Las irrefrenables ganas de ser editor: entrevista con Edgar Krauss

Las irrefrenables ganas de ser editor: entrevista con Edgar Krauss
05 de marzo de 2020
Yara Sánchez De la Barquera Vidal

Edgar Krauss es un hombre de letras; las páginas impresas lo han marcado desde su primer trabajo hasta nuestros días: al principio vendía libros, después comenzó a crear revistas y, desde hace varios años, es editor de libros. Sus huellas están en Grijalbo, Mondadori, Lumen, Tusquets y el Fondo de Cultura Económica. Hoy tiene a su cargo la filial de HarperCollins en México. Esta casa —una de las más antiguas y grandes del mundo— apenas comienza a operar en América Latina y su catálogo está en desarrollo; sin embargo, cuando revisamos la lista de los títulos más vendidos, pronto notamos que dos de los cinco del top se publicaron bajo su sello. “Este es el mérito de un pequeño guerrillero que compite contra las editoriales más grandes”, me dice Edgar.

Conversar con Krauss es muy simple, apenas se necesitan unas pocas palabras para que el diálogo se adueñe del espacio.

“Yo empecé mi carrera como librero. En ese momento me di cuenta de la existencia de muchísimos libros que quería leer y reunir en mi biblioteca. La necesidad de recorrerlos y poseerlos ha sido implacable. Por eso, cuando trabajé en la librería el Parnaso, me la pasaba comprándolos a crédito. Aún tengo un cheque de esos días, está enmarcado y es uno de mis mayores orgullos: es el sueldo más bajo que he recibido, apenas cobré siete pesos por todo lo que debía. No pudo ser menos, el límite del crédito era mi sueldo. Además de esto, la cercanía con las palabras me daba otras oportunidades: en mis ratos libres me ponía a leer todo lo que me interesaba, el Parnaso fue una experiencia sensacional. Ya después pude montar mi librería en la Casa Refugio gracias al apoyo de Philippe Ollé y Juan Villoro”.

—Sin problema puedo comprender la voracidad lectora, muchos la padecemos, pero ¿cómo llegas a la edición?

“Cuando los libros te atrapan —me responde Edgar sin pensarlo dos veces—, pronto descubres que alguien debió imaginarlos además de su autor. Ese alguien es un ser fantasmal cuya presencia casi siempre es invisible. En las presentaciones, en las entrevistas y en la misma lectura, el autor se revela como la única estrella; nadie, o casi nadie repara en el editor que hizo posible la existencia de ese objeto llamado libro. Él sólo se muestra cuando las cosas salen mal. Si la obra es una maravilla, la gloria casi nunca le corresponde Esto me ocurrió, y así decidí formar parte de la tramoya que está detrás de la creación de los libros. Yo quería darle voz a los autores de mi interés, crear las obras de los temas que me cautivaban. De cualquier manera, quería ser editor, eso me convertiría en un agitador cultural, un cómplice de los autores, un imaginador de los libros que aún no existen”.

—Y al principio… ¿cuáles fueron tus ediciones?

Cuando trabajaba en el Parnaso tuve la idea de publicar una gaceta literaria que sólo tuviera rarezas: textos perdidos, fragmentos olvidados, hallazgos bibliográficos y páginas inéditas. Era profundamente literaria, se distribuía de manera gratuita y, como ya te imaginarás, era financiada por la librería. Hasta hoy he hecho dos revistas además de esa: la que se fundó cuando estaba en la Casa Refugio, y K, por Kafka. Hacer una revista es audaz, atrevido. Pones tu fe en la belleza de la letra y tu riesgo de quebrar es altísimo.

Las revistas son emocionantes y representan una mirada necesaria. Ellas se parecen a la ventana de un tren en movimiento. Tú puedes estar cómodamente sentado y mientras las ojeas das un vistazo a una parte del mundo. Sin embargo, existe un gran peligro, el contenido puede envejecer en un corto plazo: un mes, un semestre, un año. Por esto, en las revistas donde he sido editor, decidí que los artículos no tuvieran una fecha de caducidad y pudieran leerse en cualquier momento, sin que el tiempo los marcara. La solución es simple: no pueden ser noticias de última hora”.

— ¿Cómo pasas al libro?

“Cuando estaba en la Casa Refugio me invitaron a unirme a Random House como editor literario. Yo tenía a mi cargo Mondadori, Lumen y los libros Debolsillo; mi pequeñísimo feudo reunía a dos de los sellos que albergaban a los autores de mayor calidad literaria. También publicaba libros sobre política en Grijalbo: esas obras eran de periodismo aguerrido, belicoso. Después de tres años me fui a Tusquets a hacer libros de literatura, biografías y obras de historia de autores de gran calado como Jean Meyer. Ese tiempo también fue muy gozoso: la experiencia que tenía como editor me dio la oportunidad de ir a la búsqueda de las obras que sólo habían sido soñadas.

En esos días, por ejemplo, tuve la fortuna de trabajar con Álvaro Uribe: una de sus novelas la leímos juntos, línea por línea. Permanecer en su compañía no sólo era descubrir al gramático adentro del escritor, también implicaba introducirme en una obra desgarradora. La edición de Morir más de una vez fue gratísima. Álvaro me propuso su manuscrito. Pero también tuve la fortuna de fabular con otros autores y preguntarles: ¿qué te parece si publicamos un libro sobre…? Era una manera de soltar las velas de la imaginación”.

— ¿Es posible la literatura sin editores?, ¿los libros pueden crearse sin ellos?

“Yo descreo de los blogs, entiendo que en ellos se puede escribir lo que su autor desea; pero siempre les hace falta la mirada de un editor. Lo mismo sucede con la tuiteratura, es divertida, ocurrente, pero nada más. La ausencia de un editor también la marca”.

— ¿Prefieres editar a los vivos o a los muertos?

“Perfiero editar a los vivos, en el Fondo de Cultura Económica pude editar a Hegel, a Heidegger y a Eco, pero no pude trabajar con ellos. El momento en que podía preguntarle “¿doctor Eco, qué opina usted de estos cambios?” jamás existió. Siempre es más emocionante recibir la retroalimentación de un autor que está dispuesto a defender su obra a capa y espada. Evidentemente, pueden existir los desencuentros, pero siempre les digo lo mismo a mis autores: a ti y a mí nos interesa lo mismo, que un libro sea el mejor posible y, así, los lectores serán felices. Este acto es, al mismo tiempo, una vanidad y una locura”. +

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