50 años de recuerdos

50 años de recuerdos

17 de junio de 2021

Crecí en Coyoacán, a unas pocas cuadras de la glorieta Miguel Ángel de Quevedo y avenida Universidad. Recuerdo que aún no existía la “nueva” librería “Mauricio Achar”. Lo que ahora son las oficinas corporativas de Gandhi, y antes la sucursal de Oportunidades, era por esos años, los ochenta, mi librería de barrio, ésa que siempre visitaba solo o con mis amigos de la secundaria y la prepa. Recuerdo que uno entraba a la librería y hallaba tesoros sobre las mesas de novedades. Allí encontré de todo: desde ediciones maravillosas pero impagables de Siruela en tapa dura con diseños de portada y camisa preciosos, hasta malas ediciones baratas para estudiantes como yo. Por lo menos una vez a la semana paseaba por la librería y compraba, aunque fuera, un libro de Alianza Bolsillo.

Recuerdo que muchas veces corría el rumor de que el dueño de la librería estaba allí, en la parte superior, en el primer piso. Se hablaba de él, de que jugaba ajedrez todo el día o recibía pintores y escritores importantes y famosos. Nunca lo vi en esa época, pero muchos años después, ya como director de una editorial, conocí por fin al dueño de Gandhi. Mi querido amigo y mentor, René Solís, lo había invitado a la editorial a que viera los saldos que teníamos a su disposición para la sucursal de Oportunidades de Gandhi. Mauricio llegó muy tarde a la editorial, riendo fuerte y con una charola llena de pastelitos y galletas de El Globo, que nos trajo de regalo. Se sentó a charlar con nosotros por un buen rato, comiendo los manjares antes siquiera de asomarse a ver los libros. Después de un buen rato de hablar de todo y de nada y de reír a carcajadas, Mauricio dijo que sí le interesaba comprar los saldos (ni los vio), pero que los quería a precio de saldo del saldo. Por supuesto, le dijimos que sí, lo que él quisiera.

Poco después conocí a Pepe y Emilio Achar y a Mario Nawy. Me quedó clarísimo que Gandhi había quedado en muy buenas y competentes manos, y que tenía un futuro brillante por delante. Pero hay un problema: confieso que, en todos los años que tengo de conocerlos, ni Pepe, ni Emilio, ni Mario me recibieron nunca con pastelitos de El Globo comprados especialmente para mí. +

Obligado referente de juventud: la Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo. Habitábamos una ciudad de pocas librerías con novedades; tan grande ella y tan chiquita su oferta. Siempre estábamos ahí: yo, viendo a mis amigos “abstractos” (así les decía) jugar ajedrez en el piso de arriba o buscando una conversación. Recuerdo un libro (todo libro es una huella): Tiempo de abrazar, de Onetti, comprado con emoción en sus pasillos, sintiéndome un poquito el señor Equis (otra referencia). Me apresuraba a salir de ahí para abrir las páginas oliendo a nuevo, e instalarme en el parque de al lado para comenzar lo que en ese entonces fue para mí un ejercicio de lectura devoradora de muchos, muchos libros, solo, construyendo una vida mental atizada por los ejemplares de la Gandhi. Ahí conocí (pero él no lo recuerda) a David Huerta, en la presentación de un libro del gran Enrique Maza, alma de la revista Proceso. Tanto él, David, como ella, la librería Gandhi, fueron figuras tutelares de mis años de búsqueda, muy sureños, muy coyoacanenses, muy loquillos. Permanecen como una coordenada imborrable de mi buena y mala educación. +

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