La esperanza es para los valientes

Un mundo mejor no empieza por ti mismo, sino por nosotros mismos.
Rutger Bregman
Escribir sobre la esperanza mientras premiamos el cinismo se siente como un ejercicio de ingenuidad. Esa sensación nace de la creencia de que el desencanto es la única forma de lucidez, una idea que nos ha hecho confundir la amargura con la inteligencia.
La literatura no se escapa de esa trampa. Parece haber caído en un pozo de autorreferencialidad; quienes escribimos nos miramos el ombligo buscando algo que suele desembocar en la desesperanza o en cualquiera de sus manifestaciones temáticas, como el desencanto, la melancolía, el fatalismo enmascarados de rigor intelectual, la decisión de no apostar nada para no perder nada.
Si nos detenemos en el mercado editorial mexicano, veremos que los libros de autoayuda siguen dominando las listas de ventas. De acuerdo con los resultados del Módulo sobre Lectura (Molec) (Inegi, 2025), los libros de autoayuda fueron el segundo tipo de lectura más buscado por las personas lectoras en el país. Esto es el síntoma de una carencia que la literatura seria ha ignorado por soberbia, quizá. El lector busca sentido porque lo necesita para sobrevivir, y cuando la ficción se vuelve demasiado hermética o pesimista, ese lector se refugia en lo que tiene a mano.
No creo que esta migración hacia los manuales de bienestar se trate de un error de criterio estético. Las personas lectoras no acuden a los libros de autoayuda buscando una prosa que les descubra algo nuevo de su lengua, lo hacen para encontrar algo que les permita sostener el peso de su propia existencia. Esa urgencia por encontrar un propósito nos devuelve a las observaciones de Viktor Frankl (cuyo El hombre en busca de sentido [Herder, 2025] suele estar en los primeros lugares de los rankings de libros más leídos desde hace varios años).
En los campos de concentración, Frankl aprendió a identificar el momento exacto en que la desesperanza se volvía letal. Cuando un prisionero fumaba su propio cigarrillo —moneda de cambio por un plato de sopa— estaba renunciando al mañana. Primero la mente da el paso hacia el precipicio y después el cuerpo lo sigue.
A propósito de la Segunda Guerra Mundial, durante los juicios de Nuremberg, lo que quedó al descubierto fue la desconexión y carencia de empatía; personas que dejaron de ver al otro para encajar en el engranaje de la violencia ante el que el diario de Ana Frank puede leerse como un documento de insurrección. Ella no ignoraba la guerra de la que se escondía junto con su familia, pero eligió creer en la decencia humana, quizá como estrategia para no ser destruida por el odio exterior. Cuando dejamos entrar al enemigo en nuestra alcoba, es cuando comenzamos a perder, pero siempre hay una salida. A pesar de los 81 años transcurridos desde su muerte, las palabras plasmadas en su diario continúan siendo un símbolo de esperanza para el mundo.
A pesar de todo, sigo creyendo que la gente es buena de verdad en el fondo de su corazón.
Ana Frank
Esta misma pulsión aparece en la obra de Debórah Dwork, Saints and Liars (W. W. Norton & Company, 2025), en la que la historiadora estadounidense demuestra que la esperanza es más que una palabra. Este libro nos acerca a los rescatistas se dedicaron a ayudar a judíos y disidentes tras la invasión alemana de 1939 en cinco ciudades importantes a medida que la crisis de refugiados se extendía a Vilna, Shanghái, Marsella y Lisboa. Perseguidos por agentes nazis que trasladaban personas clandestinamente a través de las fronteras, aprendieron a mantener el secreto. A partir de cartas, diarios y memorandos, Dwork nos cuenta la vida de quienes, a veces con el respaldo de sus organizaciones, pero otras en contra de sus directrices, intentaron ayudar a la gente a encontrar un refugio seguro frente a la persecución.
Saints and Liars nos enseña que la esperanza está en las acciones, que es un oficio de alto riesgo que hay que ejercer cuando los sistemas legal y moral se transforman en instrumentos del exterminio.
Esta forma de resistencia también se manifiesta en escritoras como Herta Müller (ganadora del Nobel de literatura en 2009), que, tras negarse a colaborar con la policía secreta Securitate, fue despedida de su trabajo como traductora, lo que la llevó a dedicarse a la docencia y la escritura, en la que encontró un asidero: “Necesitaba encontrar algo que me probase que yo existía; la absoluta falta de horizontes a mi alrededor me producía un miedo terrible. Y ese miedo podía vencerlo escribiendo”. Libros como Todo lo que tengo lo llevo conmigo (Siruela, 2010), considerado uno de los más bellos e impactantes de su producción literaria, dan cuenta de que si el miedo ocasiona silencio, la palabra tiene la capacidad de erosionarlo.
Por su parte, Svetlana Alexiévich, escritora bielorrusa y también ganadora del Nobel en 2015, vio en la guerra la posibilidad de ampliar el lenguaje cotidiano para poder narrar la brutalidad y, sobre todo, la esperanza. A pesar de documentar eventos traumáticos como la crisis de Chernóbil y el colapso soviético, Alexiévich ha afirmado que no busca coleccionar horrores, sino pruebas del espíritu humano. Sus obras rescatan la dignidad de las personas comunes, demostrando cómo, incluso en las situaciones más extremas, el ser humano mantiene su mundo interior y su capacidad de sentir y cómo, aún después de los conflictos bélicos es que podemos seguir hablando de amor y no de muerte:
Me interesan las personas sencillas. Las personas sencillas pero grandiosas, como yo las llamaría, porque el sufrimiento nos hace crecer. En mis libros, estas personas cuentan sus propias historias, pequeñas, y la gran historia se va revelando a lo largo del camino. No hemos tenido tiempo de comprender lo que ya nos ha sucedido y lo que aún nos sucede; solo necesitamos decirlo.
Contrario a lo que podríamos suponer por la manera en la que empieza el libro, en El espíritu de la esperanza (Herder, 2024), el filósofo Byung-Chul Han nos invita a no confundir la esperanza con la psicología positiva que satura las mesas de novedades. Mientras que la autoayuda —ésa que el Inegi señala como refugio de los lectores mexicanos— tiende a privatizar el sufrimiento y aislar al individuo en su propia búsqueda de bienestar, la esperanza de la que habla Han es solidaria. Como bien apunta el filósofo coreano retomando a Gabriel Marcel: “Pensando en nosotros, he puesto mis esperanzas en ti”. Para Han la esperanza funda un nosotros.
En un presente dominado por lo que Han llama la “sociología triste” y el cálculo algorítmico de la Inteligencia Artificial —que puede predecir pero no esperar—, la esperanza aparece como una insurrección frente al miedo que embrutece a la sociedad. Si la razón solo rastrea lo que ya existe, la esperanza es la que “tiende una pasarela sobre el abismo” hacia lo que todavía no ha nacido. Es, en palabras de Václav Havel que Han rescata, la certeza de que algo tiene sentido al margen de cómo salga después. Al final, como apunta Matt Haig en El libro de la esperanza (Contraluz, 2022), estos hilos de luz nos enseñan que “no hay nada más fuerte que una pequeña esperanza que no se rinde”.
La esperanza es un oficio de valientes porque nos obliga a salir de nuestra propia autorreferencia para reconocer que formamos parte de una cadena de cuidados mucho más larga. Si tenemos la libertad de actuar, nuestra responsabilidad reside en convertir esa libertad en una infraestructura de la decencia. No se trata de esperar a que el mundo sea perfecto para empezar a quererlo, sino de construir el suelo común que nos impida, como a los prisioneros de Frankl, fumarnos nuestro último cigarrillo antes de tiempo.
Incluso en la ficción más desgarradora, recordamos el gesto de Guido en la película La vida es bella (1997): la construcción de una realidad alternativa no para negar la tragedia, sino para proteger la dignidad de quien aún tiene toda una vida por delante.
No leemos ni escribimos para entretenernos, sino para blindar el espíritu contra la tentación de rendirnos al nada importa. Afirmar que la vida tiene sentido después de haber visto los escombros de la guerra es la conclusión lógica de quien se niega a entregar su capacidad de asombro. Tenemos la libertad de hacer cosas y esa libertad nos obliga a ser cronistas de lo que todavía merece ser salvado.+




