El poeta del lápiz: Alejandro Magallanes

El poeta del lápiz: Alejandro Magallanes

Bernardo Fernández, Bef

 

Anécdota 1

Se le atribuye al poeta y novelista Jorge F. Hernández haber dicho que desde que Alejandro Magallanes diseñaba los libros de Almadía, todo mundo quiere publicar ahí sólo para tener una portada hecha por él.

Anécdota 2

Cuenta un amigo autor de literatura infantil, cuya identidad mantendré en el anonimato, que en alguna ocasión llamó por teléfono a un amigo grafista.

                  —¿Con quién hablo? —preguntó el autor.

                  —Con el mejor ilustrador de México.

                  —¡Ah! ¿Habla Alejandro Magallanes? —repuso, por hacer rabiar a su camarada.

 

Mitad en broma, mitad en serio, ambas viñetas pintan de un trazo la estatura que este diseñador gráfico nacido en 1971 tiene en nuestro medio literario, pues su trabajo ha trascendido las fronteras y los litorales mexicanos.

Diseñadores que escriben

En el plan original, esta nota se propuso abarcar un tercio de su extensión actual y hablar sobre diseñadores que escriben. Pensaba hacer un breve perfil de tres autores que incidentalmente también son profesionales del diseño. A saber:

El novelista. Chip Kidd, legendario director de arte de Random House, creador de icónicas portadas de libros ―entre las que destaca la de la novela Parque Jurásico, de Michael Crichton, con la silueta ósea del T. Rex―, entusiasta de las historietas ―especialmente de Batman―, ha diseñado varios libros sobre el arte del cómic, pero también ha escrito un par de estupendas novelas justamente sobre diseñadores gráficos: The Cheese Monkeys y The Learners.

                  El cuentista/cronista. Diseñador industrial y estrella de rock, Joselo Rangel ha relatado desde dentro y como nadie el mundo de la música; su carrera de narrador y cronista poco a poco rivaliza con la de músico. Ya ha publicado más libros que discos solistas.

                  Finalmente, el poeta, Alejandro Magallanes, quien fue creciendo en el radar hasta que ocupó la parte central de este texto; sin minimizar a los otros dos, ahora explico el porqué.             

Palabra versus imagen

El diseño gráfico, lo sé bien, es fundamentalmente una carrera técnica elevada a licenciatura en la que se forman profesionales expertos en resolver problemas de comunicación visual. Implica conocer técnicas de representación y la síntesis de contenidos abstractos para ser entregados en forma de imágenes al usuario final.

                  Tristemente, esta hiperespecialización aleja al alumnado de la lectura, herramienta obligatoria en cualquier otra carrera, pero casi prescindible para los jóvenes diseñadores y diseñadoras. En consecuencia, la mayoría de quienes egresan buscan campos profesionales en áreas como la publicidad, la imagen corporativa y el diseño web. Apenas un puñado elige el diseño editorial, vocación que parece menguar frente a la ubicua digitalización.

                  Tuvimos la suerte de que Alejandro fuera un nerd lector, de que pasara horas encerrado en la biblioteca de la antigua Escuela Nacional de Artes Plásticas, hoy Facultad de Arte y Diseño, hojeando y ojeando libros de cartelistas. Suerte de que el trabajo de polacos, japoneses y suizos iluminara su vocación y lo hiciera elegir este camino, el de un medio de comunicación ―acaso el más antiguo desde la existencia de la imprenta― que se antoja en vías de extinción.

                  En nuestro país, el diseño de carteles pareció estar durante años en manos de un grupo tan talentoso como hermético. La irrupción del trabajo cartelístico de Magallanes hace treinta años rompió esta inercia con su sentido del humor desparpajado.

Pronto, daba la sensación de que él diseñaba todos los pósteres del medio cultural: películas, festivales, danza, no hubo rama de la cultura que no fuera comunicada a través de un cartel con el inconfundible estilo de Alejandro, cuyo dibujo parece fundir los trazos desenfadados del belga Jean-Michel Folon con los del rumano-estadounidense Saul Steinberg y una pizca de Rius.

                  Es precisamente el dibujo la herramienta más poderosa de Magallanes, quien se reconoce como un grafómano confeso. Sus monos ―y lo digo con devoción― parecen derramarse desde la punta de sus marcadores, infestando el papel como una procesión de lemmings.

                  En tiempos en que la mayoría de profesionales del diseño han reducido su repertorio a las limitadas plantillas del programa Illustrator y a reutilizar hasta el hartazgo el filtro de moda del inefable Photoshop, Alejandro blande su marcador negro, llenando el espacio con rayitas del mismo grosor que se van entrelazando en construcciones de aparente sencillez, articuladas en discursos complejos al lado de recursos primigenios que en sus manos se tornan inagotables. El collage, la fotografía, la ilusión óptica y juegos tipográficos aparentemente básicos sorprenden una y otra vez a sus usuarios finales.

                  Por ello, en una evolución lógica y gracias a la invitación del escritor y editor Martín Solares, Magallanes es, desde hace veinte años, el diseñador y director de arte de la editorial oaxaqueña Almadía, ejemplo exitoso donde los haya de proyecto indie que, capitaneado por su amigo Guillermo Quijas, se ha convertido en un referente literario obligado en nuestro idioma.

                  En Almadía, entre mezcales, quesillo y chapulines, Alejandro desarrolló el inconfundible estilo referido por Jorge Efe al inicio de estas líneas: volúmenes de colores brillantes con camisas de cartón en las que un suaje revela una segunda imagen debajo y que, al removerse, muestra un doble juego gráfico invariablemente sorpresivo para lectoras y lectores. Recientemente, siempre inquieto, Magallanes propuso un rediseño de la colección: al principio éste pareció dinamitar su propio pedestal y, sin embargo, resultó una exitosa reinvención gráfica.

                  Las docenas de portadas de Almadía en sus diferentes colecciones, así como sus carteles, recopilados en varios libros, bastarían para consolidar a nuestro diseñador como uno de los grandes del oficio, no obstante apenas representan una parte de la extensa labor de Alejandro Magallanes.

                  Docenas de libros de arte, folletos de exposiciones, programas de teatro, camisetas, portadas de discos, animaciones y una faceta de artista visual que cubre todas las ramas de la plástica ―desde la pintura hasta el grabado―, siempre con su estilo y humor inconfundibles, parecen multiplicarse en nuestra iconósfera. La ubicuidad de su trabajo, inusitada en la cultura mexicana, sólo tiene un referente en la obra monumental de Vicente Rojo. Pero donde el inmortal niño de Morelia dialogaba con los grandes del arte abstracto, Magallanes lo hace con los gigantes del humor gráfico, sin ser propiamente un monero. O acaso siendo el más versátil de todos nosotros.

Poeta de la imagen

Si todo lo anterior no resultara suficiente, Alejandro también blande la pluma. ¿O debo decir que tunde las teclas? Una vertiente poética, acaso el andamio estético/ideológico de todo su trabajo, ha producido ya cuatro poemarios, en los que, armado tan sólo con la palabra, deslumbra como cuando saca imágenes de su sombrero mágico [Nota para diseño: Favor de insertar aquí un juego tipográfico con la fórmula que se muestra en la foto anexa]:

Enamoramiento
Lo pensó Newton

la fuerza con la que se atraen dos cuerpos

es proporcional

al producto de sus masas

dividido por la distancia entre ellos

                                                                                        al cuadrado

 

Summa poética

Quizás haciendo una pausa en la vía de la introspección, Magallanes publicó recientemente Las letras son dibujos, volumen inclasificable de varia invención que compila minificciones, ensayos fantásticos, fotografías y, desde luego, cientos de dibujos que, reunidos en un volumen compacto —prologado nada menos que por Alberto Manguel—, dan cuenta de los principios estéticos y las obsesiones circulares de su autor, como si de un manifiesto se tratara.

                  Libro tan insólito como divertido, su lectura desconcierta y asombra. ¿Lo vertido es una broma gigantesca? Sin duda, pero elaborada con la absoluta seriedad y la devoción casi mística de los monjes copistas. ¿De qué se trata? De todo y de nada. ¿Es la obra genial de un demente o la locura de un iluminado? Ambas, diría sonriente el gato Cheshire de Schrödinger.

                  Intuyo que Las letras son dibujos marca un alto en el camino en la obra de su autor. Un corte de caja en el que se replantea el camino hacia adelante. Después de todo, este renacentista que parece haberlo hecho todo apenas rebasa la cincuentena.

Su gráfica, señalada por muchos —no exentos de envidia— como excesivamente básica nunca deja de evolucionar para permanecer reconocible tras tres décadas de labor.

Se antoja pensar que, al igual que Hokusai, nuestro poeta diseñador está convencido de que al acercarse a los ochenta años será un mejor dibujante, que sin duda al cumplir el siglo estará orgulloso de sus imágenes y que indudablemente para cuando alcance los ciento veinte años se consagrará como un gran maestro. Estoy seguro de que así será.

                  Sólo espero estar ahí para atestiguarlo. +

 

Bernardo Fernández, Bef es dibujante y novelista. Es diseñador gráfico de formación, pero ya se le quitó.