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El pasado no es inocente: Enrique Serna vuelve al mundo mexica para mirar el poder de frente

El pasado no es inocente: Enrique Serna vuelve al mundo mexica para mirar el poder de frente

¿Qué ocurre cuando la historia deja de ser un monumento y vuelve a convertirse en un territorio incómodo? En El dios hambriento, Enrique Serna regresa al mundo mexica para contar uno de los momentos decisivos en la construcción de su poder, pero lo hace lejos de la postal heroica con la que suele representarse el pasado prehispánico. En sus casi 600 páginas, la novela reconstruye una época atravesada por la guerra, la religión, el deseo y las disputas por el poder, mientras establece ecos inquietantes con el México contemporáneo.

Serna sitúa la historia en el momento en que comienza a consolidarse el Imperio mexica, cuando las victorias militares conviven con una profunda transformación religiosa. La quema de códices impulsada por Tlacaélel permite, dentro de la novela, leer la historia como un instrumento político: reinventar el pasado también significa decidir qué pueblo se quiere construir en el presente.

De ahí surge uno de los conflictos centrales de la novela. Por un lado está Tlacaélel, ideólogo de un Estado teocrático y militarista sustentado en la guerra sagrada y el sacrificio; por otro, Nezahualcóyotl, poeta y gobernante cuya visión se encuentra mucho más cerca de una concepción humanista del mundo. Serna convierte esta oposición histórica en un enfrentamiento de ideas: dos maneras de entender el poder, la religión y el destino de una sociedad.

La investigación que sostiene la novela parte, entre otras fuentes, de la obra de Miguel León-Portilla y de su estudio sobre la filosofía náhuatl. Pero Serna no pretende levantar una reconstrucción arqueológica del pasado. Su propósito es más literario: hacer que el lector pueda imaginarlo. Como explica, la novela histórica no necesariamente busca reconstruir el pasado, sino conseguir que el lector lo sueñe; para ello necesita una reconstrucción suficientemente rigurosa como para que la ficción resulte verosímil.

Esa búsqueda también implicó un desafío lingüístico. Por primera vez, Serna escribió personajes que hablan una lengua distinta a la suya. En lugar de recurrir a un español artificialmente arcaico, decidió construir una voz vinculada con el náhuatl, aprovechando la relación profunda entre esa lengua y el español mexicano contemporáneo. El objetivo era que la distancia histórica no volviera incomprensible la novela, sino que enriqueciera su lenguaje.

Pero el poder no se juega únicamente en los templos o en los campos de batalla. También pasa por los cuerpos y los afectos. Las relaciones de Tlacaélel y Nezahualcóyotl con personajes como Chimalma y Quilaztli introducen una dimensión política y erótica que permite mostrar cómo el deseo puede intervenir en las decisiones de los hombres que gobiernan. Serna reconoce que necesitaba estas perspectivas femeninas para romper con una historia dominada por la mirada masculina y la lucha por el poder.

El resultado es una novela que se resiste a idealizar el pasado. Serna quiere mostrar tanto las aportaciones extraordinarias de la cultura prehispánica como sus contradicciones y violencias. Gastronomía, arquitectura, cerámica y poesía forman parte de una herencia invaluable, pero también lo hacen la conquista, los tributos, la crueldad y la dominación. Para el autor, esa mirada contradictoria resulta especialmente necesaria en un momento en que la historia vuelve a utilizarse como herramienta de propaganda política.

Ahí es donde El dios hambriento deja de ser solamente una novela sobre el siglo XIV. Su verdadera provocación está en recordarnos que ninguna sociedad posee un pasado completamente limpio y que convertir la historia en una colección de orgullos nacionales puede ser otra forma de dejar de pensar. Serna no vuelve a los mexicas para decirnos quiénes fuimos, sino para preguntarnos qué hacemos hoy con aquello que heredamos. COMPRA EL LIBRO AQUÍ