El Librero de Sergio Peraza

El Librero de Sergio Peraza
15 de mayo de 2020
Vanessa Domínguez

Sergio Peraza tiene un oficio rudo. Su quehacer –marcado por la tentación de desafiar al tiempo con la fuerza del metal– es una herencia de su padre, el escultor yucateco Humberto Peraza; sin embargo, el gusto por los libros y la música le llegaron por línea materna. Todo indica que doña Angelina era una mujer de letras y notas. Adentrarse en su biblioteca es fascinante: en ella se notan distintos estamentos, diferentes huellas que revelan legados y búsquedas personales. Los grandes volúmenes de arte conviven con la literatura o con los ensayos que van de la ciencia al erotismo pasando por la historia. La diversidad parece ser su único signo. Con sus libreros ocurre algo muy parecido, ellos también nos muestran distintas eras que el sol terminó por reunir en un espacio apenas separado por una pared de su lugar de trabajo, del taller en el que nacen sus esculturas. Algunos de ellos están empotrados y parecen haber sido pensados junto con el lugar en el que se encuentran, otros tienen la rusticidad adecuada, unos más se transforman en oquedades que permiten adentrarse en ellos para sentarse a leer, y los últimos tienen distintas procedencias y materiales. Sin embargo, todos están colmados de libros y objetos, de esculturas, triques y réplicas de dinosaurios. Sergio, junto con uno de sus perros, está sentado en la pequeña banca que cobija uno de sus libreros y, cuando escucha el clic que anuncia la grabación, comienza a hablar.

—Antes —me dice— Vanessa y yo teníamos los libros en una sola recámara, que ocupaban todas las paredes desde el piso hasta el techo. Todo parecía perfecto; sin embargo, poco a poco comenzamos a enfrentar un problema: el gran plafón de cristal que todo lo iluminaba y nos regalaba la luz para la lectura. A pesar de esto, ese sitio ideal no lo era tanto. Tú lo sabes bien, el sol es un enemigo de los libros y los va dañando lentamente hasta que termina por borrarles los lomos o por convertir a sus páginas en algo tan reseco que nada tardan en resquebrajarse. Por esta razón decidimos repartirlos en varios lugares de la casa y que los libreros siempre quedaran a contraluz. Esa era la mejor manera de que pudieran sobrevivir.

En este librero tengo una enciclopedia casi vieja: la Espasa Calpe, que fue editada en 1955. Me llena de recuerdos: sus contenidos breves, precisos y llenos de imágenes me acompañaron en mis primeros años de estudio. Sin embargo, la mayoría de sus entrepaños guardan obras dedicadas a la Segunda Guerra Mundial y a la literatura fantástica.

Desde que era niño, esa guerra se hizo presente en mi vida: mi padre y yo armábamos y pintábamos aviones de plástico: éramos aeromodelistas. Mientras trabajábamos en ellos, sus palabras caminaban hacia el pasado. Mi papá me contaba sobre las batallas en las que usaron y eso me llevó a adentrarme en ese momento del pasado. Pasar las tardes leyendo sobre la Segunda Guerra Mundial y las batallas entre los Spitfire y los Messerschmitt era placentero, absolutamente emocionante, y aún hoy lo sigue siendo. Las historias de trágico heroísmo que ocurrieron en la lucha contra el nazismo son fascinantes y, por eso, las novelas que las cuentan me cautivan inexorablemente.

La presencia de la literatura fantástica tampoco es una casualidad y menos lo es que esté en mi librero favorito: ella es una de las mayores inspiradoras de mi obra como escultor. Los libros de Tolkien y Ursula K. Le Guin, que leí mucho antes de que Harry Potter naciera, me parecen maravillosos desde que era muy joven. Recuerdo que en aquellos días me encerraba en mi habitación, ponía música y me perdía en sus palabras. Esos libros, junto con los demás que editaba Minotauro, daban paso a tardes que valían la pena ser vividas. Curiosamente los he vuelto a leer… algunos ya no me resultaron apasionantes, pero Tolkien aún conserva su capacidad para sorprenderme, para obligarme a soñar y, por supuesto, para llevarme a los mundos fantásticos que muestran su pátina en mi taller.

Cuando descubrí a Tolkien, casi nadie hablaba de él en México. Supongo que tampoco era muy leído ni conocido, tal vez solo algunos iniciados se habían internado en sus páginas. El Hobbit –el primero de sus libros que leí– llegó a mis manos por una casualidad: cuando estaba en la prepa, en mi escuela se abrió una biblioteca que transformó mi vida. No pasó mucho tiempo antes de que me hiciera amigo de la bibliotecaria y, como resultado de esto, pasaba mucho tiempo con ella. Yo dibujaba y ella me recomendaba cosas para leer.

En una ocasión me dijo que me debía suscribir al Círculo de Lectores: una empresa española que publicaba un catálogo mensual con sus novedades. Ahí fue donde descubrí El Hobbit, y de inmediato comencé a leerlo. Mi interés por este libro no era resultado de un gran conocimiento literario, pues estaba vinculado con algo lejano de la literatura. En esos tiempos yo era fan de Star Trek y, por supuesto, uno de mis personajes favoritos era el Señor Spock. Leonard Nimoy ocupaba un lugar muy especial en mi vida.

Gracias a una entrevista que había leído, sabía que Nimoy había grabado un disco –un LP de vinil con todas las de la ley– con canciones sobre los hobbits. Obviamente me refiero a The Ballad of Bilbo Baggins, compuesta por Charles Randolph Grean y editada en un acetato que se llamaba The Two Sides of Leonard Nimoy. Con esta información, el click fue automático; y desde ese momento, las obras de Tolkien me han acompañado.

Durante un momento Sergio guarda silencio, tal vez quiere sentir el sabor de los recuerdos que se esfumarán en el preciso instante en que pronuncie la siguiente palabra.

—Ven —me dijo—, vamos a ver el resto de la biblioteca.

El recorrido continuó, nos detuvimos aquí y allá, él habló sobre la importancia que tenían los libros de arte, sobre sus novelistas preferidos y, por supuesto, del resto de las obras que se miraban alineadas. Todo iba maravillosamente bien; sin embargo, el recuerdo de su encuentro con Tolkien seguía mostrándose como un eco que acompañaba nuestros pasos. +

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