El cura que la ficción convirtió en personaje

Hoy, día de la Independencia de México, vale la pena recordar que de la imprenta clandestina de Fernández de Lizardi a la sátira de Jorge Ibargüengoitia y el fresco ambiguo de José Clemente Orozco, la cultura mexicana ha preferido convertir a Miguel Hidalgo en material narrativo antes que dejarlo de pie sobre un pedestal.
Domingo Periñón es blanco, calvo, escribe canciones de amor bastante malas y encabeza un ejército de campesinos que no sabe usar armas de fuego. También se parece mucho, hasta el punto de ser la misma persona con otro nombre, al cura que todos ubicamos con la campana y el grito. Es la versión de Miguel Hidalgo que imaginó Jorge Ibargüengoitia en Los pasos de López (1982): la guerra de independencia contada sin ninguna solemnidad, con un protagonista torpe, megalómano y entrañable en lugar de una estatua con banda tricolor.
Ibargüengoitia no quería tumbar a Hidalgo del pedestal por rencor. Le parecía, sencillamente, el peor lugar posible para contar una historia. Prefirió narrar la insurgencia desde la mirada de un teniente menor, Matías Chandón, testigo de las improvisaciones, las deserciones masivas y un heroísmo que a veces se explica mejor por la suerte que por el plan. Los pasos de López fue, además, el último libro que publicó en vida.
Esa incomodidad frente al mármol viene de más atrás que Ibargüengoitia. José Joaquín Fernández de Lizardi apoyó la revuelta de Hidalgo y después la de Morelos, y en 1812 fundó El Pensador Mexicano, el periódico donde exigía cuentas al virrey y defendía la libertad de imprenta recién concedida por la Constitución de Cádiz. Le costó la cárcel más de una vez. Cuatro años después, en plena guerra, entregó El Periquillo Sarniento, considerada la primera novela moderna escrita en América. La ficción mexicana nació prácticamente en la misma trinchera que la insurgencia, no después de ella ni al margen.
En las artes visuales el impulso fue el contrario: agrandar en vez de reducir. En 1937, José Clemente Orozco pintó en la bóveda de la escalera del Palacio de Gobierno de Jalisco, en Guadalajara, el mural Hidalgo incendiario: un Hidalgo descomunal, de medio cuerpo, con la antorcha en alto sobre una maraña de cadenas y cuerpos vencidos. Visto desde la planta baja, el personaje parece un libertador. Visto desde el segundo piso, entre las cadenas pintadas a sus pies, parece algo bastante más ambiguo. Orozco no quería una estampa para el salón cívico. Quería que el ángulo decidiera qué clase de héroe estaba mirando el espectador.
Entre la antorcha de Orozco y el Periñón de Ibargüengoitia hay más de cuarenta años y un abismo de tono, pero comparten la misma idea: que el Hidalgo de bronce, el que no se mueve ni contradice a nadie, es el menos interesante de todos los Hidalgos posibles. La imprenta clandestina, la novela satírica y el fresco ambiguo tratan la independencia como material vivo, no como fecha que se conmemora sin hacer preguntas. Ese hábito, más que cualquier desfile o acto cívico escolar, es el homenaje que la cultura mexicana le sigue rindiendo cada septiembre, sin ponerse nunca de acuerdo en cuál de todos los Hidalgos posibles es el verdadero.