La realidad es un sueño recurrente. Una entrevista con Mircea Cărtărescu

La realidad es un sueño recurrente. Una entrevista con Mircea Cărtărescu

1 de enero 2023

Por Alfonso Funes/Karlos Díaz

Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956) es un poeta y novelista de gran ambición que podemos leer en español gracias a la extraordinaria labor de la editorial Impedimenta. Ha publicado títulos tan significativos como su epopeya poética El Levante, las novelas Lulu, la multipremiada Solenoide y la trilogía Cegador, entre muchos otros. Su obra ha cosechado reconocimiento y prestigiosos permios alrededor del mundo, incluido el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances. Fue en su reciente visita a México para recoger ese importante galardón que pudimos hablar con él y armar, con sus palabras, con el magnífico discurso que dio en la inauguración de la FIL y con su encuentro con los lectores, esta “entrevista aumentada”, que presentamos a nuestros lectores.

¿A qué edad comenzaste a escribir?

Cuando miro hacia atrás, siempre me veo con un libro en las manos. Y, como leía mucho, tanto poesía como prosa, en cierto momento sentí la necesidad de escribir, primero poemas, luego relatos cortos. Mi primera novela la comencé a los nueve años: consistía de diez páginas. Pero, en realidad, toda mi escritura inicial fue poética. Publiqué mi primer volumen de poesía a los 24 años y después seis o siete volúmenes antes de pasar a la narrativa. Me pasé a la prosa porque, en cierto momento, me cansé de escribir poesía: llevaba escritas casi mil páginas de poesía. “Suficiente”, me dije, entonces me divorcié de la poesía y me casé con la prosa.  

Pero, al día de hoy, te consideras un poeta.

El narrador Cărtărescu se ha beneficiado terriblemente del poeta Cărtărescu. Todas las raíces de mis libros están en la poesía inicial. He escrito cuentos que en realidad son poemas, novelas que son poemas, ensayos que son poemas, incluso mis artículos tienen algo inasible que llamo poesía. Para mí no hay diferencia, escriba prosa o poesía, o no escriba nada: soy un poeta, siempre lo he sido.

¿Qué función cumple la literatura, y en particular la poesía, en el mundo de hoy?

Recordando a Kafka, mi héroe, diría que la literatura debe ser un hacha que rompa el hielo en la mente de las personas. El artista, en especial el poeta, se ha opuesto siempre al orden, a la disciplina, a las reglas, a los sistemas, en todas las épocas y en cualquier tipo de sociedad. Le han repugnado siempre el conformismo y la hipocresía. Ha refutado las verdades y los valores aceptados por la mayoría. Se ha alzado siempre contra todo aquello que asfixie la libertad humana. La poesía no es entretenimiento y el poeta no es, como piensan tantos todavía, un inadaptado con la cabeza en las nubes. Incluso en las formas aparentemente inofensivas, como un soneto de amor o un poema sobre la naturaleza, la poesía resulta subversiva en los mundos sometidos a un control estricto, pues esos poemas están impregnados de libertad interior. Incluso en ellos existe el fermento de la insurrección y de la desobediencia. El arte de la poesía, siempre a la búsqueda de la belleza, siempre agonizante y siempre resucitada, se ha encontrado invariablemente entre los medios más eficaces para reavivar las conciencias, para despertar la dignidad humana, para preservar la libertad amenazada. La poesía es, de hecho, otro nombre para la libertad.

¿El poder le teme a la poesía?

El poeta es temido y acosado, desde hace miles de años, no sólo por su subversión fundamental. En un relato profético titulado “El informe de Brodie”, Borges habla sobre un mundo humano en profunda decadencia, aletargado, anárquico, lo opuesto a la ciudad platónica. Los miembros de la tribu descubierta por Brodie yacen en el barro, abúlicos, carentes de conciencia de sí mismos y de las instituciones. Pero, de vez en cuando, cuenta Borges, uno de esos que yacen en el suelo se incorpora y, perturbado y alucinado, grita unas palabras que ni siquiera él mismo alcanza a comprender. Si éstas asombran y conmueven a los demás, el que las ha pronunciado es llamado poeta, y a partir de ese momento cualquiera tiene derecho a matarlo. La parábola muestra una vez más cuánta energía sagrada encierra el extraño acto de la poesía. La poesía tiene relación con la supervivencia de nuestra especie.

¿Dónde y cómo escribes?

Mi país es donde está mi familia. He tenido muchas residencias en diferentes lugares (muchas veces en Alemania, en Austria, en Ámsterdam, donde viví dos años), pero en todos ellos me sentía en casa si mi esposa y mi hijo estaban conmigo. No me importa mucho dónde escribo y sólo tengo una o dos exigencias: la primera, estar solo en un cuarto con la puerta cerrada detrás de mí; la segunda es una taza de café sobre la mesa. No necesito que algo especial me traiga inspiración: todo está adentro, in corpo. En cuanto a la escritura en sí misma, sólo escribo una o dos páginas al día, siempre por la mañana, y no añado ni quito nada después. Nunca trabajo con un plan previo o una historia, porque las páginas me son reveladas cuando empiezo a escribirlas. Para mí la escritura no es un trabajo ni un arte, sino un acto de fe, una suerte de religión personal.

¿Qué tanto de específicamente rumano hay en tu literatura?

Reconozco la influencia de muchísimos poetas y escritores rumanos. Hay un aspecto carnavalesco que sin duda es rumano. El creador del dadaísmo fue un rumano, Tristan Tzara, y el del teatro del absurdo, otro rumano, Eugene Ionesco: llevamos la ironía y el humor en la sangre. ¿Sabes? A Rumania a veces la consideran como un país latinoamericano perdido en Europa. Las similitudes con ustedes resultan asombrosas: la misma sangre y lenguaje latinos, la misma diferencia entre ricos y pobres, la misma corrupción, los mismos delincuentes en el poder. No es de extrañar que nuestra literatura, incluyendo la mía, también esté atravesada por una línea fantástica, exuberante y profunda.

Háblanos de la frontera entre realidad y fantasía.

Yo creo que la realidad es uno de los sueños soñados por nuestra mente; un sueño recurrente que tenemos todos los días y que se alterna con los sueños nocturnos. Esta forma de ver las cosas me ayuda a la hora de escribir, me ayuda concebir este continuum entre la realidad y lo fantástico; entre lo cotidiano y lo mágico; entre la vida más brutal y las visiones. Si una persona tiene unos compartimentos claramente definidos entre la realidad y los sueños, creo que no podría hacer eso. Yo no tengo una frontera clara entre poesía y prosa, entre vida y sueño, entre lo libresco y la vivencia, sino que intento beneficiarme de todo ello.

¿Y cómo es que algo tan personal se puede comunicar?

La comunicación literal es imposible. Los grandes filósofos, como Ludwig Wittgenstein, demostraron esto con gran claridad. Pero la gente se comunica indirectamente, a través de la empatía, que nos ayuda a entender lo que sucede en el alma de las otras personas y a entender indirectamente el sufrimiento de los otros: no directa, sino indirectamente, accediendo a los sentimientos propios. Éste es también el mecanismo que hace posible el entendimiento humano a través del arte y la literatura. A través de la literatura puedes comunicar tu propio dolor, tus sufrimientos, tu dicha, tu amor por otras personas, que entonces también lo sentirán. Así que el hecho de que, a través de la empatía, mucha gente de diferentes culturas y civilizaciones puedan entender lo que yo comunico resulta muy satisfactorio. Siempre he querido darle regalos a la gente, y no enfrentarlos con problemas difíciles de resolver. Lo que me interesa en el arte es la belleza.

¿Nos puedes hablar de tus influencias?

Cientos de autores me han influenciado. Me precio más como lector que como escritor. Mis influencias principales provienen de los clásicos de la modernidad, como James Joyce, Robert Musil, Franz Kafka y Virginia Woolf, pero también me influenciaron escritores latinoamericanos como Ernesto Sábato, Cortázar, por supuesto que García Márquez, Juan Rulfo (el Kafka mexicano) y Carlos Fuentes, quien me dejó sin aliento con su obra maestra absoluta, Terra nostra. También los escritores estadounidenses: Thomas Pynchon es una de las mayores influencias en mi obra, y muchos otros, como John Barth y Donald Barthelme.

¿Escribes con más seguridad que antes, ¿te ha enseñado algo la experiencia?

No. Mi último libro ha sido escrito con el mismo pánico, el mismo miedo al fracaso que el primero. Desde mi punto de vista, la inocencia viene después de la experiencia (al contrario de Blake): esa idea de que los escritores se van depurando hacia el final, aunque tiene algo de cliché, tiene también algo de verdad: te acabas aburriendo de la sofisticación.

¿Qué proyectos tienes ahora?

Continuar escribiendo. Nadie que ande en bicicleta mira hacia atrás, porque de otra forma se va a estrellar contra un árbol.

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