no tenerlo y ser rechazado constantemente y ver a sus esclavos proteger sus puntos débiles, nos acercaremos a la verdad sobre el hombre”. Así, la crónica “Frank Sinatra está resfriado” se convirtió en un hito, y su nombre fue asociado con otros periodistas que comenzaban a destacar: Tom Wolfe, Norman Mailer, Truman Capote y Hunter S. Thompson; de igual manera, con ellos construía el llamado nuevo periodismo.

Cabe señalar que el nuevo periodismo no era tan nuevo como nos quieren hacer creer. Por allá de 1955, Gabriel García Márquez publicó Relato de un náufrago, y tres años más tarde, Rodolfo Walsh haría lo mismo con Operación Masacre. Ambos textos cumplen con las características de lo que después llamarían new jornalism: un lenguaje más relacionado a lo literario, el trabajo de campo e investigación, así como el uso de la primera persona, hasta entonces un tabú en el medio; sin embargo, en un ejercicio salomónico, el apelativo del boom, que por ese entonces ya estaba sonando, se lo quedaron los latinoamericanos, y el mencionado se relacionó más con los estadounidenses, quienes fueron críticos del sistema, del american way of life, así como del “sueño americano” (baste leer Miedo y asco en las Vegas, del gonzo Hunter S. Thompson).

Ahora bien, Gay Talase centró su labor en la vida secreta de los compatriotas: esa que sucede en las alcobas, en los barrios bajos, en las casas de apuestas ilegales regenteadas por la mafia, o en los moteles baratos. Con sus textos, nos acercamos a una Nueva York más próxima a Taxi Driver de Scorsese que a Manhattan de Woody Allen. Ferviente practicante del periodismo inmersivo, es decir, ese que está en la acción, que mira de frente a los protagonistas de sus historias, gracias a su estilo, atento a los detalles, sus lectores nos convertimos en voyeurs de sus protagonistas. Talese se vanagloria de que nunca ha usado seudónimos en sus crónicas: todos los nombres son reales, lo que implica un proceso de convencimiento a los protagonistas. Asimismo, también prescinde de usar grabadora, u otro tipo de soporte electrónico, él emplea unos cartones que recorta en forma alargada para que los pueda llevar en las bolsas de sus trajes y tomar nota en ellos.

Gay Talese es testimonio vivo de muchas épocas. En sus escritos, se puede apreciar la evolución de la sociedad, la revolución sexual, Vietnam, las guerras de la mafia y el Hollywood oscuro, y con ellos miró por una rendija oculta la intimidad de Estados Unidos. Con su obra se confecciona el traje ideal para vestir las ideologías de finales del siglo xx.