Nadie construye solo

Nadie construye solo

A treinta años de fundar su despacho, Aisha Ballesteros, Benedikt Fahlbusch y Javier Sánchez publican Built in Mexico City e insisten en una idea incómoda para el mito del arquitecto genio: nada de esto lo hizo una sola persona.

Una fábrica de hielo abandonada, sin catalogación patrimonial ni valor aparente en el mercado, se convirtió hace años en la oficina de JSa. El despacho decidió rescatarla en lugar de derribarla, y ahí trabajan, desde hace treinta años, los tres socios que hoy firman Built in Mexico City, el libro que Rizzoli publica con textos propios y ajenos.

Que el libro incluya textos de un crítico de arquitectura, una curadora y dos cocineros no es un gesto de marketing cultural. JSa lleva tres décadas negociando, y su mirada sobre cómo se vive un espacio construido vale tanto como la de cualquier crítico especializado. Es una manera de admitir, desde la portada, que un edificio termina de escribirse cuando alguien más lo usa, lo cocina, lo administra o simplemente pasa por ahí todos los días.

Aisha Ballesteros, Benedikt Fahlbusch y Javier Sánchez fundaron el estudio en 1996, treinta años después, la conversación con los tres desmonta justamente esa fantasía: la del arquitecto como autor único, plantado frente al lienzo en blanco. Howard Roark, el héroe libertario de El manantial, dinamitaba edificios antes de permitir que alguien tocara su diseño. JSa hace lo contrario: deja que la ciudad, el cliente, el vecino y hasta el herrero metan mano, y construye su relato de treinta años precisamente alrededor de esa renuncia.

“Nuestras aproximaciones arquitectónicas comienzan siempre a partir primero de la zona, luego de la calle, para finalmente también llegar a la banqueta”, explica Ballesteros. El orden no es casual: primero el barrio, después el predio. “El edificio no termina en el predio”, repiten en el libro, y la frase funciona casi como un manifiesto contra la arquitectura que se piensa a sí misma como objeto autónomo. Un edificio, para JSa, es apenas la parte visible de una negociación con todo lo que ya estaba ahí antes de que llegaran los planos.

Esa negociación se vuelve incómoda cuando el barrio en cuestión es la Condesa o la Roma, zonas que hoy cargan el estigma de la gentrificación. Ballesteros pide matizar el diagnóstico: la Condesa, recuerda, “siempre fue un barrio acomodado”, y la intervención inicial del despacho no fue desplazar a nadie sino redensificar una zona que el sismo de 1985 había vaciado de habitantes. Traer gente de vuelta no es lo mismo que sacar gente afuera, aunque ambos procesos terminen subiendo el precio del metro cuadrado. Es una distinción que rara vez sobrevive a un hilo de redes sociales, pero que en la mesa de diseño importa, y mucho.

Benedikt Fahlbusch, el socio que llegó de Berlín en 2004 con una tesis sobre la revitalización del Centro Histórico, insiste en que esa negociación colectiva se juega literalmente a ras de piso. Caminar junto a una barda ciega o caminar frente a una tiendita, un café, un patio abierto: la diferencia no es estética. Es de vida, y a veces de seguridad. “Esas son las decisiones que tienes que tomar cuando estás haciendo el proyecto, cómo quieres que tu edificio se realice”, explica. El reglamento a veces ayuda y a veces estorba, pero la planta baja siempre es territorio compartido con quien pasa por ahí sin haber pedido permiso para existir en esa cuadra.

Si la arquitectura es un servicio, como dicen los tres, entonces sirve a demasiados amos a la vez: al cliente que paga, al usuario que habita el espacio, a un barrio entero y a una ciudad que además absorbe todo lo que ahí se construye. Fahlbusch lo resume con una imagen que cualquiera que haya mediado una junta reconocerá de inmediato: “todos tienen la razón, solamente los intereses de cada uno no necesariamente están en la misma esquina del cuarto”. El arquitecto, entonces, deja de ser autor y se vuelve algo más parecido a un psicólogo de grupo, alguien que reparte turnos de palabra entre partes que casi nunca se escuchan entre sí. “Mucha crema”, dice, “porque si no te desgasta”. La expresión es coloquial y exacta: hace falta paciencia industrial para que un edificio salga sin que nadie termine pensando que perdió.

Esa colectividad no se detiene en la mesa de negociación. Baja hasta la obra, donde JSa dice haber encontrado algo que en otras latitudes ya se perdió: la posibilidad de sentarse con el herrero o el albañil a resolver un detalle sobre la marcha. Aisha Ballesteros lo plantea casi como un aviso a los recién egresados: “la verdadera profesión comienza el día que sales de la escuela”. El plano es una hipótesis; la obra, con sus artesanos y sus imprevistos, es donde esa hipótesis se corrige en tiempo real, muchas veces para bien. Es un tipo de coautoría que no aparece en ningún crédito y que, según cuentan, todavía es posible en México con una naturalidad que sorprende a colegas de otros países, donde el costo, el clima o el reglamento cierran esa conversación antes de que empiece.

El siguiente capítulo de esa negociación colectiva, adelantan, ya no se libra tanto en la fachada como bajo tierra. Ballesteros señala la crisis hídrica y el aprovechamiento del espacio como los retos que definirán la próxima década del despacho, y ambos tienen algo en común: no se resuelven edificio por edificio ni firma por firma. El agua, como la calle, es un recurso que nadie posee del todo y que exige el mismo tipo de acuerdo trabajoso que ya practican con vecinos, autoridades y artesanos. Treinta años de negociar una banqueta a la vez no garantizan nada frente a un problema de escala metropolitana, pero sí dejan un método.

Javier Sánchez, que se incorpora más tarde a la charla, ofrece el cierre menos triunfalista posible para un libro que celebra treinta años de trayectoria. Tanto tiempo en el oficio, dice, no le da certezas: le impone la obligación de volver a empezar en cada proyecto, porque ni el arquitecto ni la ciudad son ya los mismos de antes. No hay fórmula que se pueda repetir sin que la realidad la desmienta a medio camino. Es una postura extrañamente humilde para alguien con casi doscientos proyectos construidos, y también la más honesta: si la ciudad cambia de colectivo todo el tiempo, la arquitectura que le sirve difícilmente puede ser obra de una sola cabeza fija.

Built in Mexico City llega entonces menos como un monumento a JSa que como una fotografía de un método: un libro organizado por rumbos de la ciudad, con voces prestadas de cocineros, curadores y críticos que no diseñaron un solo muro pero que ayudan a explicar por qué esos muros importan. El verdadero premio, según los tres, no es el libro ni el reconocimiento sino algo más modesto y más difícil de fotografiar: volver años después a un edificio y encontrarlo habitado, transformado por gente que nunca conocieron y que hizo suyo lo que empezó como un plano ajeno. Esa es la firma que de verdad les interesa, y no lleva un solo nombre.

 

Este libro es para quien camina todos los días junto a una barda ciega o a una tiendita, y nunca pensó que alguien decidió eso en una mesa de diseño.

 

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