Una vecindad, muchas voces, un mismo aguacero

Antolina Ortiz Moore ambientó su nueva novela en la Ciudad de México de 1951, un año bisagra que empezó a investigar por otra razón y que terminó regalándole, de paso, una inundación histórica.

Buscando el rastro del sufragio universal, que México aprobó en 1953, Antolina Ortiz Moore se topó, sin buscarlo, con fotografías de la última gran inundación de la Ciudad de México. Un poco antes de esa fecha, en 1951, decidió instalar su nueva novela, El día que no paró de llover, publicada este año bajo el sello Tusquets. De esa misma investigación salieron también los personajes, dice la autora, junto con los primeros vuelos comerciales que llegaban a la capital y la migración que traían consigo.

Ortiz Moore se define como ciudadana del mundo, algo que no suena a frase de contraportada cuando se repasa su trayectoria: formación en filosofía, paso por el Consejo de las Artes y las Letras de Quebec, más de dos décadas viviendo en Montreal. Seda Araña fue finalista de los premios Nadal 2019 y Rómulo Gallegos 2020 y ganó el premio Escritoras Mexicanas de Paralelo 21 en 2021; Las Torres de Arena recibió el premio Juan March Cencillo de Pre-Textos en 2023; Azul humo se llevó el premio Elena Poniatowska Ventosa Arrufat en 2024 y llegó a España con Sial Pigmalión en 2025.

Es una novela coral, sin villano de manual, algo que la autora fue descubriendo sobre la marcha. Hubo, en un primer borrador, un personaje malo con nombre y apellido; lo quitó. En su lugar quedó algo menos cómodo: “el mal como algo que nos afecta a todos”, explica, una responsabilidad que no recae en un villano sino en el tejido social entero. Lo que sí terminó cobrando vida propia fue el edificio donde ocurre casi todo: la vecindad, dice, “se convirtió en un personaje”, y con ella entró la radionovela de los años cincuenta, ese hilo que conecta departamento con departamento como una especie de muñeca rusa dentro de la trama principal.

La autora lleva más de dos décadas fuera de México y no esconde que esta novela también le sirvió de espejo. La nostalgia de sus páginas, admite, “es mi nostalgia hacia México”, y de ahí se desprende una de las ideas que más defiende en la conversación: la de que el ser humano, migrante desde siempre, sigue siéndolo ahora. Le interesa invertir la mirada habitual sobre el fenómeno, dice, porque “pocas veces hablamos de la migración hacia el país”, y tanto esta novela como la anterior, Azul humo, se detienen justo ahí, en quienes llegaron y no en quienes se fueron.

De Azul humo rescata, entre otras cosas, el origen de su título: los jacaranda que trajeron a México los migrantes japoneses, entre ellos el jardinero Matsumoto, con flores que no son azules ni moradas ni malvas y que la obligaron a rastrear casi ciento sesenta tonos posibles antes de bautizar cada capítulo con uno distinto.

Sobre su método de trabajo, Ortiz Moore prefiere no encasillarse entre quienes planean con brújula y quienes avanzan con mapa: “a veces uso las dos, a veces no uso ninguna”, resume. Para ella escribir no se limita al momento de sentarse frente al teclado, también ocurre caminando, lavando platos, viviendo, porque la escritura, según sus propias palabras, “no solo es sentarte a escribir”. Ahora trabaja en un nuevo proyecto, ya con el primer borrador terminado, esta vez de tema contemporáneo. Sobre las correcciones, que a ella le cuestan más que escribir la primera versión, tiene una imagen que vale la pena guardarse: el primer borrador es, dice, “como el bloque de mármol” del que después hay que sacar el rostro y los personajes.