Carta editorial. La costumbre de seguir intentándolo
La costumbre de seguir intentándolo
En casi todas las conversaciones sobre el futuro del planeta alguien dice una cifra alarmante y, justo después, nos preguntamos qué se puede hacer. Esa pregunta, la que busca una salida y no solo un diagnóstico, es el corazón de este número. La llamamos ecoesperanza, y aunque la palabra es nueva, lo que nombra no lo es: la costumbre humana de seguir intentándolo incluso cuando los datos no acompañan.
Nos interesa el tema porque la crisis ambiental suele contarse en un sólo registro, el de la urgencia que paraliza, y aunque esa urgencia es real, también puede volverse ruido de fondo que ya no escuchamos. Por eso decidimos buscar, para esta edición, las historias que muestran otra cosa: que hay experiencias de dónde tomar inspiración, herramientas por usar y formas de mirar que todavía no hemos agotado. En ese sentido, Lucía Moreno —autora de Inteligencia Natural (Aguilar), comunicóloga, profesora y divulgadora de estilos de vida libres de tóxicos— colaboró con nosotros siendo el enlace con los expertos en medio ambiente que entrevistó para esta edición Muchas gracias, Lucía.
También hay formas más antiguas de ecoesperanza, las que no necesitan tribunales ni cumbres internacionales. Una de ellas la encontramos en el arte contemporáneo, donde varias propuestas curatoriales recientes se atreven a preguntar qué pasaría si dejáramos de tratar a ríos, animales y montañas como simples objetos y empezáramos a imaginarlos, aunque sea de manera experimental, como sujetos con voz propia. Otra, mucho más doméstica, vive en el gesto de cortar un cítrico del árbol del patio y descubrir ahí, sin solemnidad, un hilo que conecta la mitología antigua con la memoria familiar más reciente —ese mismo gesto que Louisa May Alcott supo capturar en la atención cotidiana y afectuosa hacia la naturaleza que nutre la vida doméstica.
Conviene decirlo sin rodeos: hablar de esperanza en tiempos de crisis climática no es un acto ingenuo ni un consuelo fácil. Reconocer el daño no exige renunciar a imaginar reparación, y esa convicción, sostenida por activistas, científicos, artistas y lectores comunes, es lo que mantiene viva cualquier posibilidad real de cambio.
La literatura ha sido el espacio donde aprendemos a mirar lo pequeño, lo que normalmente pasa desapercibido, con una atención que se parece mucho al cuidado. Emily Dickinson nos enseñó a encontrar universos enteros en un sólo pétalo o en el vuelo de una abeja; Henry David Thoreau, en su aislamiento deliberado junto al estanque de Walden, nos mostró cómo la observación paciente y profunda de la naturaleza puede convertirse en acto de resistencia civil y espiritual. Leer sobre la naturaleza no sustituye actuar en su favor, pero puede ser un primer paso necesario: nos da el vocabulario y la sensibilidad que después, multiplicados por miles de lectoras y lectores, terminan convirtiéndose en algo más grande que la suma de sus partes.
Sabemos también que hay tensiones en todo esto que preferimos no esconder. Friedrich Nietzsche, que entendió como pocos la necesidad de afirmar la vida incluso frente al abismo, nos recuerda que usar las mismas herramientas que históricamente sirvieron para justificar la explotación, ahora para intentar revertirla, no es una contradicción menor. Ganar una batalla legal no garantiza que se cumpla. Declarar a un río sujeto de derechos no lo limpia automáticamente. Pero el lenguaje, cuando cambia, abre grietas donde antes solo había certezas cerradas, y esas grietas son, en buena medida, donde habita la esperanza de la que hablamos.
Hablar de ecoesperanza no es minimizar la crisis climática, sino negarse a que esa crisis tenga la última palabra. El futuro del planeta no está escrito todavía, y eso, que en ciertos días se siente como una amenaza, también puede leerse como una invitación. Las páginas que siguen son nuestra manera de aceptarla.+