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Limones

Limones

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Desde la Alta Edad Media hasta el Renacimiento, los limones fueron tomados por las mismísimas manzanas que Hera recibió como regalo de sus bodas con Zeus. Mientras Heracles sostenía la bóveda celeste, Atlas, liberado de su carga, se internó en el huerto de la diosa y sustrajo aquellos frutos dorados que ofrecían una jugosa inmortalidad. 

De ahí la asociación de los limones como prendas de honor de los jardines árabes y, más tarde, europeos. A partir del siglo XV, de la Valencia de Alfonso el Magnánimo a la Florencia de los Médici, la jardinería incorporó el cultivo y modelado de los árboles cítricos, lo cual derivó doscientos años después en la creación de las orangeries. En esos invernaderos —tal y como se traduce el término francés—, los limones desafiaron el frío y las tormentas.

Ya en la segunda de sus Geórgicas, Virgilio advertía que “no hay viento que le arranque ni el follaje / ni la flor” al limonero. El poeta llegó a señalar incluso algunos beneficios del limón, a saber: “es el remedio que más pronto expele / de los cuerpos la tétrica ponzoña” de conjuros y maleficios; “a los Medos [habitantes de la meseta irania] es recurso / contra el aliento fétido”, y brinda “alivio / para el asma que aflige a los ancianos”.

El limón predica con su ejemplo. Bajo su piel rugosa y su acidez, guarda la cura del escorbuto y de una insípida ensalada. Oculto en la mochila o en la bolsa del pantalón, promete absorber la envidia y el mal de ojo.

El limón no previene la mortalidad pero la ha perfumado; no será el fruto del árbol de la ciencia pero sí del mito. Sus propiedades médicas no difieren de sus gracias sobrenaturales. Cada vez que tomamos un limón con los dedos, el mundo vuelve a nuestra escala. Un mundo que solemos llevar en los hombros con el peso de una leyenda intransferible.

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Las cenizas de Gabo, nuestro bóxer albino, abonaron el limonero del patio familiar. Mi madre ha cortado desde entonces los limones más perfectos de los que tenga memoria. Limones grandes, sin semilla, verdes y lustrosos, con gajos como apóstrofes. Cortados para aderezar su caballito de tequila blanco, mi madre, a la vuelta de la misa, convierte esos limones en su frenda de domingo. Escarchados con sal como la piel de nuestro perro muerto.

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De acuerdo con Helena Attlee en El país donde florece el limonero (2017) uno puede encontrar este árbol “en prosaicas parcelas de abrupto terreno al final de baqueteadas pistas o junto a miserables callejas urbanas en invierno. Y sin embargo”, prosigue Attlee, “el perfume de sus flores —zagara, en italiano— transforma el paisaje más lúgubre y banal. Es al mismo tiempo infinitamente precioso y gratuito para que todo el mundo pueda disfrutar de él”. 

Por estos atributos, Eugenio Montale decidió celebrar al limón y no a otras “plantas / de nombres inusuales: boj, ligustro o acanto”, como suelen hacer “los poetas laureados” —y, sin importar la edad ni la trayectoria, los poetas que suben la vara de su léxico para ser mejores—. Boj, ligustro o acanto: palabras con las que Montale denuncia el pago de un derecho de piso literario y, al final, utilería. Gracias a la presencia cotidiana del limonero, libre de presunciones y artificios, “el oprimente hielo se deshace / y a nuestros corazones bajan / las notas fragorosas / de los clarines de oro del esplendor solar”. 

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En el último poema de su libro Humanae vitae mia (1969), el argentino Héctor Viel Temperley escribe:

Necesito oler limón, necesito oler limón.

De tanto respirar este aire azul,

este cielo encarnizadamente azul,

se pueden reventar los vasos

de sangre

más pequeños

de mi nariz.

Aquel deseo reaparece como última voluntad en Hospital Británico (1986), la despedida del poeta. Y no en verso sino en versículo, acompañado de su fecha de redacción:

Necesito oler limón, necesito oler limón. De tanto respirar este aire azul, este cielo encarnizadamente azul, se pueden reventar los vasos de sangre más pequeños de mi nariz.

De uno a otro libro, el cambio en la disposición de ese “texto profético lejano” es tanto visual como vocal. Viel Temperley, al borde de la muerte, confecciona en Hospital Británico una antología a contrarreloj con fragmentos de su obra y de su “vida humana”. Lo que allá se distiende gracias al verso, aquí se comprime, privilegiando la revelación al canto. Donde antes había anhelo, ahora hay urgencia.

Y la urgencia consiste en “oler limón”. La voz, ya desahuciada, no busca “respirar este aire azul, / este cielo encarnizadamente azul”; antes bien, se inclina por algo más modesto y terreno que lo ancle a la vida. El aroma de un limón bien puede demorar la entrada al paraíso.+

Bibliografía consultada 

Helena Attlee, El país donde florece el limonero. La historia de Italia y sus cítricos (María Belmonte, traducción). Barcelona: Acantilado, 2017, 320 pp.

Aurelio Espinosa Polit, S. I., Virgilio en verso castellano. Bucólicas, Geórgicas, Eneida. México: Editorial JUS, 1961, 771 pp.

Eugenio Montale, Cien poemas (Fabio Morábito, traducción, prólogo y notas). México: UNAM, 2008, 175 pp.

Héctor Viel Temperley, Obra completa. Buenos Aires: Ediciones del Dock, 2004, 387 pp.

 

 

Texto de Hernán Bravo Varela (Ciudad de México, 1979). Es poeta, ensayista y traductor. Su libro más reciente es Ejercicios de respiración seguido de El Estado empresario mexicano (Era, 2024).