Certificado de autenticidad no incluido

Certificado de autenticidad no incluido

Un Vermeer que no pintó Vermeer, una canción de Drake que nunca cantó. Por qué la obsesión con lo genuino se agudiza justo cuando resulta más fácil fingirlo, y por qué, mirándolo bien, ese miedo dice mucho acerca de quiénes somos.

Aldous Huxley imagina, en Un mundo feliz, a una sociedad que usa el soma (una droga) y condicionamientos para que nadie sienta emociones incómodas ni desee nada distinto a lo que el sistema ofrece. La “felicidad” se logra eliminando la individualidad: todos son felices porque nadie es realmente él mismo. George Orwell alerta en 1984 acerca de telepantallas que vigilan cada gesto mientras el “neolengua” reduce el idioma para que ciertos pensamientos se vuelvan literalmente imposibles de formular. Si no hay palabras para la rebeldía o el amor, la tecnología no solo controla la conducta, sino la capacidad misma de pensar de forma auténtica. Kurt Vonnegut dice en Player piano que la automatización total ha dejado a la mayoría sin trabajo ni propósito; las máquinas hacen todo mejor que los humanos. La autenticidad, entendida como un fenómeno de lo humano, parece ser un tema de ciencia ficción, la realidad es que es un tópico que ha recorrido el mundo del arte, la literatura y la filosofía más allá del Sci-Fi.  Veremos por qué, sobre todo en estos tiempos, nos importa tanto.

En 1937, el historiador neerlandés Abraham Bredius tuvo delante un cuadro que nadie conocía y sintió un temblor: ahí estaba el eslabón perdido entre la juventud y la madurez de Johannes Vermeer. Escribió que era la obra maestra del pintor de Delft; estaba equivocado. El cuadro lo había pintado, meses antes, un falsificador llamado Han van Meegeren, que odiaba a los críticos casi tanto como amaba a Vermeer. El experto más preparado del mundo no distinguió lo auténtico de su simulacro, con lupa y microscopio en mano. Contamos esta historia porque creemos que nos incumbe a todos, no únicamente a los historiadores del arte: en esta anécdota, que podría no salir de una simple curiosidad o dato de sobremesa, se muestra que la línea entre lo genuino y su copia es más frágil de lo que nos gusta admitir, que necesitamos creer en ella, y que se extiende a terrenos que van más allá de la cultura y el arte.  Pero empecemos por el principio.

La palabra y sus dos mitades

En filosofía, ser auténtico es vivir de acuerdo con lo que uno realmente es, según la idea que desarrolló Martin Heidegger a principios del siglo XX, y que hoy suena a consejo de superación personal aunque el filósofo alemán la pensara bastante más áspera. En el arte la palabra se parte en dos: la autenticidad nominal, que solo pregunta si esta obra la hizo quien dice haberla hecho, y la autenticidad expresiva, que pregunta si lo que la obra transmite nace de un impulso propio del autor. Un original mediocre tiene la primera. Una copia genial, a veces, se queda con la segunda. La cosa se complica cuando la emoción la genera un fake.

El aura, o lo que de verdad estamos buscando

En 1936 el filósofo Walter Benjamin publicó La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica y acuñó el término aura para nombrar algo difícil de explicar y fácil de sentir: la presencia única de una obra en un tiempo y un lugar, su aquí y su ahora irrepetibles. Una fotografía de la Mona Lisa puede ser perfecta y aun así le faltará siempre lo mismo, no está en el Louvre un martes cualquiera con la luz cayendo de determinada manera. Creemos que el aura nunca fue solo un asunto de museos: es la misma sensación que perseguimos cuando elegimos el mercado local en vez del supermercado, el pueblo sin señal en vez del resort, la carta escrita a mano en vez del mensaje de texto. Queremos tocar, aunque sea de lejos, el momento en que algo sucedió una sola vez. Benjamin pensaba en la imprenta, la fotografía y el cine, tecnologías que multiplicaban la imagen y licuaban esa presencia. Nos parece que acertó en algo más profundo de lo que él mismo pudo prever: si la reproducción mecánica ya ponía en jaque el aura de un cuadro de Velázquez, un sistema que no copia una sola obra sino que aprende de miles a la vez y devuelve una imagen nueva, no erosiona el aura poco a poco, la salta de un brinco.

Un plagio perfecto

La literatura hizo su propio experimento con esto antes de que existiera la palabra deepfake. En 1939 Jorge Luis Borges publicó Pierre Menard, autor del Quijote, sobre un escritor francés que reescribe, palabra por palabra, el mismo texto que Miguel de Cervantes había escrito tres siglos antes. Borges sostiene, con toda seriedad, que el fragmento de Menard es más rico que el original, porque las mismas palabras, escritas en el siglo XX, cargan un sentido que en Cervantes ni siquiera era posible. Nos parece la idea más incómoda de todo este tema: si el texto es idéntico y el sentido cambia según quién lo escribió, la autenticidad nunca vivió en la página vive en otro lado, en nosotros.

El Vermeer que no era

Volvamos a Van Meegeren. Su falsificación más lograda, Los discípulos de Emaús, engañó a Bredius y a media Europa culta, y se vendió por una fortuna equivalente hoy a varios millones de dólares. Van Meegeren siguió pintando falsos Vermeer, incluido uno que terminó en la colección de Hermann Göring. Cuando lo acusaron de vender patrimonio a los nazis, confesó algo peor: no había traicionado a su país, lo había estafado. Nadie le creyó hasta que pintó un Vermeer más frente a un tribunal. Lo condenaron a un año de cárcel y murió de un infarto antes de pisar la celda. Sus falsificaciones, firmadas ahora como Van Meegeren, siguen en museos y valen dinero real. Creemos que ahí está la prueba: la autenticidad nominal nunca fue propiedad del objeto, sino un contrato que el mercado firma y a veces rescinde.

Con amor, M.U.C.

En el verano de 1952, en la Universidad de Manchester, el programador Christopher Strachey escribió un programa para la Manchester Mark I que producía cartas de amor combinando al azar un puñado de sustantivos, adjetivos y adverbios sacados de un tesauro. El resultado se firmaba siempre igual: M.U.C., las siglas de Manchester University Computer, y decía cosas como Darling Sweetheart, you are my avid fellow feeling”. El colega de Strachey en ese departamento era nada menos que Alan Turing, quien un par de años antes había propuesto su famosa prueba para saber si una máquina piensa. Es una ironía que casi nadie recuerda: antes de que a una IA se le pidiera resolver ecuaciones o jugar ajedrez, se le pidió declararse. Turing y Strachey, ambos hombres homosexuales en la Inglaterra donde eso era delito, encontraron la ocurrencia hilarante; sus colegas, que la juzgaron una frivolidad indigna de un departamento serio, prefirieron no reírse.

La firma del algoritmo

En octubre de 2018, Christie ‘s subastó Edmond de Belamy, un retrato generado por una red neuronal, en 432,500 dólares. Cuatro años después, Jason Allen ganó el primer lugar en artes digitales de la Feria Estatal de Colorado con Théâtre D’opéra Spatial, hecha con Midjourney. Lo que siguió fue poco agradable: acusaciones de trampa, amenazas. Cuando Allen intentó registrar los derechos de autor, la Oficina de Copyright de Estados Unidos se negó: sin autor humano no hay nada que proteger. En abril de 2023 pasó algo parecido en la música: alguien que firmaba como Ghostwriter977 subió Heart on My Sleeve, con las voces clonadas de Drake y The Weeknd, y sumó millones de reproducciones antes de que la disquera la bajara. Nadie discutió si sonaba bien. El problema era, otra vez, la firma.

La sospecha que no se va

Un estudio de 2023 de la Universidad Estatal de Bowling Green mostró algo difícil de ignorar: cuando la gente ve imágenes sin saber su origen, acierta (todavía) si son humanas o de IA apenas un poco más de la mitad de las veces, casi lo mismo que tirar una moneda. Y sin embargo prefiere, de manera sistemática, las hechas por manos humanas, aunque no sepa explicar por qué. Ese terco margen de preferencia nos parece, más que inquietante, esperanzador: significa que seguimos buscando, aunque ya no podamos ver la diferencia a simple vista. Tal vez el aura nunca estuvo en la tela ni en el pigmento, sino en esa sospecha, casi supersticiosa, de que alguien tuvo que vivir algo para poder contarlo. Un algoritmo puede imitar la cicatriz, sin haberse cortado. Nosotros, en cambio, seguimos coleccionando cicatrices, y creemos que por eso, y no por ningún certificado, es que a nuestras historias todavía se les nota la mano.

Por qué nos importa tanto

Hemos visto que la necesidad por lo auténtico no nació con la inteligencia artificial, aunque la IA la haya vuelto más urgente. Por otro lado, el sociólogo francés Gilles Lipovetsky explica mejor que nadie su desarrollo (y a veces involución); en La consagración de la autenticidad (Anagrama) nos dice que, desde los años setenta, el derecho a ser uno mismo se convirtió en el ideal existencial de nuestra época, y esa obsesión terminó filtrándose en lo que comemos (orgánico, de temporada), en los destinos que elegimos para viajar (con raíces, con oficio detrás), en cómo nos vestimos y hasta en la vida interior que creemos merecer; en muchas ocasiones, se ha desvirtuado la autenticidad personal por un tema más bien de estatus. Lipovetsky sitúa el arranque de todo esto en el siglo dieciocho, cuando Rousseau elevó la sinceridad con uno mismo al rango de virtud suprema, y advierte algo que nos parece central: las marcas se apropiaron de ese discurso (sé tú mismo, no imites, conviértete en lo que eres) para vendernos justo lo contrario, un molde más. Nos gusta pensar que buscamos lo auténtico por convicción, pero quizás sea porque vivimos una época sin certezas más grandes, y aferrarse a lo genuino es una manera de no caer. Al final del libro se percibe que Lipovetsky apunta más a una autenticidad colectiva que a una individual; no desde el egoísmo de lo personal, sino que la autenticidad a partir de lo social puede fungir como contrapunto de aquella que se instalado con base en el  consumismo, el ecocidio y el capitalismo más feroz. Y sin embargo, el progreso, con la tecnología como eje, avanza de manera apabullante, sin importarle, en términos de autenticidad, los derechos de autor de obras con las que ha sido alimentada la IA, gracias a lo cual un chatbot puede escribir un poema “al estilo de Machado” o crear una imagen tipo Estudio Ghibli; o peor aún, los derechos humanos de las comunidades que sufren a causa de la escasez de agua por culpa de la necesidad de enfriar, 24 horas al día, edificios llenos de servidores; desgraciadamente, la creciente demanda de estas tecnologías apunta a que éstos se van a multiplicar de manera preocupante (más) en los próximos años.

Team cicatriz

Después de todo lo anterior tanto cuadro falso, tanto clásico reescrito y a Strachey enamorando a una máquina, nos queda una sospecha simple: la autenticidad nunca fue un problema de tecnología; fue y será siempre un problema nuestro. Van Meegeren necesitaba que lo miraran como miraban a Vermeer. Strachey necesitaba reírse de algo que su época tomaba muy en serio. Nosotros necesitamos creer que detrás de una canción, un cuadro o un poema hubo alguien que sintió antes de crear, aunque ya no podamos comprobarlo a simple vista. La inteligencia artificial no inventó esa necesidad, la puso a prueba con una velocidad que ni los falsificadores ni los escritores de ciencia ficción ni los programadores de Manchester alcanzaron a imaginar. Por eso, cuando escuchamos una canción con la voz clonada, algo en nosotros se resiste, sin poder explicar del todo por qué. Ese margen de resistencia, tan difícil de medir y tan fácil de sentir, es lo único que tenemos para no rendirnos ante la copia perfecta. Por eso, mientras exista, aquí seguiremos prefiriendo el error, la cicatriz real, aunque cueste una vida y aunque, casi siempre, nadie note la diferencia.

 

Texto por Herles Velasco Ruvalcaba

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