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López Velarde, un lexicón

López Velarde, un lexicón

19 de julio de 2021

Julio Trujillo

En una página acaso olvidada, Juan José Arreola confiesa: “Sueño en un vocabulario ilustrado de La suave patria, y luego en la ‘enciclopedia personal’ de Ramón López Velarde. Porque a cada paso se me ocurren las consultas que todavía me planteo después de sesenta años de lectura”. Tiene razón, se antoja y hace falta un glosario, o un diccionario que nos ayude a descifrar las muchas claves que López Velarde sembró en su obra. Nosotros somos incapaces de hacerlo, pero jugamos con la idea de un vocabulario brevísimo, relampagueante, de un lexicón para principiantes.

Aquí compartimos un primer esbozo:

ÁGUEDA

“Mi prima Águeda” es un hermoso poema del primer libro de López Velarde, La sangre devota. El poeta recuerda a su prima vestida toda de negro, pero contrastando esa oscuridad con el verde de sus ojos y el rubor de sus mejillas. Esa combinación de colores lleva al poeta a transfigurar, con un golpe de magia verbal, a su prima en un bodegón, en “un cesto policromo / de manzanas y uvas / en el ébano de un armario añoso”. José Luis Martínez dijo que este poema es “un Cézanne sonoro”.

BAUDELAIRE

Alma gemela del poeta mexicano, lectura indispensable en su formación. Ambos son poetas modernos, poetas en situación de ciudad, poetas-críticos y enfermos de spleen. López Velarde le rinde homenaje en dos versos sobre su juventud: “Entonces era yo seminarista, / sin Baudelaire, sin rima y sin olfato”.

CORAZÓN

Bomba de la sangre, epicentro de la circulación, hogar de la metáfora sentimental, el corazón es la Roma a la que llevan todos los versos de López Velarde. Dice Octavio Paz: “Los títulos de sus cuatro libros aluden al corazón: La sangre devota, El minutero, El son del corazón y Zozobra. El corazón, como símbolo y realidad, es el sol de su obra y en torno a su luz, o a su sombra, giran los otros elementos de su poesía”.

DADO

Íbamos a elegir la palabra devoción, tan suya, pero optamos por una rareza. Uno de los trucos de este mago del vocabulario consistía en sacarse de la manga palabras inusitadas, a veces por complejas, a veces por sencillas, siempre sorprendentes. En su prosa “El bailarín” dice: “El bailarín comienza en sí mismo y termina en sí mismo, con la autonomía de una moneda o de un dado”.

EROTISMO

López Velarde escribe casi todo con el filtro del erotismo. La vida es una mujer que él fatalmente procura seducir, y que lo rechaza. Esa tensión es puro eros. “Nada puedo entender ni sentir sino a través de la mujer. Por ella, acatando la rima de Gustavo Adolfo, he creído en Dios; sólo por ella he conocido el puñal de hielo del ateísmo. De aquí que a las mismas cuestiones abstractas me llegue con temperamento erótico”.

FUENSANTA

El nombre es hermoso, y podría ser el pseudónimo de todas las mujeres que López Velarde amó en su juventud; pero Fuensanta existió, vivió y murió como Josefa de los Ríos. En un poema de juventud escribe el autor: “te quise como a una dulce hermana / y gozoso dejé mis quince abriles / cual un ramo de flores de pureza / entre tus manos blancas y gentiles”. Pero la amada, al inicio de Zozobra, agoniza y muere, haciendo de la vida del poeta “una prolongación de exequias”. Josefa de los Ríos muere para vivir como Fuensanta.

MADERO

López Velarde fue declarado maderista, admirador del hombre, fiel a sus ideas e incluso probable redactor secreto del Plan de San Luis. Sobre él escribió estos alucinantes renglones: “En la ergástula de los hombres públicos del día, y aun fuera de ella, causó Madero, por su independencia de rara avis, la misma sorpresa que le produjeron a Cook las zorras azules de la fauna boreal”.

NOVIEMBRE

Al penúltimo mes le dedica López Velarde una prosa en El minutero. Analizarla en detalle requeriría una jugosa beca y acaso un par de años. Si no nos creen, lean nada más el tercer párrafo: “Noviembre, alguacil con tos, noche en que rueda sin mulas la tartana del infierno: sombra de ciprés que abrocha la tapia con la banqueta, para aplastar al gallo de la Pasión, como a un zancudo entre las hojas de un libro de magia negra”.

OBESIDAD

La sexta estrofa del poema “El minuto cobarde” nos regala esta imagen que es una pintura al óleo: “Obesidad de aquellas lunas que iban / rodando, dormilonas y coquetas, / por un absorto azul / sobre los árboles de las banquetas”.

PROVINCIA

Entre la capital de México y la provincia se estira el listón de la sangre del poeta. Escribió desde, para, por y contra la provincia, como si ésta fuera la coordenada única de su brújula atmosférica. No hay Ramón López Velarde sin provincia, sin domingos de provincia, sin provincianas mártires, sin ese margen que, aunque es imantado por el centro, resiste santa, humildemente.

REFRIGERIO

Palabra consentida del poeta. Aparece aquí y allá, en sus artículos, en sus reseñas, en el poema “En las tinieblas húmedas”, pero sobre todo en este poema póstumo, “Mi villa”: “Si yo jamás hubiera salido de mi villa, / con una santa esposa tendría el refrigerio / de conocer el mundo por un solo hemisferio”. ¡Portentoso!

SUAVE

Su poema más famoso, para bien y para mal, es La suave patria. ¿Por qué ese adjetivo para patria? En su primer momento, a Octavio Paz le molestó: “Ni nuestra geografía, ni nuestra historia, ni nuestro temperamento son blandos, delicados o pacíficos, que eso es lo que quiere decir suave”. Pero Paz entiende que López Velarde quiso bajarles tres rayitas a los trompetazos nacionalistas, escribir en tono menor, ya no declamar sino conversar. La patria vista no como unos mariachis de doce integrantes, sino como un trío. Suave.

GENOVEVA

Otro nombre hermoso para sumar a la lista (¡son tantos!). “El piano de Genoveva” no es un gran poema, pero cifra toda la fórmula lopervelardeana: el amor imposible, la diferencia de edades, la devoción. Sus últimos cuatro versos son: “Genoveva, regálame tu amor crepuscular: / esos dulces treinta años yo los puedo adorar. / ¡Ruégala tú al menos, pobre piano llorón, / con sus plantas minúsculas me pise el corazón!”.

HAREM-HOSPITAL

Vida y muerte, sensualidad y enfermedad, eros y tánatos: en el arco trazado entre el harem y el hospital se mece, como un péndulo, el corazón de nuestro poeta. Él mismo así lo escribió en “La última odalisca”: “soy un harem y un hospital / colgados juntos de un ensueño”.

IDOLATRÍA

Íbamos a elegir iglesia, que está presente en toda su obra, pero también lo está la idolatría, que es una forma ciega de la devoción. En Zozobra tiene un poema homónimo en el que se dedica, paso a paso, a idolatrar el cuerpo de la mujer, sus pies, sus rodillas, sus “bustos eróticos y místicos”, su cintura, su peso (que levanta con sus “felices brazos sacramentales”). Y termina: “Que siempre nuestra noche y nuestro día / clamen: ¡idolatría! ¡Idolatría!”

JEREZ

Lugar de nacimiento de nuestro poeta en 1888. Pueblo diminuto al que peregrinan sus lectores más fieles, más devotos. Paraíso perdido, como la infancia, al que quiere y no quiere regresar (pues ese retorno será “maléfico”). Las mujeres jerezanas lo educaron y poblaron su imaginario. López Velarde rescata estos tres versos encantadores de una “señora”: “Cuando busque mi hijo / a su media naranja, / lo mandaré vendado hasta Jerez”.

KIMONO

No encontramos esta palabra en su obra, pero sí en su vida: era un secreto a voces que ramón frecuentaba, en su adorada avenida Madero, una casa de mujeres vestidas con kimono.

LÁGRIMA

En un poema titulado “La lágrima”, López Velarde aporta una imagen extraordinaria: “lágrima con que quiso / mi gratitud salar el paraíso”. Nos deja boquiabiertos, sin palabras, con lágrimas de emoción.

TRECE

Nuestro poeta era supersticioso, algo zodiacal, algo gitano. El número trece, por supuesto, le provocaba calosfríos. “Día 13” es un magnífico poema de Zozobra, que comienza: “Mi corazón retrógrado / ama desde hoy la temerosa fecha / en que surgiste con aquel vestido / de luto y aquel rostro de ebriedad”

URUETA

Jesús Urueta, gran orador mexicano, apodado “el griego” por su afición helenística. López Velarde lo admiraba y escribió sobre él cuando murió: “En los manteles de Urueta la imaginación es la dama de carne y hueso que junta las manos a la altura de la boca y configura con los brazos desnudos la Sublime Puerta de vocablos, emociones e ideas”.

VÍRGENES

En su poema A las vírgenes, López Velarde nos tatúa esta imagen tremenda: “…salís a los balcones / a que beban la brisa / los sexos, cual sañudos escorpiones”.

WILDE

Que sepamos, López Velarde escribió una sola vez este apellido inmortal. Lo hizo en un ensayito sobre Leopoldo Lugones (gran influencia): “Recordamos a Wilde siempre que un caballero nos reseña, en letras de molde, episodios suyos ‘con el escrúpulo de los iliteratos’”.

XAVIER VILLAURRUTIA

Temprano editor de López Velarde, probablemente el autor del primer ensayo serio sobre su obra, en el que nos deja este retrato: “Algo había en su figura que hacía pensar, indistintamente, en un liberal de fines del siglo pasado y en un sacerdote católico de iglesia del interior, que gozara de unas vacaciones en la capital”.

ZOZOBRA

Opus magnum de nuestro poeta, maduración perfecta de su voz. En el libro Zozobra (1919), Ramón López Velarde encuentra su acmé, su momento óptimo, su timbre impar. Acaso tuvo que zozobrar para brillar mejor, como ese último rayo, verde, que se despide el sol un instante después de naufragar. +

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