Dos discos, una exposición, un libro, la misma banda banda

Los videojuegos de antes traían manual: un cuadernillo con mapas, criaturas y advertencias que uno devoraba en el camión de regreso a casa, antes siquiera de conectar la consola. Kid A Mnesia, la instalación de Radiohead que abre el 27 de octubre en La Maravilla Studios, en la colonia Atlampa, también tiene el suyo. Es el libro de gran formato que Thom Yorke y Stanley Donwood publicaron en 2021 y que Sexto Piso puso en español: 360 páginas de dibujos, recortes y garabatos hechos mientras la banda grababa Kid A y Amnesiac, entre 1999 y 2001.
Conviene hojearlo antes de la visita, como quien estudia el mapa del primer nivel. El volumen abre con una conversación entre ambos artistas, que recuerdan el desencanto de aquellos años, cuando Yorke salía exhausto de la gira de OK Computer y se refugió con Donwood en la campiña inglesa a llenar cuadernos mientras el resto de la banda buscaba un sonido que no se pareciera a nada de lo anterior. Ahí aparecen los personajes que luego poblarán la sala oscura: el oso de dientes afilados, los minotauros que lloran, los paisajes nevados que parecen incendiarse. El libro se despide con un ensayo ordenado alfabéticamente que conecta esas imágenes con la filosofía y la literatura, una especie de diccionario para perderse con método.
El segundo nivel fue digital. Para los veintiún años de los discos, la banda quiso montar una exposición física, la pandemia lo impidió y el museo acabó convertido en un videojuego gratuito para consola y computadora: un edificio imposible en medio de un bosque dibujado a lápiz, recorrido sin enemigos ni puntuación, donde lo único que se acumulaba era la sensación de estar extraviado.
El tercer nivel es el que ahora pisamos. La versión material se estrenó en abril en un búnker excavado bajo los terrenos de Coachella, pasó por Brooklyn y Chicago, y se queda en la Ciudad de México hasta el 27 de diciembre, antes de cerrar en San Francisco a principios de 2027. Ofrece una película de 75 minutos con las canciones remezcladas desde las cintas multipista originales, en sonido envolvente de seis puntos, y galerías con los originales que el libro reproduce. Las preguntas frecuentes del sitio oficial aclaran, con una honestidad que da risa, que Radiohead no tocará, que no hay realidad virtual y que uno puede sentarse en el piso acolchado según el orden de llegada.
La gracia de este juego está en que sus niveles invierten la jerarquía habitual de la permanencia. La instalación, la más espectacular de las tres versiones, es también la más efímera: un inquilino temporal en una bodega, con boletos desde 650 pesos y fecha de mudanza. El videojuego depende de que una tienda digital siga existiendo y de que las consolas futuras quieran abrirlo, una fragilidad que cualquier jugador veterano conoce de sobra. El libro, en cambio, el más modesto en apariencia, es el único que puede quedarse en un librero durante décadas, esperando a que alguien lo abra por cualquier página. Para una obra cuyo título juega con la amnesia y con la mneme griega, la memoria, no deja de ser curioso que el soporte más antiguo resulte el más confiable.
Quien escuchó Kid A al salir de la preparatoria anda hoy por los cuarenta y tantos, y para esa generación la visita tiene algo de partida guardada que se reanuda después de mucho tiempo. Queda por ver si el museo verdadero es la sala que se recorre a oscuras en Atlampa durante un par de horas o ese volumen que cabe en las manos y podrá leerse, sin prisa ni horario, mucho después de que la bodega vuelva a quedar vacía.
Herles Velasco Ruvalcaba
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