Cartas a una bala: escribir el duelo para recuperar una vida entera

Cartas a una bala: escribir el duelo para recuperar una vida entera

Hay pérdidas que dejan preguntas sin respuesta. También hay muertes que, además del dolor, arrastran silencios, prejuicios y una dificultad particular para hablar de ellas. En Cartas a una bala, Mariana Gil Moguel convierte el duelo por el suicidio de su padre en un ejercicio de memoria, conversación y reconstrucción. El resultado es un libro que no busca explicar una muerte, sino recuperar una vida que no puede reducirse a su último acto.

El título contiene desde el principio esa doble mirada. Para Gil Moguel, la palabra “bala” alude tanto al sentido literal de la muerte de su padre como a la manera coloquial de describir a alguien excepcional: “es una bala”. Entre ambos significados se construye el libro, que intenta sostener simultáneamente el dolor de la pérdida y el deseo de honrar a la persona que existió antes de ella.

Las primeras cartas fueron escritas el mismo día en que su padre decidió quitarse la vida. Gil Moguel no comenzó a escribir pensando en publicar un libro. Tomó una libreta porque no sabía cómo hablar de lo que estaba ocurriendo y, al descubrir que escribir le ayudaba, continuó haciéndolo cada día. Con el tiempo se acumularon cuadernos que terminaron convirtiéndose en el registro de una transformación: la evolución de sus pensamientos y de su manera de entender aquella pérdida.

El proyecto adquirió otra dimensión cuando Gil Moguel comenzó a compartir esas cartas. Durante una lectura de poesía, cinco personas se acercaron para decirle que se habían sentido identificadas y preguntarle dónde podían seguir leyendo. Ese encuentro le confirmó que aquella experiencia profundamente personal podía convertirse también en un espacio de reconocimiento para otras personas atravesadas por un duelo similar.

Una de las decisiones centrales del libro fue incorporar fragmentos de los escritos que su padre había dejado. Gil Moguel fue cuidadosa con aquello que decidió incluir, pero encontró en esos textos una manera de comprender que el suicidio no podía explicarse desde una única causa ni desde la culpa de quienes sobreviven. Los escritos le permitieron mirar las circunstancias que atravesaba su padre y entender que existían múltiples dimensiones de su sufrimiento.

Ahí aparece una de las tensiones más difíciles del libro: el derecho de una persona a decidir sobre su propia vida frente al deseo de quienes permanecen de haber tenido más tiempo junto a ella. Gil Moguel no pretende resolver esa contradicción. Reconoce que habría querido que su padre continuara vivo, pero también ha aprendido a aceptar que no existía una acción que pudiera haber realizado para cambiar aquella decisión.

El duelo, sin embargo, no ocurre únicamente en la intimidad. También está condicionado por las respuestas de la sociedad. Gil Moguel habla de la falta de compasión, del desconocimiento sobre cómo conversar acerca del suicidio y del peso de ciertos estigmas religiosos y sociales. Frente a ellos, Cartas a una bala intenta recuperar todas las versiones de su padre: el niño, el adolescente, el amigo, el familiar, la persona que fue antes de su muerte.

Para hacerlo, entrevistó a familiares y amigos y reunió sus recuerdos en una sección titulada “Los espejos de Venancio”. El objetivo era sencillo y, al mismo tiempo, radical: impedir que una vida completa quedara reducida a su muerte.

Por eso el libro no funciona únicamente como testimonio de una pérdida. También es una conversación sobre masculinidad, silencio emocional y las dificultades que existen para pedir ayuda o hablar del sufrimiento. Gil Moguel quiere que quienes han vivido una experiencia semejante puedan nombrarla sin esconderla detrás de otras palabras y que el suicidio deje de ser un tema del que únicamente se habla en voz baja.

Al final, Gil Moguel ya no habla de perdón. Habla de agradecimiento y de la necesidad de honrar a su padre. La escritura, que comenzó como una forma de atravesar los primeros días del duelo, terminó convirtiéndose en otra cosa: una manera de devolverle a una persona todas las dimensiones que el estigma amenaza con borrar.

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