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Arco: una película sobre el futuro que todavía podemos imaginar

Arco: una película sobre el futuro que todavía podemos imaginar

Arco, el primer largometraje del francés Ugo Bienvenu, hace algo ligeramente distinto: imagina un mundo que ha sufrido las consecuencias de sus propias decisiones, pero todavía encuentra espacio para la ternura. Es una película de ciencia ficción, sí, pero sobre todo es una historia acerca de la amistad, la familia y la posibilidad de cuidar a alguien que aparece en el momento menos esperado.

La historia comienza en 2932, en un futuro donde la humanidad ha conseguido vivir de una manera mucho más cercana a la naturaleza. Arco, un niño de 10 años, utiliza de manera clandestina un traje que permite viajar en el tiempo y termina accidentalmente en 2075. Allí conoce a Iris, una niña que vive en un mundo marcado por la crisis ambiental, los incendios y una creciente dependencia de la tecnología.

El encuentro entre ambos es el corazón de la película. No son héroes destinados a salvar al mundo ni personajes construidos alrededor de grandes discursos. Son dos niños que intentan entenderse pese a venir de épocas completamente distintas. Y precisamente ahí está buena parte de la emoción de Arco: en las miradas, los silencios y los pequeños gestos de cuidado.

Hay algo de Momo, la novela de Michael Ende, en esta idea. En el libro, una niña descubre que los hombres grises están robando el tiempo de las personas hasta convertir sus vidas en algo mecánico y vacío. Arco no plantea exactamente el mismo conflicto, pero comparte una preocupación: ¿qué ocurre cuando el progreso termina alejándonos de aquello que nos hace humanos? En ambos casos, la respuesta parece estar en recuperar el tiempo compartido, la imaginación y la capacidad de escuchar al otro. Compra el libro aquí

Pero si algo hace que Arco sobresalga es su apartado visual. Bienvenu apuesta por una animación en 2D que se siente casi como una ilustración en movimiento. Los escenarios futuristas, los paisajes naturales, los trajes de colores y las estructuras arquitectónicas construyen un universo donde cada encuadre parece pensado como una imagen independiente. La película está llena de colores intensos, cielos imposibles y formas que recuerdan tanto a la ciencia ficción europea como a la sensibilidad visual del anime japonés.

El resultado es particularmente hermoso porque la estética no funciona únicamente como decoración. El color y la luz acompañan los cambios emocionales de los personajes. Frente a la amenaza de un futuro deteriorado, Arco responde con una imagen luminosa. No es una película ingenua: sabe que existen el miedo, la pérdida y la crisis ambiental. Pero decide mirar esos problemas desde la posibilidad de construir algo diferente.

También es cierto que su ritmo pausado y algunas de sus subtramas pueden hacer que la historia pierda fuerza en determinados momentos. La película no busca la velocidad constante de muchas producciones animadas contemporáneas. Prefiere detenerse, observar y dejar que sus personajes respiren. Esa decisión puede no funcionar para todos, pero también es parte de su encanto.

Arco funciona mejor cuando deja de intentar explicar su futuro y simplemente nos recuerda algo muy presente: que ningún avance tecnológico puede reemplazar el afecto, la amistad o la familia.

Ahí reside buena parte de su emoción. Detrás de los viajes en el tiempo, los paisajes futuristas y su deslumbrante animación, Arco plantea una pregunta sencilla pero difícil de ignorar: si pudiéramos mirar el futuro, ¿qué cambiaríamos hoy para que el mundo que dejamos atrás todavía fuera un lugar donde valiera la pena vivir?