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Jordi Soler y las armas de la memoria

En Las armas de la ilusión, Jordi Soler convierte sus años al frente de una estación de radio, su paso como agregado cultural en Irlanda y su amistad con Fernando Vallejo, Sergio Pitol o Joan Manuel Serrat en una crónica generacional escrita, como todos sus libros, a mano.

El libro arranca con un concierto al que se entraba llevando víveres en vez de boleto. En los años noventa, Jordi Soler dirigía una estación de radio y puso al aire un mensaje del Subcomandante Marcos invitando a un concierto de solidaridad con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Aquello, cuenta el autor, le costó ser despedido en tres ocasiones distintas, “y además liquidado”, para regresar cada vez casi de inmediato al mismo puesto. En ese entonces los zapatistas eran, recuerda, “un ejército guerrillero levantado en armas” y apoyarlos desde una estación con tanta audiencia rayaba en el delito.

Las armas de la ilusión es la primera entrega de unas memorias que Soler ha ido armando desde la periferia de los grandes acontecimientos. La entrega del Premio Cervantes a Elena Poniatowska, por ejemplo, aparece en el libro casi de espaldas a la ceremonia misma, que el propio autor describe como “un acto noventa por ciento aburrido”; lo que le interesa es todo lo que ocurre alrededor, la comida en el Palacio Real, la tuna tocando, el desfile de anécdotas que rara vez llegan a los discursos oficiales. La misma lógica gobierna el capítulo dedicado a Fernando Vallejo, con quien Soler grabó una entrevista que terminó con el escritor colombiano vestido de novia, un material que hoy sobrevive apenas en video y que el propio autor recomienda ver antes de que lo bajen de las plataformas.

Escribir sobre personas reales, admite Soler, tiene sus propias reglas. “Aquí puede venir cualquiera y decirme: esto lo estás inventando”, dice, aunque asegura que la posibilidad no lo inhibe en absoluto. Los novelistas, sostiene, cargan “un grado de cinismo superior al de la mayoría de las personas”, y ese cinismo, lejos de estorbar, es lo que le permitió sentarse a escribir cada capítulo del libro exactamente como si estuviera escribiendo una novela, una vez que sabía por dónde iba a ir cada uno.

Todo lo escribe a mano, salvo los artículos de periódico que tienen que entregarse con un tiempo fijo. Sus novelas, dice, viven primero en cuadernos, porque la pantalla engaña: “hay un orden aparente que te hace pensar que está bien escrito, y no está bien escrito, o no necesariamente”. A mano, en cambio, todo es caótico, y por eso mismo confiable: cuando una página escrita a puño y letra sale limpia, “quiere decir que es perfecta, no hay duda”. Después vienen meses, a veces años, de corregir ya sobre la pantalla, pero siempre a partir de un texto que llegó ahí ya muy trabajado.

Trabaja también con música, aunque de una manera peculiar. Durante años escribía poniendo un solo disco en repetición constante, para desconcierto de Ana, la persona que ayuda en su casa, quien terminó por resignarse: “ese señor que está todo el día en pijama oyendo el mismo disco no está loco, produce cosas”. Su próxima novela, que saldrá primero en España el próximo semestre y después en México, la escribió escuchando durante dos años una sola lista de canciones de The Chemical Brothers; el epígrafe, cuenta, sale de su disco Dig your own hole, algo así como cava tu propia tumba.

Sobre la investigación histórica, Soler suscribe una idea de Stendhal: “para escribir bien de una cosa hay que ignorarla un poco”. Lo aprendió con Los rojos de ultramar, su novela sobre la Guerra Civil española, donde el rigor de fechas y datos lo alejó, según cuenta, de su oficio de narrador. Para este libro investigó apenas tres o cuatro cosas. Del concierto de solidaridad con el zapatismo, por ejemplo, solo sobrevive en YouTube un video de un chico bailando ska y, al fondo, borroso, un grupo tocando; una segunda parte, dice, nunca existió, y esa ausencia le dio, en sus palabras, “vía libre para escribirlo como lo recuerdo”.

El libro también recupera la nostalgia de los conciertos que llegaban tarde y a cuentagotas a México: Joe Cocker en el Toreo de Cuatro Caminos, Javier Bátiz, al que le quitaron la guitarra en pleno escenario, los Rolling Stones tocando por primera vez en el país apenas en 1995, dos décadas después de haber pasado por Ghana y Soweto. Soler no descarta que el retraso tuviera menos que ver con la aversión oficial a la juventud que con el negocio que alguien terminó por descubrir ahí.

De su paso por la radio también quedó el recuerdo de una noche con Carlos Santana en el Palacio de los Deportes, en un backstage improvisado como tipi donde corría el tequila. Soler le contó que la familia de su padre, los Enrigue, era de Autlán, el mismo pueblo del guitarrista, y Santana, ya con el español oxidado, le pidió ayuda para traducir una frase de Bob Marley. Soler tradujo: luminoso, bello y lleno de sol. Esa misma noche, cuenta, Santana la soltó ante el público a su manera: “el futuro será brilloso, asoleado y magnífico”.

La devoción por Joan Manuel Serrat viene de más atrás, de una infancia en la que Soler y su hermano crecieron oyendo sus discos en catalán, convencidos primero de que esa lengua era una clave secreta de la familia, hasta que los discos de Serrat les probaron que era, de verdad, un idioma. Quiso conocerlo durante años sin lograrlo, hasta que en 2004, tras la publicación de Los rojos de ultramar, el propio Serrat leyó el libro y pidió que los presentaran. “Me sentí casi perturbado de que mi ídolo me quisiera conocer”, confiesa Soler.

Otro capítulo se remonta a su época como agregado cultural en Dublín, donde montó una muestra de dibujos de José Luis Cuevas en la casa de Oscar Wilde, entonces recién convertida en espacio de exposiciones. Ni él ni Joe, el chofer que reclutó para colgar los cuadros a martillo y clavo, sabían que ahí las obras debían suspenderse de un riel con hilo de pescar, así que la velada terminó en una nueva ronda de cervezas y un plan corregido sobre la marcha.

En otro tramo de la charla, Soler recuerda un viaje sin libro de por medio: la inauguración en Sofía de una biblioteca con el nombre de Sergio Pitol, adonde viajó junto con Enrique Vila-Matas para acompañarlo. Ahí descubrió que Pitol se había formado en la misma escuela que él en Córdoba, fundada por un maestro refugiado de la Guerra Civil. Pasaron la semana hablando obsesivamente de Veracruz y escapándose, ya entrada la noche, de sus solícitas guías búlgaras.

De esa infancia veracruzana, entre cafetales, lo que más extraña Soler es el olor: el del café, siempre presente, y el de la hierba donde se tendía con su hermano junto a la piscina del Club de Leones de Córdoba. Hoy vive en Barcelona, escribe desde las cinco de la mañana, juega dos sets de tenis cada mediodía y admite que hacia la noche su cabeza ya no da para mucho más que cenar y beber vino con amigos. Sigue de cerca, además, al Europa, un equipo catalán de segunda regional cuyos aficionados no toleran ni una palabra de español en las gradas. Todo eso cabe finalmente en un solo libro escrito, como siempre, a mano.