El bestiario secreto de Ignacio Padilla
Antes de morir en 2016, el escritor mexicano dejó nueve cuentos sobre monstruos que en realidad hablan de nosotros: Las fauces del abismo es la cuarta entrega de un proyecto que nunca terminó de escribirse del todo.
Ignacio Padilla coleccionaba bestias del mismo modo en que otros coleccionan estampillas o monedas antiguas: con la convicción de que cada pieza, bien mirada, cuenta algo sobre quien la atesora. Las fauces del abismo, publicado por Océano dentro de su colección Hotel de Letras, reúne nueve relatos que forman la cuarta entrega de un proyecto que el propio autor bautizó como Micropedia, una suerte de bestiario personal construido a lo largo de varios libros, con la intención declarada de armar, eventualmente, un gran catálogo de monstruos terrestres, marinos, aéreos y subterráneos. La muerte de Padilla en 2016 dejó ese proyecto trunco, lo que convierte a este volumen en algo más que una colección de cuentos: es también el fragmento visible de una arquitectura mayor que ya no podrá completarse.
El gesto de Padilla no es nuevo en la tradición literaria latinoamericana (ahí están el Manual de zoología fantástica de Borges y el Animalario de Arreola como referencias inevitables), pero su forma de abordarlo sí tiene un sello propio. Donde Borges compila con voluntad enciclopédica y Arreola se mueve entre la fauna real y la inventada con economía aforística, Padilla construye narraciones completas alrededor de cada bestia, con tramas que se enredan en crónicas de viajeros, tratados de alquimia, sermones eclesiásticos y fragmentos del Talmud, todos ellos urdidos con tal precisión lingüística y temporal que el lector empieza, genuinamente, a dudar de qué es erudición real y qué es invención del propio autor. Esa ambigüedad deliberada, ese coqueteo con la falsa cita, es quizá el truco más persistente del libro y el que mejor retrata el oficio de su autor: Padilla quería, según declaró él mismo, un lector dispuesto a preguntarse qué de lo narrado es verdad, porque su propuesta era, en sus palabras, una verdad de las mentiras.
Las criaturas que pueblan el libro funcionan como espejos deformantes de la condición humana. Hay arañas capaces de alterar la memoria de quienes las depredan, hay depredadores invisibles que merodean entre líneas, hay también esas bestias que, según cuenta uno de los relatos, los grandes maestros venecianos empleaban en secreto para fabricar sus espejos más codiciados. El recorrido temático cruza el sufismo, el budismo zen, los gabinetes de maravillas renacentistas y los informes de viajeros europeos del siglo diecisiete, en una miscelánea que más que dispersarse construye una mitología propia: la fiereza animal como metáfora de la fiereza humana, ese territorio donde el monstruo exterior siempre termina hablando de monstruosidades interiores.
Padilla, miembro de la generación del Crack y heredero confeso de una tradición que privilegia el artificio narrativo sobre el realismo costumbrista, escribe aquí con la densidad léxica que lo caracterizó siempre: frases trabajadas, vocabulario que exige diccionario a la mano, estructuras que imitan el tono de viejos manuscritos. Es una apuesta valiente en tiempos de prosa desnuda, aunque también una que exige paciencia: estos no son cuentos para devorar en el transporte público, sino piezas que premian la relectura y castigan la prisa.
Lo que distingue a Las fauces del abismo de un simple ejercicio de estilo es la convicción de fondo que sostiene cada relato: para Padilla, el cuento era la forma literaria donde realmente vivía como escritor, por encima de sus novelas y su teatro, que él mismo describía como accidentes de su verdadera vocación de cuentista. Esa jerarquía se nota en la artesanía de cada pieza, en cómo cada bestia parece haber sido tallada con el mismo cuidado obsesivo que un orfebre dedicaría a una pieza única.
Leer hoy este libro es también un ejercicio de duelo literario discreto: nueve cuentos que funcionan perfectamente solos, pero que duelen un poco más cuando se piensa en todo lo que faltó por escribirse del bestiario que Padilla había imaginado. La crítica especializada lo notó desde su aparición: se le ha comparado, con razón, tanto con el rigor borgiano como con la libertad imaginativa de Arreola, situándolo en una tradición que Padilla conocía de memoria y que supo prolongar sin caer en la simple imitación reverente.
Queda, eso sí, la certeza de que en esas páginas habita uno de los prosistas mexicanos más exigentes de su generación, capaz de convertir el bestiario, ese género aparentemente menor, en territorio de alta literatura. Para quien se acerca por primera vez a Padilla, este libro funciona como puerta de entrada generosa pero exigente: pide lector despierto, dispuesto a perderse entre referencias reales e inventadas, y dispuesto también a aceptar que algunas de las mejores mentiras literarias son, paradójicamente, las que más verdad contienen sobre lo que somos. COMPRA EL LIBRO AQUÍ