El librero de… Jorge Gutierrez Reyna
Una biblioteca puede ser muchas cosas: un archivo, un refugio, un mapa de obsesiones. Para Jorge Gutiérrez Reyna es, sobre todo, el espacio desde el que puede emprender la aventura de escribir. Su biblioteca personal es pequeña, dice, pero también acogedora: una habitación donde los libros no parecen formar una colección estática, sino una constelación de autores, lecturas y recuerdos que explican buena parte de su vida intelectual.
El centro de ese universo tiene un nombre inevitable: Sor Juana Inés de la Cruz. Gutiérrez Reyna, autor de La invención de Sorjuana, sus ediciones, sus editores, sus textos, ha dedicado buena parte de su trabajo al estudio de la escritora novohispana. Un librero entero está reservado para ella: facsímiles, primeras ediciones, libros de arte y estudios sobre su obra conviven con investigaciones sobre la poesía, la prosa y la historia de la Nueva España. COMPRA EL LIBRO AQUÍ
Pero los libros más queridos no siempre son los que están en mejor estado. Algunas de las obras de Sor Juana que utiliza a diario se han desgastado hasta casi deshacerse entre sus manos. Una de ellas, sin embargo, permanece intacta en otro sentido: conserva la dedicatoria de Antonio Alatorre, una razón suficiente para que Gutiérrez Reyna se niegue a desprenderse de ella. En una biblioteca de trabajo, el desgaste también puede ser una forma de afecto.
Hay, además, una pequeña caja para las piezas más delicadas: libros de alrededor de un siglo de antigüedad o más, primeras ediciones y rarezas bibliográficas. Allí descansan, entre otros ejemplares, una primera edición de Piedra de Sol, de Octavio Paz, una edición rara de Góngora y la primera edición de El sueño de Méndez Plancarte. Son libros que no necesitan estar a la vista para ocupar un lugar central.
Después de Sor Juana aparece Carlos de Sigüenza y Góngora, su amigo y una figura fundamental para esta biblioteca. Gutiérrez Reyna lo ha colocado “en las estrellas”, una decisión que tiene algo de homenaje: Sigüenza fue astrónomo e historiador, un hombre cuya mirada parecía dirigirse tanto hacia el pasado como hacia el cielo. De él conserva también un facsímil de Paraíso occidental y una fascinación particular por el emblema de Pegaso que aparece en sus obras, acompañado por la frase Sic itur ad astra: así se va a las estrellas. COMPRA EL LIBRO AQUÍ
La poesía ocupa buena parte del resto del paisaje. Federico García Lorca tiene un sitio privilegiado, cerca del corazón, y por una razón profundamente personal: fue el poeta que le abrió la puerta de la literatura. Gutiérrez Reyna recuerda el ejemplar de Romancero gitano que su madre le compró en un supermercado. Lo leyó de niño bajo una bugambilia y, aunque entonces no comprendiera del todo aquellos versos, quedó cautivado. Ese libro se convirtió en una especie de punto de partida. COMPRA EL LIBRO AQUÍ
Octavio Paz ocupa otro lugar esencial. Sus libros están subrayados, anotados y marcados, porque Gutiérrez Reyna defiende una idea sencilla: salvo quizá una Biblia de Gutenberg, los libros están hechos para ser leídos, rayados y habitados. Paz, poeta y ensayista, fue además parte de su formación académica y una influencia decisiva para su manera de entender la literatura.
Y aunque la poesía domina los estantes, la biblioteca no se limita a ella. Hay narrativa, libros de arte y divulgación científica. Farabeuf, de Salvador Elizondo, figura entre sus novelas predilectas; mientras que la astronomía, la evolución y la historia de la ciencia amplían el horizonte de sus lecturas. Gutiérrez Reyna lo resume con una convicción que podría funcionar como principio de cualquier biblioteca: si leyera únicamente literatura, probablemente escribiría peor. COMPRA EL LIBRO AQUÍ
Quizá la paradoja más interesante es que una parte fundamental de esta biblioteca no ocupa ningún estante. Para escribir La invención de Sorjuana, Gutiérrez Reyna consultó antiguas ediciones de la obra de Sor Juana, publicadas entre 1668 y 1725, en bibliotecas de distintos lugares del mundo. Muchas de esas piezas viven ahora en su computadora, digitalizadas y fotografiadas. Las imágenes conservan algo más que el texto: el recuerdo del lugar, la luz, el peso del ejemplar y hasta el olor de aquellas páginas centenarias.
Una biblioteca también puede ser una autobiografía escrita por otros. En los estantes de Gutiérrez Reyna, Sor Juana, Sigüenza, Lorca y Paz hablan de sus propias obras, pero también cuentan algo sobre el hombre que decidió conservarlas cerca. Entre ejemplares gastados, primeras ediciones y fotografías digitales de libros imposibles de tener en casa, aparece una idea sencilla: leer también es construir un lugar al que podamos volver.
