Escribir con edificios

Escribir con edificios

El arquitecto Víctor Legorreta habla con Lee+ sobre Legorreta: Mexican Architecture (Rizzoli, 2026), el libro con el que revisó diez años de oficina y encontró, dice, más preguntas que respuestas. De cómo se escribe con edificios, de la cultura colaborativa que sostiene a la arquitectura mexicana, y del oficio de heredar un apellido sin quedarse atrapado en él.

Hacer un libro, dice Víctor Legorreta, obliga a un arquitecto a hacer algo que el día a día casi nunca permite: detenerse. “Vas haciendo obras, vas trabajando, y muchas veces vas en el día a día, y de repente, cuando haces un libro, empiezas a ver para atrás esos diez años que avanzamos en el despacho. Es un momento para reflexionar”. Legorreta: Mexican Architecture (Rizzoli, 2026), escrito con el crítico Aaron Betsky, reúne la última década del despacho que su padre, Ricardo Legorreta, fundó en 1964. Y esa mirada retrospectiva, dice Legorreta, dejó menos certezas de las que esperaba: “te quedas con más preguntas que respuestas, porque esa reflexión te cuestiona muchas cosas que en el día a día no estás pensando siempre”.

Una de esas preguntas fue casi existencial. El despacho, ya sin Ricardo Legorreta al frente, había seguido adelante, y el libro tenía que responder qué es lo que lo mantiene vivo después del legado de un arquitecto de ese tamaño. La respuesta no fue hacer un catálogo técnico. “Más que enfocarlo a un libro para arquitectos, con planos e información técnica, lo enfocamos a explicar algunos principios de diseño que hemos tratado de mantener en la oficina”. La oficina, dice, lleva ya casi sesenta años, ha ido evolucionando con el mundo de la construcción, pero sostiene una serie de principios que no cambian.

Ricardo Legorreta colaboró con Luis Barragán en el Hotel Camino Real de Polanco y compartió con él la búsqueda de una arquitectura mexicana contemporánea; hoy Víctor encabeza un despacho de más de cincuenta personas. Heredar ese peso, dice, también fue un aprendizaje ambiental antes que profesional: “tuve la suerte de vivir rodeado de arquitectura y de arte, de conocer a muchos arquitectos trascendentes de México y a otros artistas. Mi casa estaba llena de libros de arquitectura, y en los viajes siempre estábamos viendo obras”. A eso añade la pasión de su padre por la cultura mexicana, que el despacho sigue usando como fuente: el libro abre, de hecho, con quince o veinte fotografías que tomó Ricardo Legorreta en sus viajes, de ruinas mayas a arquitectura popular y al mundo árabe.

El libro organiza los principios de diseño del despacho alrededor de elementos que Legorreta llama universales: la luz, el color, los materiales, el agua como elemento de diseño, la relación entre interior y exterior, y la geometría. “No conozco a alguien de otra cultura al que no le guste la luz, o una textura, o un patio con contacto con el exterior. Son valores universales, aunque cada cultura tenga su forma particular de usarlos”. De ahí surge, dice, una paradoja que el despacho ha probado en obra propia, en campus universitarios como el de la Universidad Americana en El Cairo o el de Hamad Bin Khalifa en Doha, Qatar: “para ser universal tienes que ser local. Cuando entiendes de verdad una cultura local, sobre todo una tan fuerte como la mexicana, es cuando te vuelves universal, porque tienes algo que aportar”.

El libro también es, en cierto sentido, un ejercicio de lectura compartida. Varios fotógrafos participaron, entre ellos Lourdes Legorreta, hermana de Víctor, quien empezó estudiando arquitectura antes de dedicarse a la fotografía y aporta, dice él, “esa visión de cómo ve el arquitecto una obra, que es distinta a la de alguien que fotografía moda”. Aaron Betsky, que ya había escrito sobre Ricardo Legorreta pero no conocía el trabajo reciente del despacho, puso una condición antes de aceptar el ensayo interpretativo: no escribiría nada sin conocer las obras. Vino a México, las recorrió, y su mirada de crítico independiente, dice Legorreta, “nos hizo ver puntos de vista de nuestra arquitectura que yo no había visto”. Esa acumulación de miradas es, para Legorreta, el verdadero tema del libro. Coincide en que el despacho traza una visión inicial de una obra, pero quien la experimenta acaba haciendo su propia historia: “la familia que habita esa casa la vive distinto a como la pensamos nosotros; probablemente descubre cosas que nosotros no habíamos pensado, o que la enriquecen. Y a un fotógrafo muchas veces le pasa lo mismo: te sorprende con un punto de vista que tú nunca habías visto, o toma una fotografía a una hora y con una luz que tú no elegiste”.

La edición del libro, de hecho, se decidió en contra de la tentación obvia. Con el equipo de Rizzoli, entre ellos la editora Alexia y la diseñadora Daniela Rocha, el proceso tomó cerca de dos años. “Ellas me insistieron mucho: ya no necesitas presumir que has hecho muchos metros cuadrados. Es mejor un libro que transmita la forma de pensar del despacho y su estética”. Por eso, dice, las obras más grandes del libro no ocupan necesariamente más páginas. “Lo que queríamos transmitir era más importante que el tamaño de la obra, y creo que eso se aplica a la vida: a veces los detalles son lo importante, hasta en una relación de pareja. En la arquitectura pasa igual: diseñar una chapa o un baño puede ser tan importante como el plan maestro”.

Ahí aparece, sin que Legorreta lo llame así, la parte colectiva del oficio. Para él, lo que distingue a México es una cultura de trabajo que en otros países se perdió: el contacto directo del arquitecto con el artesano, el cantero, el carpintero, el ceramista, y con clientes que también hablan de arte. “Existe esa línea, muy común en México, de trabajar multidisciplinario: con el diseñador de interiores, con el constructor, con el cliente. Esa interacción entre disciplinas hace que México sea un lugar de muchísima creatividad”. En otros países, dice, el arquitecto trabaja por su lado, el diseñador de interiores por el suyo y el que elige el arte es otro especialista más, sin esa pasión mexicana de que todos vean todo.

Esa manera de trabajar tiene un límite que Legorreta traza con cuidado: no toda arquitectura debe buscar protagonismo. Le pone como ejemplo la sala de conciertos de Walt Disney en Los Ángeles, de Frank Gehry, a quien llama “un gran arquitecto” que en ese caso buscaba, con razón, llamar la atención. La tradición mexicana, dice, suele ir al revés: “las casas de México muchas veces no se ven de afuera. Vas a una casa de Barragán y, si no sabes que es de Barragán, no te enteras por la fachada; abres la puerta y descubres espacios increíbles”. Ahí ubica también el paralelismo con Frank Lloyd Wright que le propone la entrevista, sobre la relación entre la casa, la naturaleza y la familia, y lo hace suyo: “es importante tanto el edificio como su relación con el entorno. De arquitecto tienes que tener la humildad de saber cuándo tu proyecto está llamado a llamar la atención y cuándo lo que quieres es que la arquitectura casi desaparezca, porque lo maravilloso es el entorno”.

Sobre lo que sostiene esa cultura colaborativa generación tras generación, Legorreta no tiene una respuesta puramente racional, y lo admite: hay decisiones de diseño, como escoger un color, que no puede justificar del todo con lógica. Lo que sí puede describir es el resultado. “Obviamente hay especialistas y trabajamos en equipo, pero todo tiene que ir ligado de alguna forma para lograr una buena obra. Creo que lo que hace una obra realmente buena es cuando ves que todas esas partes se dieron para dar un buen resultado”.

El despacho, dice Legorreta, tiene hoy más de cincuenta socios y colaboradores, y en algún momento alguien más lo encabezará, quizás ni siquiera un Legorreta. Lo que espera que el libro transmita es una filosofía de trabajo de casi sesenta años, más que un estilo o una firma: un grupo de arquitectos y profesionistas que, dice, “han puesto todo su empeño para hacer lo mejor posible”. Puede que dentro de treinta años alguien revise ese trabajo y encuentre errores, obras que se hubieran resuelto distinto. Legorreta parece hacer las paces con eso de antemano, y quizás ahí esté la única respuesta que el libro sí encontró entre tantas preguntas.

Este libro es para quien sospecha que una casa no la agota su arquitecto: lo completa la familia que lo habita.

 

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