Enrique Serna: el hambre de los dioses y de los hombres

Enrique Serna: el hambre de los dioses y de los hombres

Hay historias que no terminan cuando dejan de suceder. Permanecen debajo de otras historias, como una corriente subterránea que de vez en cuando vuelve a salir a la superficie. Para Enrique Serna, el mundo mexica es una de ellas. No porque necesite ser rescatado de un pasado remoto, sino porque todavía contiene preguntas que reconocemos demasiado bien: quién tiene el poder, cómo se construye una verdad oficial, qué precio se paga por una idea y hasta dónde puede llegar un hombre cuando consigue convencer a los demás de que sus ambiciones son también un mandato de los dioses.

De esas preguntas nace El dios hambriento (Alfaguara, 2026), una novela histórica que se instala en el momento en que el poder mexica comienza a convertirse en imperio. Serna no escoge el instante de mayor esplendor, cuando Tenochtitlan ya ocupa el lugar monumental que suele concederle la memoria colectiva. Prefiere regresar al momento anterior, cuando todo todavía está en construcción: las alianzas, las guerras, la religión y, sobre todo, el relato que permitirá justificar el nuevo orden.

Ahí aparece Tlacaélel, uno de los grandes ideólogos de la expansión mexica, y frente a él Nezahualcóyotl, poeta y gobernante de Texcoco. La novela convierte esa oposición histórica en algo más profundo que un enfrentamiento entre dos personajes: dos formas de imaginar una sociedad.

Serna encontró en la investigación un episodio que le resultó particularmente poderoso. En el momento de consolidación del Imperio mexica, explica, no solamente se producen victorias militares. También ocurre una transformación religiosa y política. Tlacaélel impulsa una nueva interpretación de la historia mexica y, según la tradición recogida por las fuentes, se vincula con la destrucción de antiguos códices y la reescritura de los mitos.

La operación es mucho más importante que una simple modificación del pasado. Si una sociedad puede decidir de dónde viene, también puede decidir hacia dónde debe ir.

En esa nueva visión, Huitzilopochtli adquiere un lugar central. El dios necesita alimentarse; los hombres deben conseguir prisioneros para ofrecerlos en sacrificio y garantizar así la continuidad del Sol. La religión se convierte entonces en una justificación para la guerra y la guerra, a su vez, en una herramienta para consolidar el Estado.

Frente a esa maquinaria aparece Nezahualcóyotl. Serna lo encuentra en su poesía como una figura situada prácticamente en las antípodas de esa concepción. No es simplemente el gobernante que se opone a otro gobernante. Es el hombre que duda, que pregunta, que incluso puede reprocharle a Dios su indiferencia frente al destino de los mortales.

“Era, incluso, un poeta blasfemo”, explica Serna.

La novela nace de esa tensión.

Pero el poder nunca se encuentra únicamente en los templos o en los campos de batalla. También pasa por el deseo. Por eso el hambre del título tiene varias dimensiones. Huitzilopochtli es un dios hambriento, pero también lo es Nezahualcóyotl, consumido por una pasión que no consigue satisfacer. El deseo amoroso se convierte así en otra forma de poder y las relaciones personales comienzan a modificar el rumbo de las decisiones políticas.

Serna decidió incorporar personajes femeninos precisamente para romper la monotonía de una historia dominada por hombres que compiten por controlar el mundo. Cuando comenzó a trabajar en la novela descubrió que limitarse a la rivalidad entre Tlacaélel y Nezahualcóyotl podía producir una historia “demasiado sórdida y amarga”, concentrada exclusivamente en la lucha por el poder.

El punto de vista femenino permitió introducir otra clase de inteligencia: la capacidad de intervenir en la política desde espacios donde formalmente no se posee el poder. Las relaciones amorosas dejan entonces de ser un paréntesis sentimental y se convierten en parte de la estructura política de la novela.

Para contar todo esto, Serna tuvo que enfrentarse además a un problema que no había encontrado antes. Era la primera vez que escribía una novela cuyos personajes hablaban una lengua distinta de la suya.

Su solución no consistió en intentar reproducir artificialmente el náhuatl ni en convertir la novela en un ejercicio de erudición lingüística. Buscó otra posibilidad: hacer que sus personajes hablaran un español mexicano contemporáneo que conservara una relación perceptible con el náhuatl.

“Yo siempre creo que el novelista debe echarse encima todas las dificultades para ahorrárselas al lector”, dice.

Esa frase podría funcionar como una poética de la novela. Porque El dios hambriento exige una enorme cantidad de investigación, pero Serna no quiere que esa investigación pese sobre la lectura. La historia debe sentirse, no exhibirse. La reconstrucción histórica tiene que desaparecer detrás del encantamiento.

Para él, la novela histórica no consiste en reconstruir el pasado como si se tratara de una pieza arqueológica. Su función es incitar al lector a soñarlo. Pero para que ese sueño funcione, primero hay que construir una realidad suficientemente verosímil.

Investigación e imaginación avanzaron juntas. Mientras estudiaba aparecían ideas para los personajes; mientras imaginaba a los personajes, la investigación adquiría nuevas posibilidades.

En ese método también reaparece una experiencia aparentemente distante de la novela: sus años como argumentista de televisión. Serna trabajó con Carlos Olmos, autor de Cuna de Lobos, una experiencia que recuerda como una escuela fundamental para aprender a construir tramas, subtramas y mecanismos de suspenso.

La novela, de hecho, está dedicada a Olmos.

La televisión le enseñó un oficio dentro de un sistema marcado por el melodrama y por una censura muy férrea, pero también le dio herramientas para manejar la tensión narrativa. En El dios hambriento, aquellas herramientas reaparecen en un escenario completamente distinto: no ya los estudios de televisión, sino el México del siglo XV.

Sin embargo, el verdadero riesgo de la novela está en otro sitio. Serna escribe sobre un pasado que en México sigue siendo utilizado para discutir el presente.

No quiere idealizar el mundo prehispánico. Su exigencia de verosimilitud lo obliga a mostrar tanto la riqueza de aquella cultura como sus contradicciones y su violencia. Reconoce la herencia extraordinaria de la gastronomía, la arquitectura, la cerámica y la poesía, pero también quiere mirar de frente la crueldad.

Porque para Serna el pasado no debe convertirse en un catálogo de virtudes nacionales.

Vivimos, dice, en una época en la que la historia se utiliza como instrumento de propaganda política. La novela busca otra cosa: la verdad. Y la verdad, advierte, no siempre es agradable.

Tal vez por eso El dios hambriento no intenta decirnos qué debemos pensar del mundo mexica. Lo coloca frente a nosotros con sus dioses, sus guerras, sus deseos, sus contradicciones y sus mecanismos de poder.

Después, como ocurre con toda novela, el libro deja de pertenecer al autor.

Queda en manos de los lectores.

Y  ahí comienza otra historia: la nuestra.

Este libro es para quienes están cansados de que la historia se use como propaganda y buscan una novela que prefiera la verdad, aunque no siempre sea agradable.

 

 

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