Instrucciones para leer una página

Instrucciones para leer una página
14 de enero de 2020
José Luis Trueba Lara

A golpe de vista, el problema parece muy sencillo de resolver. Para comenzar, la persona que se enfrenta a este reto debe estar medianamente alfabetizada, se tiene que quedar callada durante un rato, y ha de fijar la mirada en la primera línea y pasar a la siguiente en forma descendente hasta que se tope con la última palabra de la página y pueda comenzar la que está a su lado o detrás de ella. Después de esto, el lector tiene que repetir el proceso varias veces hasta terminar el texto que seguramente tiene en sus manos, o que —en algunas ocasiones— está sobre la cama mientras él se acomoda boca abajo. Obviamente, la posición en la que se lleva a cabo esta acción es poco relevante, aunque siempre se recomienda que sea lo más cómoda posible. Leer de cabeza no es aconsejable, pues provoca severísimas migrañas y un notorio amoratamiento del rostro. Así pues, todo parece indicar que el problema se reduce a tres asuntos bastante simples y aparentemente obvios: la alfabetización, el silencio y el lograr que los ojos del lector recorran un camino que se parece al que una viborita dejaría en la mancha tipográfica que se mira en el papel.

Sin embargo, a la hora de la verdad este proceso es mucho más complejo de lo que parece: por alguna razón extraña y extravagante, el lector no lee los números de las páginas. Se los brinca olímpicamente sin grandes problemas, y lo mismo hace con las letras de las cornizas que le dan la información que en esos momentos no necesita (como sucede con el nombre del autor, el del libro o el del capítulo). Él sabe que esas letras y esos números no se leen, sólo están ahí para utilizarlos en otras ocasiones, como sucede cuando busca algo en ese libro, un asunto que también está relacionado con todos los tipos de índices que pueden crearse. Leer el índice de topónimos por diversión claramente revela una perversión. De pilón, en la página que lee aparecen un montón de signos raros y palabras con características estrambóticas: si observas la Biblia impresa por el buen Gutenberg pronto te darás cuenta que en sus párrafos hay un demonial de garabatitos —algunos conocidos y otros 

en desuso— para mostrar la puntuación; es más, en algunas de nuestras páginas hay cosas como palabras en itálicas, en negritas y una serie de chivas como los paréntesis, los guiones largos, los guiones cortos, las ilustraciones, etcétera, etcétera. Y, para terminar de complicar las cosas, en la parte final de las páginas que hoy leemos ya no se miran —como sucede en la Hypnerotomachia Poliphili (o el Sueño de Polífilo en castellano) publicada en 1499— las primeras palabras de la siguiente.

Cada uno de esos atributos tiene su historia y, por supuesto, también posee un significado que ha cambiado con el paso del tiempo. En las primeras imprentas, el uso de las negritas era una clara señal de que el texto se había creado con tipos desgastados o comprados de segunda mano a un impresor caído en desgracia o que los había vendido para agenciarse unos nuevos que aún no se achataban por la presión. Las negritas, para decirlo bien y pronto, eran bastante corrientonas y delataban una página sobradamente chafa. En cambio, las itálicas pretendían copiar la caligrafía más fifí del Renacimiento y, además, ahorraban espacio: gracias a ellas entraban más letras en cada renglón y, al final, se tenía un ahorro de papel que redundaba en el costo de producción y el precio del libro. En aquellos días, componer una página entéra en itálicas no era nada extraño y los lectores no protestaban por su apariencia. La idea de usar las negritas para destacar algo (como sucede con los subtítulos, por ejemplo) no le pasaba por la cabeza a los primeros editores, y con las itálicas ocurría algo muy parecido, pues hoy las utilizamos para muchas cosas sin decir agua va: con ellas subrayamos, señalamos nombres de libros, hacemos notar una ironía y un bolón de cosas más que no ocurrían en las primeras obras publicadas. Lo interesante de esto es que —hasta donde tengo noticia— en ninguna escuela de primeras letras se preocupan por enseñar todos estos usos y los lectores los conocen por una razón casi mágica. Ellos, gracias a la costumbre, aprendieron a decodificar todas estas cosas.

Con las palabras que están al final de la página para anunciar la que sigue —como claramente ocurre en la Hypnerotomachia Poliphili— el asunto es todavía más divertido, pues esa pequeña línea tenía un uso preciso: como la gente leía en voz alta para poder escuchar a los autores, era necesarísima para no perder el ritmo. Si alguien tenía el don de la lectura silente solo podía asombrar a quienes lo miraban. En sus Confesiones, san Agustín le dedica unas líneas al obispo Ambrosio que tenía esta extraña y sobrecogedora cualidad: “Cuando leía —dice Agustín—, sus ojos corrían a lo largo de la página y su mente percibía el sentido, más la lengua y la voz se quedaban inmóviles”. En cambio, hoy, que casi siempre leemos en silencio, esas palabras sobran y son inútiles, justo como lo señala Margit Frenk en Entre la voz y el silencio: “a partir del siglo xvi el libro fue enmudeciendo poco a poco; pero mientras le quedaba todavía algo o mucho de vez, el lenguaje de la lectura continuó circulando libremente entre los polos de la vista y el oído”. Hoy, la vista ha triunfado sobre el oído.

Las ilustraciones también tienen lo suyo. Durante mucho tiempo, ellas sólo cumplían una función precisa: embellecer las páginas sin que importara lo que se narraba. El libro tenía que ser hermoso, y si sus dibujos nada tenían que ver con el texto a todos les venía guango y les parecía de lo más normal. Salvo algunos manuscritos religiosos medievales donde sí existía un diálogo entre el texto y la imagen, la idea de que las ilustraciones contribuían a aclarar el texto es casi reciente: todo parece indicar que esta práctica se generalizó a partir del Renacimiento en las obras que editaba Aldo Manuzio, a quien sin grandes problemas podría atribuirse la invención de lo que hoy entendemos como un libro. Gracias a él, nos parece normal y razonable que las ilustraciones —además de embellecer— ayuden a la lectura y se conviertan en algo indispensable: un libro de anatomía sin imágenes sería incomprensible, y en otros casos —como sucede en la literatura infantil— ellas ofrecen la posibilidad de llevar la lectura a niveles que están más allá de las palabras.

Por si esto no fuera suficiente también tendríamos que aceptar que la invención de la imprenta no implicó que las páginas se leyeran como hoy lo hacemos. Gutenberg no publicaba libros, pues imprimía pliegos que hacían todo lo posible por ser idénticos a los manuscritos. Entre esas creaciones y nuestras páginas hay una gran distancia: la creación de una nueva tecnología —en este caso, la imprenta— no implica que de inmediato se creen los símbolos que permiten utilizarla con toda su fuerza.

Así pues, leer una página no es tan sencillo como lo parece: el diálogo silente que mantenemos con los autores no surgió de la nada y tampoco es obvio ni natural. Las palabras son signos que mutan cuando les agregamos alguna peculiaridad y lo mismo sucede con las ilustraciones. Si te detienes a pensar en lo que has hecho hasta este momento, el camino de viborita es mucho más complejo de lo que suponías.+

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