Vampiras con hambre y un carnaval que no perdona
Claudia Amador convirtió el carnaval de Barranquilla en escenario de un gótico tropical protagonizado por una familia de vampiras. Cinco años de escritura, un Premio Nacional de Narrativa Elisa Mujica y traducciones ya en camino avalan Altasangre.
De niña, Claudia Amador vivía el carnaval de Barranquilla, hoy patrimonio inmaterial de la UNESCO, como un monstruo que se tragaba todo lo demás, incluido su propio interés por el teatro. La reconciliación llegó de a poco, aprendiendo a tocar la tambora y, más tarde, cursando una materia universitaria sobre carnavalización y la obra de Mijaíl Bajtín que terminó de convencerla de que el recurso servía para la literatura tanto como para la calle. “Esto es más gótico que el post-punk ruso”, pensó al escuchar en vivo a una cantadora tradicional, y esa frase resume el giro que le dio a todo el proyecto.
Amador nació en Barranquilla en 1998, estudió literatura en la Universidad Autónoma de Bucaramanga y hoy trabaja como librera en Bogotá. Antes de Altasangre, su ópera prima, ya había publicado cuentos en España, Uruguay y Colombia, y ganado el Concurso Internacional de Cuento Ciudad de Pupiales en 2020 y el concurso Relata en 2022. En 2024 ganó con Altasangre el Premio Nacional de Narrativa Elisa Mujica; la novela, publicada por Laguna Libros, ya tiene traducciones confirmadas al inglés, al danés y al portugués.
La premisa tiene algo de organigrama social: existen las purasangre, una élite vampírica que no oculta su naturaleza porque su poder es aceptado por la sociedad; los humanos, que aspiran a ascender de clase incluso a costa de su propia sangre; y las mixtas, un mestizaje intermedio entre ambos mundos. En el centro está la familia Venterroso, gobernada por la matriarca Julia, y el conflicto arranca cuando llega Julieta, la nieta que rompe el guion familiar porque “tiene mucha hambre y hay que domesticarla”.
Amador lleva años obsesionada con el vampiro como figura, tanto que tiene un tatuaje del tema. Le interesa como campo semántico casi ilimitado: “el vampiro es el apetito incontrolable, es la vida, pero también la muerte”, y a partir de ahí puede leerse como élite decadente, otredad, deseo, lo queer o el migrante. Su lista de referencias incluye Drácula, Nosferatu, Carmilla y una novela reciente de Marina Yuszczuk, La sed, protagonizada por una vampiresa europea que llega a construir Argentina.
De ese proceso salió uno de los hallazgos más celebrados del libro: las malas lenguas, un narrador coral que personifica el chisme. La idea le llegó de golpe después de leer Canto yo y la montaña baila, de Irene Solá, donde unas nubes narran en primera persona del plural. “Las malas lenguas son un narrador”, se le ocurrió a media noche, y la anotó en el celular antes de volver a dormirse.
Otro eje de la novela es el miedo al envejecimiento, encarnado en Julia, que teme menos a la muerte que a que “la piel se deshaga”. Amador conecta ese temor con una violencia simbólica muy real sobre el cuerpo de las mujeres, la misma que empuja el éxito de películas como La sustancia.
Entre las lecturas que la marcaron durante los cinco años de escritura, Amador menciona Al faro de Virginia Woolf, Las voladoras de Mónica Ojeda y los cuentos de Samanta Schweblin, además de una recomendación insistente: En diciembre llegaban las brisas, de la barranquillera Marvel Moreno, una autora que, según Amador, “es tan importante como Gabriel García Márquez” y que merece más lectores de los que ha tenido.