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Alberto Lati, o el arte de viajar el mundo con un balón en la mochila

Por Herles Velasco Ruvalcaba 

Hay periodistas que persiguen la noticia y hay periodistas que persiguen la curiosidad. Alberto Lati pertenece, sin discusión, a la segunda especie; esa estirpe en vías de extinción que entiende que el oficio no es llegar primero sino llegar mejor. A esa convicción dedica una frase que debería enmarcarse en cualquier escuela de comunicación: “ser periodista no implica la obligación de tener la primera nota, sino tener la primera confirmación”. Dicho así, parece una obviedad,  pero en la era de la dictadura del clic, concepto que él mismo ha repetido cuando habla del estado del periodismo deportivo, sostener esa idea es casi un acto de resistencia.

Lati nació en el otrora Distrito Federal en 1978 y pidió trabajo en Televisa a los diecisiete años con un currículum de risa, secundaria y preparatoria, nada más. El Che Ventura, mítico jefe de redacción, lo recibió con una sentencia que se volvió leyenda íntima: “Te gusta el futbol, pero no sabes de futbol. Quieres trabajar en televisión, pero no sabes de televisión. Vente y si aprendes, te contratamos”. Aprendió. Vaya que aprendió.

Hijo de un comerciante mexicano hijo de inmigrante sirio, criado con la idea de que el deporte es un asunto demasiado serio para tomárselo a la ligera, Lati copió a los once años, a mano, una enciclopedia futbolera completa del Mundial de México 86. Cuando le faltaron dos tomos, fue a la hemeroteca de Ciudad Universitaria y los transcribió letra por letra. Su madre, dicen las crónicas, todavía guarda aquel cuaderno. Toda obra ulterior es prolongación de aquel acto fundacional: copiar el mundo a mano para entenderlo.

El balón como brújula

La Eurocopa de 2000, en Holanda y Bélgica, fue su primera corresponsalía grande. Tenía apenas veintidós años, iba “impregnado de valores de campus, con intereses de tipo arquitectónico, histórico, filosófico, sociológico, psicológico, literario, musical, gastronómico, teatral…”. De ese amasijo de curiosidades salió su firma: un periodismo que se niega a separar la jugada del barrio donde se juega, el gol del régimen político que lo aplaude, el estadio del cementerio que lo bordea.

Le bastó una entrevista con Zinedine Zidane, que en aquella época hablaba francés e italiano, para entender que “si no aprendía otras lenguas, no podría competir con los mejores enviados especiales del mundo”. La decisión fue radical: aprender, uno tras otro, los idiomas necesarios para entrevistar sin intérprete. Hoy se mueve en doce: español, inglés, francés, italiano, alemán, hebreo, griego, japonés, mandarín, portugués, ruso y zulú; y en 2021 fue aceptado como miembro de la Asociación Internacional de Hiperpolíglotas (HYPIA), un club casi clandestino de personas que dialogan en plural.

Vivió en Tokio, Atenas, Múnich, Beijing, Johannesburgo, Londres y Río de Janeiro. Ha visitado, hasta hoy, cerca de cien países. Cuando le preguntan por la clave para adaptarse a lugares tan distintos, repite una idea sencilla y casi zen: “Japón no se iba a adaptar a mí. Yo me tenía que adaptar a Japón”. Ése es el planteamiento medular de Latitudes: Crónica, viaje y balón (Debolsillo, 2016), su primer libro, en el que el balón funciona “como brújula, para viajar a los países y hablar de todo menos de deporte”.

Los rostros entrevistados

La lista de sus entrevistados es delirante y conmovedora a la vez. Por un lado, los semidioses del deporte: Pelé, Maradona, Cristiano Ronaldo, Michael Phelps, Roger Federer, Usain Bolt, Michael Schumacher, Yelena Isinbayeva. Por otro, los Nobel de la Paz: el Dalai Lama, Rigoberta Menchú, Óscar Arias. También políticos que detonaron el siglo (Lech Wałęsa, Frederik de Klerk, Shimon Peres, Ban Ki-moon) y figuras de la cultura pop más alta: Madonna, Peter Gabriel, John Paul Jones, Damon Albarn, Chris Cornell, los Scorpions, Muse, Plácido Domingo, Zubin Mehta, George Clooney, Keira Knightley, Ralph Fiennes, Carlos Fuentes, Nadine Gordimer.

Lo asombroso no es la lista; es lo que hizo con ella. En vez de presumir el catálogo, Lati cuenta en qué momento exacto un personaje se le rompió en las manos. A propósito de Bill Clinton, contó que no le preguntó por sus años de poder, como hace todo el mundo, sino por aquella derrota electoral a los 29 años, cuando perdió la gubernatura de Arkansas. “Su respuesta fue perfecta”, dijo. No reveló cuál; uno sospecha que ahí, en ese tipo de pregunta, está el corazón de su método.

Del periodismo a la literatura y de la literatura a los refugiados

Durante años pospuso la idea de escribir libros. Alguna vez contó que se topó con una frase de Hermann Broch que lo paralizó: “Cuando los periodistas quieren hacer libros es como si un insecto menor quisiera convertirse en la gran cucaracha”. Tardó en superar ese vértigo. Hoy va por su noveno título. Después de Latitudes vinieron la novela Aquí, Borya (Grijalbo, 2018), 100 dioses del Olimpo. De niños a superhéroes (Plan B, 2020), 20 pelotazos de esperanza en tiempos de crisis (Plan B, 2020), 100 genios del balón (Plan B, 2019), Genios del Mundial 2026. De niños a cracks (Ediciones B, 2026) y Genios de Qatar (Plan B, 2022), una saga pensada para que niñas y niños descubran que detrás de cada ídolo deportivo hay un relato de pobreza, migración o discriminación.

Esa pulsión humanista, difícil de fingir, lo llevó a colaborar con ACNUR, la agencia de la onu para los refugiados. En julio de 2021, días antes de los Juegos de Tokio, fue nombrado  Embajador de Buena Voluntad. Desde entonces ha prestado su voz, sus redes y su rostro a campañas como #ConLosRefugiados. Es, también, una manera de cerrar el círculo: si pasó la vida cruzando fronteras por trabajo, su causa humanitaria son justamente quienes cruzan fronteras porque no tienen más opción.

Contra el grito, la pausa

En un ecosistema dominado por el alarido, donde el periodismo deportivo confunde demasiadas veces el debate con la rabieta, Lati elige el camino opuesto. Ha dicho que a ratos se siente “muy emocionado, porque van surgiendo muy buenas plumas” y a ratos “descorazonado, porque la infografía nos está pasando, porque la inmediatez de las redes sociales nos está pisando. La dictadura del click nos está aplastando”. La frase suena a manifiesto, pero también a confesión: él escribe contra eso.

Lo confirma una respuesta deliciosa que dio cuando le pidieron su epitafio, contestó dos palabras: 

“Fue feliz”.

En esa misma entrevista llamó al viaje “una adicción” y “otra forma de viajar” a la lectura. Su vida, portar la antorcha olímpica en Londres 2012, recibir un Honoris Causa en el World Knowledge Summit 2021, narrar la ceremonia de París 2024 con Claro Sports, planear ya la cobertura de los Juegos de Invierno 2026, sugiere que la dosis nunca le ha bastado.

Quizá por eso esta nota termina pareciendo lo que es: una carta de amor. No al periodista deportivo que conoce a Cristiano y Messi, sino al cronista que entendió antes que muchos que el deporte es sólo una excusa decorosa para hablar de lo que importa: la guerra, el exilio, los acentos, los niños copiando enciclopedias a mano, la primera confirmación antes que la primera nota. En tiempos en que todos quieren ser tendencia, Alberto Lati persiste en ser brújula. Y a sus lectores, espectadores y oyentes nos queda la mejor noticia posible: que sigue, terco y curioso, en marcha.+